88 – La decepción del cambio


Hace unos días, escuchaba a Vicente Fox proponer una amnistía a todo el crimen organizado: a narcos, asesinos, violadores, extorsionadores, sicarios, secuestradores, traficantes de seres humanos, polleros, policías corruptos, jueces comprados. Básicamente todo el submundo de subseres humanos que de alguna manera ha invadido los encabezados de los diarios y noticieros de nuestro país.

Fox, que ya había dicho un disparate semejante el día después del incendio en el Casino Royale, lo hace con una expresión seria, conjurando la gravedad que merece la ocasión. Esta vez, sin embargo, añadió que su planeada amnistía era similar a la que se había ofrecido en el proceso de paz en El Salvador, o frente a la guerrilla zapatista; equiparando dichos movimientos, por más cuestionables que nos pudieran parecer, con los intereses de los zetas, o alguno de los cárteles regionales del país.

La imagen del ex presidente y su discurso de capitulación frente a la violencia, me remitió a aquel desbordado de esperanza que pronunció desde uno de los balcones del hotel donde vivió durante su campaña. Tarde, en la noche en que Zedillo se anticipó a cualquier maniobra y dejó que el de las botas se valiera del llamado voto útil para “sacar al PRI de Los Pinos”, montado en la esperanza de millones de mexicanos. El gobierno del cambio había llegado.

Esa imagen me remitió a otra, al emotivo discurso del yes we can de Barack Obama en Chicago, ese en que Oprah lloraba abrazada del señor de enfrente, mientras millones de estadounidenses pensaban que después de doce años de la administración Bush, y la quiebra económica, moral y de imagen internacional de su país, era hora de cambiar.

El yes we can de Obama, junto al sí se puede de Fox. Y pensar en las similitudes entre la esperanza que provocaba el triunfo de ambos políticos, y la inevitable decepción que luego produjeron en sus votantes.

Paradójicamente, los presidentes del cambio, fueron etiquetados así por sus propias elecciones. Fox significando el cambio de partido en el gobierno, la alternancia, aunque el cambio que tuvieran en mente sus electores fuera mucho más lejos de lo que el propio Fox era capaz de realizar. Obama significando el cambio de partido en el gobierno y el de raza del presidente. Aunque su discurso, sus libros y temperamento elevaran la expectativa de sus electores mucho más lejos de lo que el propio Obama era capaz de realizar.

Se puede argumentar que ambos presidentes se estrellaron de frente con un Congreso insensible a sus ideas y propuestas. Que Fox se equivocó al devolver el poder que el legislativo nunca tuvo en la era del PRI. Que Obama se equivocó al rodear su equipo con el mismo grupo de poder financiero, de Wall Street, que había tenido Bush. Que ambos se equivocaron en los diagnósticos de su país, que gastaron sus cartuchos en batallas pírricas y llegaron sin fuerza a los problemas más complicados.

¿Se equivocó el electorado? ¿Era preferible votar por el status quo que representaban los candidatos Labastida y McCain, respectivamente?

No cabe duda que las expectativas eran demasiado altas. No importa si las fantochadas de Fox de resolver los problemas nacionales en minutos, fueran distintas a las prevenciones de Obama, quién anticipó que la batalla sería dura y tomaría tiempo. Da igual.

Para el electorado, para esa masa de votantes que ni entiende ni quiere entender las complejidades burocráticas, políticas y electorales de la vida pública; para ese votante que piensa, quizá ingenuamente, que ese sí se puede, y ese yes we can, significaban que sus problemas económicos, sus broncas familiares, sus pocas perspectivas de futuro, sus sueños frustrados, su dinero que no alcanza, las deudas que ahogan; llegarían a su fin; que sus hijos tendrán un mejor país para vivir.

Para ellos, no hay pero que valga. Esperaban todo, aunque la expectativa fuera un tanto irracional, y era casi inevitable que fueran los primeros decepcionados.

Luego están los demás. Los que leyeron los libros, escucharon las entrevistas, ponderaron las propuestas, y en algún momento se dejaron convencer, pensando que la  suya era una decisión racional. Que daban un voto de confianza más que el voto electoral. Podrían considerarse los electores ilustrados, quizá. Los más cercanos al círculo rojo, a los diarios, las noticias, el análisis político. Los que les gustaría pensar que son cínicos, escépticos y curtidos frente a la realidad, pero que igual derraman una lagrimita frente al discurso de Obama, frente a la alegre celebración en buena parte del país (uno o el otro). Y es que había llegado la hora de la verdad, el parteaguas en que la nación, y con ella nuestras vidas y el futuro, enderezarían el rumbo. Lo más curioso es que, ilustración o no, estos votantes resultaran frente a la ilusión y la esperanza, tan ciegos como los otros.

Al final puede que el cambio sea capaz de invocar el número de votos necesario, pero las figuras que se montan en él, como Fox, como Obama, siempre decepcionarán. Durante su gobierno, cuando el peso de los respectivos sistemas vaya aplastando sus promesas, dejándolas en polvo pragmático y democrático. Y después de su gobierno, porque su rostro siempre será la imagen de la desilusión, del incumplido y borroso futuro que ya no fue.

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Para El Economista, Arte ideas y gente, del miércoles 26 de octubre del 2011

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87 – Intriga Internacional

La semana pasada el gobierno estadounidense reveló la existencia de un complot para asesinar al embajador de Arabia Saudita en Washington, entre otros blancos que incluían bombas en las embajadas de Israel y Arabia Saudita en la capital estadounidense. El complot tendría su origen en Irán y pretendía valerse de un contacto entre un ciudadano iraní y miembros del cartel mexicano de Los Zetas para llevar a cabo su objetivo.

El plan iba así: Manssor Arbabsiar, el iraní detenido en Nueva York después de que se le negara el acceso a México, le transfirió cien mil dólares de enganche a su contacto dentro de la organización criminal de los Zetas, que resultó ser un agente encubierto de la DEA en México; para poner una bomba en la embajada saudí en Washington y despacharse a Adel Al-Jubeir, su embajador. La relación pintaba prometedora para Arbabsiar, que habló de poner bombas también en la embajada de Israel, y aprovechar los canales de filtración de Los Zetas en la frontera estadounidense para crear una linda y provechosa relación de negocios que involucrara drogas, terrorismo y lo que se les pudiera ocurrir.

No hacía falta que el gobierno Iraní gritara que todo era un guión prefabricado por la administración de Obama, para que esa voz tuviera eco en México. Las redes sociales, particularmente twitter, se llenó de alegatos que desacreditaban toda la trama como un vil pretexto de la administración Obama para: (a) Intervenir militarmente en Irán. (b) Reforzar su popularidad interviniendo militarmente en Irán y ganar una elección en que va mal. (c) Salvar su economía echando a andar la maquinaria de guerra.

Así como hay quien ve las relaciones amorosas según le fue en la feria, también tendemos a analizar la política internacional según nos gustó la película. Si la trama del complot parece un guión descartado de 24 o de alguna película serie B escenificada en la frontera tejana, un análisis cuidadoso de las tres hipótesis evidencia que fuera de su valor como tema de sobremesa no tienen demasiado sustento.

Primero porque los EEUU ya están metidos en dos guerras más de las que pueden manejar (Afganistán e Irán). Segundo, porque por más ingeniosa que haya sido Wag the dog (cinta de Barry Levinson donde un productor se inventa una guerra para distraer a la opinión pública), no deja de ser una película de Hollywood, y en el escenario global, pensar que inventarse un conflicto le garantizaría una elección a Obama es cuando mucho una simplificación. Tercero porque la economía estadounidense fue quebrada precisamente por sus dos guerras, y esa vieja receta sobre la “maquinaria de guerra”, favorita desde la segunda guerra mundial, no tiene pies ni cabeza en un escenario donde el protagonista principal estuvo a punto de tener una parálisis gubernamental por no poder negociar el techo de su deuda.

Más de una columna apunta que corresponde al gobierno de Obama el peso de la prueba, que “nos debe demostrar” que el complot fue real, y que mientras está bien asumir una posición escéptica y concentrarse en temas más interesantes en nuestro ombligo electoral local. Esa posición, sin embargo, deja de lado muchas preguntas que quizá nos deberíamos estar haciendo y cuya respuesta es mucho más compleja que una vieja receta de culpar a la CIA y el FBI de los males del mundo.

La primera tendría que ver con el papel que juegan nuestros cárteles de la droga en el panorama internacional. El tráfico de armas, drogas y personas a través de las fronteras, son operaciones que, sin duda, favorecen a organizaciones terroristas y complican la seguridad de cualquier país. Aquí ya no estamos hablando de mariguana medicinal en California o de trabajadores ilegales cosechando lechugas.

Quién se haya asomado a ese impresionante testimonio de la mafia internacional que es el libro Gomorra de Roberto Saviano (o para películas: al documental que se filmó a propósito de él), le quedará claro que las redes que teje el crimen, no son tan simples como quisiéramos creer en la seguridad de nuestras salas.

Ni hay un sindicato del crimen a cargo de algún tipo que se llame doctor Cerebro que deba ser desarticulado por un agente del MI-6 con gusto por los martinis, ni los carteles mexicanos operan en su ranchito, como se nos sugiere en películas como El Infierno.

Considerando que el señor Arbabsiar existe, y que sí hay una transferencia de cien mil dólares, y un informante de la DEA, y antecedentes de ciudadanos iraníes queriéndose valer de polleros para colarse en la frontera a EEUU, vale la pena detenerse un momento y buscarle sentido a la conspiración misma.

The Guardian reflexionó sobre el tema, apuntando que suena improbable que el supremo líder iraní, el Ayatollah Khamenei hubiera estado detrás de un intento tan absurdo, con más probabilidades de irritar a los tres más grandes enemigos de su país: los EEUU, Arabia Saudita e Israel, al mismo tiempo.

A su analista Julian Borger, tampoco le convence un escenario donde Mahmoud Ahmadinejad, el presidente iraní, tuviera algo que ver, especialmente por su limitada influencia en las guardias republicanas, y porque difícilmente arriesgaría su posición política interna, impulsando esta historia a espaldas de Khamenei.

La propia presencia, supuesta, de las guardias republicanas en el complot levanta dudas, particularmente porque hasta ahora han tenido muchísimo cuidado en que no quede evidencia de su participación en cualquier trama terrorista, desde el bombardeo de la embajada estadounidense en Beirut en 1983 hasta la fecha. Pensar que se involucrarían en una trama que involucra a un vendedor de autos usados (Operación Código Chevrolet), sólo porque éste, supuestamente es primo de un pez gordo en las Guardias y amigo de la tía de un Zeta; suena, cuando mucho, poco profesional.

La desarticulación de cualquier extensión internacional del crimen organizado debiera ser una prioridad que trasciende cualquier debate sobre la estrategia particular de México y su presidente. El que la trama sea ridícula no quiere decir que no la podrían haber llevado a cabo. Si se pueden encontrar vínculos entre Los Zetas y cualquier interés de desestabilización internacional, más vale atender el foco rojo y dejarse de guiones de Hollywood, quién esté detrás y para qué, es hasta secundario.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 19 de octubre del 2011

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Ligas de interés

En The Guardian, la lista temporal de sucesos, el artículo de Julian Borger con las preguntas que despierta la conspiración, y un video de Obama discutiendo sus opciones y haciéndose básicamente el tipo duro.

Texto de Univisión donde declara el escepticismo latinoamericano frente a todo el asunto.

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86 – Futureando (II)

La semana pasada retomaba las observaciones del futurólogo George Friedman sobre la relación entre México y Estados Unidos para la próxima década, parte de su libro The next decade (Doubleday).

Friedman empezaba haciendo un diagnóstico sobre los dos principales problemas que México generaba para los EU: la migración ilegal y el narcotráfico; y lo hacía desde un ángulo inusual. Primero, señalando sin pudor, que ambos problemas eran causados enteramente por la demanda estadounidense del servicio de los primeros y el producto de los segundos. Después explorando ambos problemas desde el ángulo mexicano y el estadounidense.

En México, el tráfico ilegal de drogas supone, según su estimación, una utilidad anual tres veces superior a la producida por todas las exportaciones legales; lo que lo lleva a una conclusión pavorosa: el gobierno de México terminará siempre simulando acabar con el problema del narco, para después irremediablemente fallar, y aceptar (con alivio) el flujo de esos 36 mil millones de dólares que dejan las drogas, inyectando su dosis de liquidez en su (nuestro) sistema financiero.

Después, Friedman establece conceptos elementales y aborda las estrategias que los Estados Unidos pudieran tomar frente a la problemática mexicana.

El primer concepto es que la economía estadounidense está demasiado integrada con la mexicana como para que pudiera interrumpirse el comercio legal. Por lo que seguirá existiendo un elevado tráfico de camiones y mercancía entre los dos países.

De ahí a que por más bardas y controles que se quieran establecer, continuarán incólumes tanto el tráfico de personas como el de drogas a través de una frontera intrínsecamente porosa.

Friedman señala que sería mucho más fácil detener la migración ilegal que las drogas. Particularmente si se implementara una suerte de credencial de identidad nacional estadounidense con medidas de seguridad suficientes y casi infalsificables: indispensable para obtener empleo, y con un sistema similar de verificación y control al usado en las tarjetas de débito.

Al mismo tiempo, apunta que un método así sería casi impracticable, dado que la misma gente opuesta a la migración es la que suele desconfiar del gobierno federal; y nunca aceptaría una credencial que pudiera eventualmente utilizarse como medida de control financiero, de movimientos y hasta de fraude impositivo.

Más aún, un paso así nunca se tomaría porque el segmento de la población estadounidense que se beneficia de contratar trabajadores ilegales con salarios bajos es mayor y con más influencia que el segmento ofendido por ello.

Así, de igual manera que sugería para México, Friedman dice que el gobierno de los EU hará todo lo posible por aparentar que busca detener el flujo de trabajadores ilegales, mientras se asegura (también) de fallar: esta ha sido la estrategia por años, sumando tensión entre los intereses económicos de corto plazo y los políticos de largo plazo.

Frente a las drogas, la situación es similar para Friedman. La solución simple aparentaría ser la legalización. Si se legalizara la droga, y se inundara el país con narcóticos, el precio callejero de la droga caería y la economía del narcotráfico colapsaría, inclusive la violencia a lo largo de la frontera. También disminuiría la violencia callejera en los EU entre pandillas, dealers y adictos.

El problema es que podría existir un aumento desconocido en el consumo de droga y en el número de usuarios, dice. Los usuarios actuales, sin la restricción del precio, podrían darse vuelo, y aquellos que no usan drogas por ser ilegales, podrían atreverse a consumir una vez estuvieran permitidas.

Peor aún, el Presidente, e incluso el Congreso, deberían calcular los beneficios de parar el flujo de dinero (ilegal) hacia México y limitar la violencia frente al probable aumento del consumo interno; y de alguna manera transparentar que no tendrían conflicto con esta última parte. Friedman asegura que no hay coalición o partido político en los EU en la actualidad que se atreva a tomar esa posición.

Sin solución mágica en el apetito nacional por los narcóticos, el Presidente deberá aceptar que estos seguirán llegando a los EU, que el dinero seguirá fluyendo hacia México, y que la violencia seguirá hasta que los cárteles encuentren el balance ideal, como ha sucedido en otros países, hasta que un grupo se vuelve dominante.

Si la única otra estrategia posible fuera la intervención del FBI o el ejército en el norte de México, sería la peor idea posible, dice Friedman. Primero porque fracasaría. Si los EU son incapaces de perseguir el narcotráfico en casa, menos en un país ajeno. En cuanto a lo militar, lo último que necesitaría el país sería una guerra en su frontera.

La prioridad máxima del gobierno debería ser, asegurarse que la violencia y la corrupción en el norte de México no crucen la frontera. Y por lo tanto asignar gran cantidad de recursos a minimizar la violencia fronteriza, aunque como estrategia tenga muchos defectos. Entre ellos librar una guerra donde detrás de la franja fronteriza hay un santuario, mala idea desde Vietnam.

Friedman asegura que la estrategia estadounidense seguirá siendo inherentemente deshonesta. No le interesa realmente parar la inmigración, y no espera detener las drogas; pero no puede asumir estas posturas en su discurso oficial; que seguirá siendo beligerante y comprometido a metas, que ya saben imposibles. Sus agencias caerán recurrentemente en desgracia, se identificarán fallas en el sistema, y se investigará todo para mantener la ilusión de actividad, pero el proyecto no puede prosperar.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 12 de octubre del 2011

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85 – Futureando (I)

Desde la antigüedad, los líderes políticos y religiosos, requerían valerse de futurólogos para anticipar estrategias, políticas, posibles problemas, invasiones, etc. Ya fuera en bola de cristal o mediante un cuidadoso análisis, jugar a futurear es una actividad inevitable de los seres humanos.

Se empieza a hablar de futurismo en el siglo diecinueve, donde se va constituyendo esta suerte de ciencia que pretende valerse del método científico para estudiar el futuro con ánimo de influir en él. Aunque no se considera parte del futurismo el valerse de la proyección ficticia (conocida después como ciencia-ficción), o las variantes adivinatorias (astrología, cartomancia, sueños premonitorios, etc.); hay quienes no dejan de ver con escepticismo este tipo de análisis, categorizándolo como simple especulación.

Uno de los primeros autores populares del futurismo fue Alvin Toffler, que en 1970 escribió con gran éxito El shock del futuro, seguido por La tercera ola y un puñado más de best-sellers que pretendían analizar y proyectar tendencias culturales, financieras y políticas de una época para identificar futuras tendencias, zonas de oportunidad y potenciales peligros.

El futurismo no perdió fuerza, y después fue abordado por politólogos como Francis Fukuyama, y maestros de ciencias políticas como George Friedman.

El primer vistazo de Friedman al mañana lo titula The next 100 years (los próximos cien años), y el más reciente The next decade (La próxima década), editado en 2011 en EU por Doubleday.

Friedman pasó de profesor universitario a consultor de conflictos para el gobierno estadounidense, y desde 1996 formó una compañía llamada Stratfor, dedicada a la inteligencia y los pronósticos políticos.

The next decade es un análisis de las opciones y políticas estadounidenses con recomendaciones específicas al futuro proyectadas desde la historia y las situaciones actuales. En el capítulo Un hemisferio seguro aborda el tema de México y su relación con los EU, con notas por demás interesantes.

Friedman parte de los conflictos históricos entre los países. Inicia con una reflexión curiosa: si en 1800 nos hubiéramos preguntado cuál de los dos países tenía posibilidades de convertirse en una potencia doscientos años en el futuro, la mayoría de los analistas hubiera dicho que México, que estaba más desarrollado y con una cultura más sofisticada. Sin embargo, las guerras del diecinueve, la derrota de Santa Ana, los territorios apropiados y comprados, y la nueva frontera, cambiaron todo.

Para Friedman, los EU enfrentan dos problemas principales con México: El tráfico de drogas, y la inmigración ilegal de trabajadores. Y ambos, destaca, son provocados por el hambre estadounidense por sus productos y servicios. Sin la demanda no serían problema.

Distingue la migración mexicana como muy distinta a la que se dio durante el siglo veinte desde Europa o algunas partes de Asia. Los inmigrantes que vienen de lejos tienden a integrarse culturalmente con el llamado american way of life; mientras que los mexicanos, por su cercanía y movilidad, asumimos una postura transitoria y más bien llevamos nuestra cultura e idiosincracia a donde vamos.

No sólo los países son cercanos, sino que además los mexicanos que cruzan la frontera suelen llegar a territorios que eran suyos años atrás, y que están llenos no sólo de su gente, sino también de su idioma. Creando, básicamente, dos fronteras: la legal y la cultural.

De ahí surge una de las principales ansiedades de algunos estadounidenses: verse rebasados por la migración ilegal al punto de empezar a vivir culturalmente en México, pero dentro de su propio país. Los más extremistas temen que ese sea el principio de un futuro reclamo de los territorios robados, un temor que puede ser exagerado pero no deja de tener sustento racional.

Friedman dice que la ironía radica en que la economía estadounidense necesita esos trabajadores de bajos salarios. Que la única razón por la que la gente migra buscando empleo es porque lo puede obtener, y le es redituable más allá de los riesgos del viaje.

Desacredita el argumento que dice que nuestros trabajadores le roban empleos a los estadounidenses “legales”, como falaz. A la fuerza de trabajo estadounidense no le interesan esos empleos y salarios. Ni siquiera el país tiene el crecimiento poblacional para soportar su demanda, que seguirá aumentando en los próximos años.

Sumado a este conflicto fronterizo está el apetito estadounidense por los narcóticos: heroína, cocaína y mariguana. Al ser las drogas ilegales, están fuera de las leyes tradicionales del mercado. El riesgo legal de su comercialización acaba con la competencia efectiva, permitiendo el surgimiento de monopolios violentos regionales.

La ilegalidad significa que mover la mercancía unos kilómetros tenga un impacto mayúsculo en su precio. Friedman trabaja números: los narcóticos tienen una utilidad del 90% frente al precio de venta. Eso significa que los 40 mil millones de dólares que supone la exportación ilegal mexicana de drogas al año, genera para el narco utilidades por 36 mil millones. El triple de efectivo que las exportaciones legales de México a los EU que suman 13 mil millones.

Aún si fuera el 80% de margen, y moviéramos los números como sea, la utilidad no deja de ser sustancial. Según Friedman, ese dinero ingresa en el sistema financiero mexicano, aumentando la liquidez del país. A México no le conviene tratar de detener el narcotráfico, sentencia, a pesar de la violencia en puntos localizados del país: el dinero nos beneficia más. Para Friedman, el acercamiento racional del gobierno mexicano será la simulación. Pretender detener el narcotráfico, pero siempre fallar. Cumplir con la demanda estadounidense y que siga fluyendo el dinero.

La próxima semana retomaré el tema, apuntando las polémicas recomendaciones políticas y estratégicas que según Friedman, deben abordar los estadounidenses en la próxima década.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 5 de octubre del 2011

 

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84 – La televisión global y otras falacias (I)

La noche de los Emmys, como otras entregas de premios a eso que llamamos cultura popular, puede servir como un catálogo anticipado de la televisión que no vimos, ni hemos visto, pero deberíamos o quisiéramos ver.

Lo más probable es que ese deseo se quede así. Particularmente los programas que no se exhiben en México ni venden como recopilaciones en DVD, como The Colbert Report, o el siempre ganador John Stewart, que alguna vez pasó, en su floja edición internacional, en Sony.

A diferencia de las entregas del Oscar y los Grammys, la entrega de premios de la televisión suele mostrarnos material que nunca estará a nuestro alcance como espectadores, y no nos solemos percatar de ello.

Sería casi imposible pensar que una cinta nominada al Oscar, no fuera programada en cartelera durante el siguiente año, en alguna parte del resto del mundo. Aún las más oscuras menciones, suelen aparecer en los estantes de DVD en nuestro videoclub o tienda favorita.

Los Grammys, y la posibilidad de acceder música en internet, universalizan aún más, esta idea. Es casi imposible, que una de las canciones nominadas a álbum o grabación del año (o cualquiera de sus a veces absurdas categorías), no haya pasado por la radio, iTunes, o por el iPod de alguien conocido.

En más de un aspecto, el cine como la música, se han convertido en productos casi universales, donde la limitación de regiones y fechas de lanzamiento, apenas atempera el hecho de que todos podremos escuchar y ver lo mismo durante el siguiente año. Razón por las que muchos alzan el puño maldiciendo el imperialismo cultural yanqui, o alguna tontería semejante, mientras la cultura global se cuela por el resto de sus vidas.

Ahora, tanto el cine como la música son productos que nacen con la etiqueta comercial puesta, mientras que con la televisión no es del todo así. El cine y la música se venden directamente al espectador, la televisión suele venderse a una cadena que vende publicidad y la regala al espectador. Eso cambia completamente el paradigma de sus contenidos.

Uno podría pensar que con la televisión satelital, y todo ese tema de miles de canales y miles de programas, uno tendría, ya sea a través de estos servicios o sus contrapartes más económicas en cable o mediante sus triple y cuádruple plays, acceso a todos los programas disponibles.

Permítaseme rectificar y matizar la palabra todos del párrafo anterior. Porque hablar de todos los programas sería una imposibilidad, y un despropósito. Pensemos que cada país tiene sus productos locales, que algunos son retransmitibles, y muchos más son desechables, ya sea por su transitoriedad (evento deportivo, chisme, cobertura noticiosa,  mesa redonda de especulación política), o por su sello ineludible de relleno en la programación.

Desde hace muchos años, Roger Waters se quejaba sobre los trece canales de televisión de mierda para elegir. Hoy tenemos trescientos y a veces (una buena sesión de zapping lo prueba) la elección parece igual.

Resulta curioso que la televisión de calidad, esa que está presente, a veces, en entregas como el Emmy; no tenga a veces cabida en ese supuesto mercado global, satelital (mundial o lo que sea) televisivo, y se quede en una suerte de limbo, esperando que la fama de algún actor, o alguna negociación compleja de derechos, le dé salida al resto de nosotros en una oscura edición en DVD.

La televisión global suele llenarse por eso que en los EU se llama syndication, que es la gallina de los huevos de oro para las cadenas. Cuando una serie completa se vende en syndication, todas sus temporadas y capítulos se retransmiten completas por otros canales, rellenando las largas horas de programación. Pensemos en lo que sucedió con Friends, Seinfeld, CSI, Criminal Minds, La Ley y el Orden, docenas de baratos realitys y muchas otras series de alto perfil.

Por más que promuevan sus temporadas de estrenos, lo cierto es que los canales más populares de nuestra antenita satelital apenas atraparán algunos de los programas más destacados. El resto del tiempo seguirán repitiendo Mad about you, capítulos viejos de American Next Top Model, o algún episodio derivado de las franquicias de Dick Wolf o CSI. Y no he empezado con la tele infantil.

Peor aún, muchos de sus estrenos serán series, que mediante mínima exploración en la web, podremos descubrir se cancelaron en el quinto u octavo capítulo, y si nos llegaran a interesar nos espera una larga sucesión de episodios repetidos, seguidos de un final inconcluso y poco satisfactorio.

De pronto nos daremos cuenta, casi por error, al hacer zapping, o explorar la guía de programación, que canales como A&E sí programan series como Los Kennedy, o The Killing, y nuestro entusiasmo se desbordará unos minutos, hasta que veamos que: (1) La temporada empezó hace mucho sin previo aviso. (2) Sólo está disponible en versión doblada al español.

La desaparición de American Network (canal 214 de Sky), acabó con el único escaparate a la televisión en vivo estadounidense. Su barra de televisión nocturna, sus variety music shows, no sólo una de las más largas tradiciones de la televisión de nuestros vecinos, sino también una de sus mejores y más desechables (nunca será recopilada en DVDs).

Es inevitable que frente al catálogo luminoso de los Emmy (que desde hace tiempo es mucho mejor programa que los mismos Oscars), anticipemos el estreno de tal o cual serie. Sólo nos queda cruzar los dedos, esperar que pase los extraños filtros selectivos de las contrapartes latinas de las cadenas satelitales, que no la ofrezcan sólo doblada (para eso teníamos canal 5), y que nos enteremos de su estreno a tiempo.

 

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 28 de septiembre del 2011

 

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Caída Sorda

Juan Gabriel Vásquez se ha ido perfilando como uno de los autores colombianos más importantes de su generación. Si uno lee los elogios que recibió su novela previa Los informantes, y después se topa con que su más reciente trabajo recibió el premio Alfaguara, podrá pensar que se trata de una de las nuevas voces (imprescindibles) de su país.

De hecho el primer capítulo de El ruido de las cosas al caer (Alfaguara) es uno de los mejores inicios entre las ganadoras de este premio en la última década. El narrador y protagonista de la novela, Antonio Yammara es un profesor universitario que disfruta pasar tiempo en los billares. Ahí conoce a Ricardo Laverde, un tipo maltratado por la vida, con el que simpatiza un poco. Se hacen apenas amigos, cuando la vida de Yammara se complica: su novia está embarazada. Yammara sigue frecuentando a Laverde, y se va obsesionando un poco con él. Entonces Laverde es asesinado y Yammara herido; y el capítulo termina dejándonos en vilo con todo el estilo de un buen thriller.

Pero Vásquez no quiere escribir un thriller, quiere escribir una suerte de mirada oblicua, analogía sobre los sucesos que cambiaron Colombia con el ascenso y caída de los grandes cárteles de la droga. Para lograr esto, Yammara se obsesiona con Laverde y con explorar su pasado, su trágica historia de amor, y sus intentos por salir adelante como piloto para los narcos.

La novela está llena de imágenes de caídas, varias son aéreas, otras son las profundas desilusiones de sus personajes, la más interesante es la de Pablo Escobar, retratada en una inquietante y vertiginosa visita a los restos de su casa y desolado zoológico. La vida de Laverde fue marcada por estas caídas, y entre ellas está también la suerte de su nación durante ese túnel trágico.

El problema es que la propia novela sufre una caída similar. No es una caída en la prosa de Vásquez que por lo demás es competente; caen el arco dramático, la verosimilitud narrativa, y por consiguiente el interés del lector.

Para reconstruir la historia de Laverde, Yammara se involucra de manera poco convincente: consigue una grabación de la caja negra de un avión, entra forzadamente en contacto con la hija de Laverde, lee cartas y diarios, y en palabras de Vásquez, deja el resto a la imaginación. El recurso es un tanto tramposo, porque la historia que va reconstruyendo abunda en detalles y situaciones que escapan de las posibilidades de su narrador y sus fuentes.

Vásquez requiere que su personaje se convierta en una suerte de detective noir obsesionado y autodestructivo, capaz de poner su propia vida en vilo para descubrir una verdad que resulta siendo…bueno, seré claro: aburrida. Cuando nos deja de interesar Yammara, menos nos interesan sus obsesiones, sus desvaríos y las historias que se inventa, imagina o descubre.

Hay que decir que en el último tercio del libro, Vásquez, casi se sale con la suya a fuerza de oficio. Sin embargo, ya es demasiado tarde: se aprecia su ambición para proyectar a Colombia detrás de esta pequeña y hasta poquito trillada historia de amor y eso es quizá lo que mejor funciona; es en los detalles y arco dramático de la trama principal donde fracasa.

El ruido de las cosas al caer termina sumándose a una ya larga tradición de novelas premiadas por Alfaguara, capaces de amarrar segmentos de mercado y firmar autores prometedores, pero que terminan decepcionando. El premio se ha entregado trece veces, y sólo en cinco casos, a la altura de las expectativas.

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 21 de septiembre del 2011

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83 – 9/11 Complot y consecuencias

Se cumplen diez años de eso que ahora la cultura popular, particularmente la estadounidense, llama 9/11, su propio no se olvida. El atentado terrorista que cambió para siempre a nuestros vecinos y junto con ellos al planeta entero.

Me pregunto si Osama Bin Laden y los otros autores intelectuales del atentado, imaginaron siquiera las consecuencias geopolíticas, económicas y culturales que tendría su mañana de terror.

Es posible que cegados por su deseo de poner de rodillas al demonio yanqui, hubieran estacionado sus expectativas en lo simbólico del acto: el ataque al corazón de su imperio, el centro de su comercio y valiéndose de sus propios ciudadanos y medios de transporte como armas.

Después vino el derrumbe de las torres, y esa fue la guinda en su pastel de violencia y terror. Habrán perdido el vuelo 93 y fallado en el Pentágono, pero en Nueva York su juego macabro salió con premio.

En estos diez años, todavía un buen porcentaje de la humanidad suscribe, en mayor o menor grado, la teoría de conspiración que sostiene que fueron las propias agencias de inteligencia estadounidenses las que elaboraron el atentado, particularmente el del Pentágono.

La teoría sostiene que agencias que fueron incapaces de notar que individuos de origen árabe y antecedentes fundamentalistas, estaban tomando clases de pilotaje aplicándose en las de despegue; y bostezando cuando tocaba aterrizar; son por otro lado capaces de orquestar un encubrimiento gigantesco que incluiría: el asesinato de tres mil y pico de pesonas, fingir que un avión se estrelló en el Pentágono, esconder y desaparecer ese vuelo y sus pasajeros, estrellar otro avión en un campo en Pennsylvania con todos los pasajeros dentro, y todo para…mmm

Detrás de ese maquiavélico complot estaría el presidente más inteligente de la historia de los EU: George W. Bush, capaz de leer libros bocabajo; y su torcido sidekick, Dick Cheney, rey de los intereses oscuros del petróleo y un inquietante compañero de cacería.

Los que imaginan este complot, suponen que Bush necesitaba un pretexto para atacar Afganistán. Cuando en realidad, no le quedó más remedio que atacar ese país, que bajo el dominio Talibán ya celebraba el 9/11; y luego, entonces sí, inventarse un pretexto para atacar Irak.

Su incompetencia es tal que no pasó mucho para que el mundo supiera que lo de Irak había sido una vulgar mentira, basada en supuestas armas de destrucción masiva que los técnicos de la CIA pintaban con crayolas en las fotos del satélite.

Pensar en un complot de 9/11 por más persuasivas que sean las palabras del francés que elaboró la más compleja teoría sobre los sucesos, implica suponer que ese grupo de políticos incompetentes, de estrategias burdas y discursos simplones semi religiosos, fue capaz de ensamblar una operación internacional encubierta de altísima sofisticación. Todo por designio de una agenda oculta de dominación global detrás de la cual un gobierno secreto juega con nuestras vidas como peones miserables (entra música dramática).

Bin Laden y los suyos nunca imaginaron que el gobierno estadounidense se comprometería tanto en combatirlos que ni siquiera llegarían vivos al aniversario; o que se jugarían la estructura financiera y fiscal del país en dos guerras costosísimas e imposibles de ganar.

Para ellos bastaba la inyección profunda de paranoia en el cerebro de una nación que ya era terreno fértil. Minar su libertad coartándola en interminables e irracionales filas de seguridad en aeropuertos, orillándolos a un nacionalismo a la Jack Bauer, con violación de derechos humanos incluida, que convertirían al triunfador de la guerra fría en una suerte de paria moral de nuestro tiempo.

Pero muchos otros sucesos se derivaron del simbólico derrumbe neoryorkino, algunos que ni Bin Laden en su mayor delirio imaginó. Me refiero a la oleada de militarismo patriotero de barras, estrellas e himnos que invadiría como virus el medio oeste estadounidense, al surgimiento del conservadurismo con retraso mental que es el tea party, sin ir más lejos: al derrumbe del sistema financiero global.

Bin Laden tampoco imaginó los cálculos rebotados en el interior del gabinete foxista esa mañana. Un debate que merece documentarse más, porque de él surgió esa condena tibia y miedosa con que Fox dijo que estuvo muy mal lo que hicieron los terroristas pero que peor sería que los estadounidenses salieran a desquitarse.

Recuerdo la voz acelerada del entonces canciller Jorge Castañeda, afirmando con intensidad, que no era el tiempo para retirar el apoyo, que no era el momento para ser tibios, que era completamente inoportuno abrazarse a una variante cobarde de la doctrina Estrada y fingir demencia, mientras el concierto mundial abrazaba a los estadounidenses por su tragedia.

Se ha discutido poco, pero en su mezquindad política y humanitaria, Fox pudo haber enterrado cualquier posibilidad de la ansiada reforma migratoria. Todo por escatimar palmadas solidarias a Bush pensando que no sería bien visto por los mexicanos; tanta prudencia en un presidente que dedicó el resto del sexenio y la reciente posteridad a ser una parodia de sí mismo.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 14 de septiembre del 2011

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82 – Señales de alarma

El domingo pasado The Houston Chronicle reportó: Dos mexicanos enfrentan cargos por terrorismo. Cuando leemos la nota, nos queda claro que dos personas en México serán juzgadas con cargos de terrorismo y posibles treinta años de cárcel por haber enviado tuits!

Según la nota, el 25 de agosto, Gilberto Martínez Vera supuestamente tuiteó “Mi cuñada me acaba de hablar histérica, secuestraron a cinco niños en una escuela”. La otra supuesta culpable es María de Jesús Bravo, maestra de escuela que aburrida, mientras sus pupilos disfrutaban del recreo, tuiteó advirtiendo que había violencia en las escuelas.

Sigue el diario: los abogados de ambos tuiteros alegaron que sus clientes sólo repetían rumores que escucharon de otras personas. La ciudad de Veracruz, ya alterada por la violencia relacionada con el narcotráfico, tuvo 26 accidentes de tránsito, provocados por gente que abandonaba sus automóviles en medio de la calle para correr a recoger a sus hijos de la escuela. Los abogados también se quejaron de que sus clientes permanecieron incomunicados tres días.

La noticia parece absolutamente descabellada, y sin embargo, es aparentemente verídica: ambos Gilberto y María de Jesús, acaban de recibir un auto de formal prisión por terrorismo y sabotaje en los juzgados veracruzanos.

Precisando la noticia, la maestra (que en realidad es periodista según Amnistía Internacional) se valió de Facebook y Martínez Vera de Twitter para difundir estos mensajes el pasado 25 de agosto. Javier Duarte, flamante gobernador jarocho, señaló al día siguiente que los causantes serían castigados con todo el peso de la ley como terroristas y saboteadores que son. Dos días después fueron detenidos y cuatro más tarde, procesados penalmente para ser juzgados. Pura efectividad policial.

El suceso, sin embargo, no ha tenido la suficiente relevancia en nuestros medios plagados de noticias súper interesantes como las probabilidades de que tres personas más voten por el Secretario de Hacienda si se anima este semana a renunciar; o las especulaciones frívolas a partir de los desvaríos de Vicente Fox, que siguen consiguiendo espacio mediático, gracias a que muchos medios necesitan contenido humorístico.

Estamos hablando del primer caso judicial en nuestro país por el mal uso de redes sociales. Un caso que el gobernador Duarte parece abrazar como símbolo de cómo, en Veracruz, sí se actúa contra los delincuentes peligrosos para la sociedad.

¿Eres usuario de Twitter? ¿Te gusta perder unas cuantas horas en Facebook o alguna otra red social? ¿Alguna vez le has dado retweet a un mensaje descabellado que te pareció simpático? ¿Alguna vez a un mensaje de alarma que te pareció merecía correr la voz sólo por si las moscas? El gobierno veracruzano te vigila.

Este caso va mucho más lejos de la libertad de expresión, de lo que realmente merece un crimen para ser llamado terrorismo y del debido proceso de los “cibernautas”, como son llamados. Sienta un precedente muy peligroso de lo que significa para el Estado autoría intelectual, y la responsabilidad que tiene cualquier persona con un Blackberry en la mano y unos minutos que matar mientras espera que le preparen un café.

No voy a apuntar el dedo al Presidente Calderón, por haber iniciado el uso un tanto frívolo de la etiqueta de terrorista por un suceso que, si acaso, pintaba como tal. Pero lo cierto es que poco basta para que el siguiente personaje en busca de un encabezado, empiece a enarbolar la palabrita como chiste altisonante en fiesta adolescente.

Veamos: yo tuiteo que no se vayan por la calle 5 de mayo porque hay suelto un enjambre de abejas africanas, muchos automovilistas que me siguen en Twitter lo retuitean hasta hartarse, provocando un embotellamiento en la avenida alterna Morelos y Pavón, dos ambulancias se retrasan y los pacientes que llevaban fallecen. ¿Homicidio imprudencial y sabotaje para el tuitero maldito?

¿Tiene una idea el gobierno veracruzano de lo que tiene que suceder para que una estupidez enviada por Twitter o puesta en una página de Facebook llegue a un grupo de gente lo suficientemente amplio como para que suceda algo grave? ¿De la imposibilidad de probar quién la puso primero? ¿De quién es mayor responsabilidad legal? ¿Del tuitero inicial con 15 seguidores, del tuitero celebridad con cien mil, o de los cuarenta tuiteros con cuatrocientos, si todos retuitearon el mensaje?

Si el terrorismo fuera tan fácil, los señores de Al-Qaeda estarían reservando asientos en el primer café internet de Islamabad.

No me atrevería a afirmar que no existe cierta responsabilidad moral en quien inicia mal intencionadamente un rumor falso en una red social; pero sé que tendría que tener mucha pericia y suerte para que su difusión sea exponencial, llegue a convertirse en tendencia y provoque algún suceso de consecuencia.

Aún así, estaría hablando de responsabilidad moral, nunca de treinta años de cárcel. Aunque el amparo que interpusieron en su defensa proceda, aunque sean liberados en unos cuantos meses y la ridícula pantomima que será ese juicio sea desacreditada por un Presunto Culpable 2: Los internautas, estamos hablando de dos personas que pasarán un tiempo considerable en una hospitalaria cárcel veracruzana sólo porque un político de segunda pensó que sería muy bueno para la imagen de su gobierno: nosotros perseguimos delitos informáticos, suena tan moderno(!).

 

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 7 de septiembre del 2011

 

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81 – Noticias que no son noticia

Ya nomás nos quedan cuatro

Sucede con más frecuencia de lo que creemos. Por ejemplo: Alonso Lujambio convoca a una conferencia de prensa para avisar que se retira de buscar la candidatura del PAN a la Presidencia de la República en los comicios del próximo año.

Hace algunas semanas recibí un tuit de una chica que invitaba a sumarme a “la opción favorita de la ciudadanía”. El tuit incluía una liga a una página web que promovía la candidatura de Lujambio. Hay que decirlo: desde un punto de vista político y de humor involuntario, todo ello tenía su encanto.

En la última encuesta de reconocimiento, Lujambio alcanzó algo así como un 7%. Lo cual quiere decir que el 93% de los mexicanos no tiene ni idea de quién es; que sea Secretario de Educación; que tenga una gran opinión sobre las telenovelas; o que en las mañanas antes de peinarse y anudarse la corbata, fuera capaz de mirar en el espejo al próximo Presidente de la República.

Algo no flotaba: cuando las encuestas ponían el nombre de Lujambio como candidato, el PAN obtenía menor intención de voto que como partido sin candidato.

Lujambio, sin embargo, seguía tan convencido de sus posibilidades, que todavía esperó unas semanas después de que Javier Lozano, el “gallo azul”, renunció a sus aspiraciones; o de que su colega, el secretario de desarrollo social, hiciera lo propio.

Según Gustavo Madero, el dirigente gris del partido azul, la declinación de Lujambio “demuestra congruencia y generosidad en el partido”. Le agradeció profusamente su participación en la contienda interna, y empezó a practicar su discurso para la próxima declinación del gobernador de Jalisco.

El suceso fue tuiteado con diligencia por los portales de los principales diarios, de FOROtv, y de los periódicos digitales (Animal Político, SinEmbargoMx).

Nos deja nuevamente, la oportunidad de crear una sección en diarios, noticieros, y portales noticiosos para las noticias que no son noticia, esos asuntos que no le importan casi a nadie.

Otra vez Fox

Después del atentado terrorista del Casino Royale (termino en uso por la presidencia), y unos días antes de que muchos mexicanos destacados declararan su amor insoluble por la unidad, Vicente Fox Quesada decidió que ya era tiempo para dejar su marca en la historia.

Fox declaró que el combate al crimen organizado fracasó, que deberíamos abrazar la legalización de las drogas, y en lo que el congreso toma nota, enarbolar la bandera blanca: un pacto de no agresión con los criminales, e incluso promulgar una ley de amnistía que devuelva la paz al país.

Cuando era Presidente, y Rubén Aguilar su intérprete oficial; las ocurrencias de Fox se escuchaban con una especie de estupor, a medio camino entre la pena ajena y la simpatía por la gracejada fresca y políticamente incorrecta. El viernes hubo mucho más de la primera.

Tal parece que cuando los periódicos no encuentran como rellenar la página quince, los caricaturistas enfrentan el cartón en blanco, el noticiero nocturno no tiene material para los minutos anteriores a las mangas del chaleco; es la hora de Vicente Fox.

El que el ex presidente panista vocifere contra las políticas de Felipe Calderón, dejó de ser noticia hace rato. Y entonces, el viernes, mientras nos sacudían los 53 muertos y el luto nacional por el Casino Royale, el noticiero de López Dóriga nos regaló el sketch completo de Fox. ¿Quién necesita a John Stewart?

La culpa no es del perro…

…es de los criminales que extorsionaban a los propietarios del casino, y de sus métodos drásticos para convencer al cliente a que coopere…es de la corrupción estatal en Nuevo León y de los inspectores que no revisaron la puerta de emergencia… es de los zetas que extienden su imperio del crimen y de sus matones que no entienden aquello de “dar un susto”…es de los gringos por consumir tanta droga y vender armas, y de los mexicanos que venden la droga y compran las armas…es del PRI que gobierna Nuevo León y del PAN que gobierna el país (y del PRD porque sí)…es del presidente y su guerra al crimen con miles de muertos… es de la policía federal que no estaba ahí y de los bomberos municipales que se tardaron…es de la gente que apuesta en las mañanas lo poco que se gana con esta economía, y del congreso que no legisla la ley de seguridad nacional…es del Senado que se gastó un dineral en un edificio que ni sirve, y de las bancadas que prefieren no acordar soluciones… es de los medios que hacen de voceros al crimen y de los reporteros a los que matan y no pueden reportar noticias importantes… es de los que votan por los que gobiernan y de los que no votan por apáticos…es de los periódicos que firman el acuerdo y no lo cumplen y los que no lo firman y tampoco… es de las televisoras con agendas paralelas al poder, y de los que quieren ser televisoras con agendas paralelas al poder…es de las ladies de Polanco que humillan a los policías y de los policías que no cumplen ni hacen que se cumpla la ley…es del juez de Presunto Culpable y los seleccionados que no pueden viajar sin viejar… es del IFE por no tener sus consejeros completos, y del tea party por tontos y retrógradas…es de los banqueros por robarnos a todos y de los pobres por ser más…es de los encuestadores por preguntar lo que sea, y los comentaristas por especuladores…es de los aspirantes al poder que no ganarían una votación en su colonia porque no los conocen.

Por supuesto, también es culpa del cambio climático que es culpable de todo.

 

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 31 de agosto del 2011

 

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80 – El dictador, la libertad y otros males

Mientras las fuerzas rebeldes terminan por dominar las calles de Tripoli y el antes inexpugnable búnker de Gadafi cae, la sombra de uno de los peores dictadores de nuestro tiempo deja de flotar sobre su país, y las conciencias de muchos otros.

“Ser Libio era como sentirse un pobre hombre miserable, azotado en público por un payaso bufonesco”, dice Hisham Matar, uno de los más importantes escritores de su país, en un sentido artículo en el diario colombiano El Espectador, traducido por Héctor Abad Faciolince.

“Nos hemos librado de Gadafi. Nos hemos confirmado a nosotros mismos como una nación que busca la luz, como un pueblo capaz de morir por la luz”.

Después de las revoluciones casi pacíficas en Túnez y Egipto, se pensó brevemente, con delirante entusiasmo, que ese efecto dominó de libertad continuaría con Libia, Siria, y las restantes naciones árabes.

Gadafi (o Gaddafi, Khadafi, Qaddafi, de cariño Muamarcito, etc.) tomó el poder en 1969, y pronto se hizo llamar Al-Qaid (El Líder). Su gobierno, lleno de desplantes a Europa y a la moda, se caracterizó por su intolerancia brutal a cualquier tipo de disidencia o cuestionamiento.

“El hombre más peligroso del mundo” lo etiquetaban pies de foto en revistas durante los años setenta (desde Time hasta Vanidades). Aprendió pronto con quien no meterse a las patadas, y después de ser bombardeado por los estadounidenses a finales del siglo pasado, después de alguna bravuconada, decidió dejar de patrocinar grupos terroristas y dedicarse a asuntos más redituables como la especulación petrolera y el tráfico de armas.

Curiosamente, al permitir la instalación de empresas petroleras extranjeras después del año 2000, Gadafi consiguió levantar el ingreso per capita de su país hasta ponerlo en un nivel codiciado por algunas democracias americanas. Demostraba una vez más, que el cálculo promedio del ingreso no es muy ilustrativo, cuando la familia de un dictador ingresa billones de dólares, y los cuidadores de camellos casi nada.

Buen amigo de Chávez y Castro, se especula que recibió hace poco el premio al Tirano del Año en un selecto club localizado en algún punto difuso de las islas Caimán.

Gadafi aparentemente había conseguido detener en seco los vientos de libertad que sacudieron las naciones árabes recientemente. Le daba un lección al dictador sirio Bashar Al-Assad, mientras preparaba el primer volumen de “Cómo detener un levantamiento civil para dummies”, cuya edición patrocinada por algunas naciones de la liga árabe, fue quemada junto a su traje de leopardo, en el asalto a su búnker.

Los rebeldes libios merecen el aplauso internacional, no sólo por haberse (y habernos librado) de tan sutil personaje, sino también porque consiguieron levantarse de la lona, y de los actos más brutales de represión de que tengamos memoria, con el empujoncito que fueron esos bombardeos de la OTAN, y el espíritu indomable de los que ya no tienen nada que perder.

Ahora, el reto de Libia (como el de Egipto, Túnez, y el que se guste sumar esta semana) es todavía mayor. ¿Cómo crear un nuevo gobierno, democrático quisiéramos pensar, de instituciones sólidas y fuertes en un país donde cualquier idea fue aplastada por 42 años?

Dice Matar: “Hemos derrotado a Gadafi en el campo de batalla, ahora tendremos que derrotarlo en nuestra imaginación. No podemos permitir que su herencia corrompa nuestros sueños.”

Un reto que conocemos bien los mexicanos. Para convertirse en una nación democrática no basta con derrotar o tumbar al dictador, como no basta con alternar y cambiar de bandera política.

El verdadero problema está en cambiar la forma de pensar de los que trabajarán y darán forma a las instituciones y medios de la nación.

Hace unas semanas bromeaba un poco y hablaba otro tanto en serio, diciendo que en México todavía impera un Sistema Operativo PRI 7.0. Y ahora, mientras parece que nuestro destino es volver al corral tricolor (ese de donde, algunos juran que nunca debimos haber salido), tendríamos que preguntarnos si el fracaso de la alternancia no radicó en su incapacidad para pensar fuera de la caja priista.

Tenemos un PAN que se comporta como PRI, un PRD que se comporta como PRI, y un PRI que nos quiere vender que ya se comporta como PRI.

Tenemos medios y analistas que construyen sus discursos analíticos a partir de cómo el PRI hacía las cosas, esperando que los demás sigan el modelito. No nos libramos de palabras como “el tapado”, el “elegido”, “el delfín” (aunque esta nos la hayamos apropiado de los franceses).

El modelo de lectura es el mismo, como el modelo de historia, de instituciones, de relaciones y vínculos con grupos de poder, de negociación, de manoseo legislativo, de estrategia política, de promoción electoral, y el que quieran, es prácticamente el mismo. No fuimos capaz de derrotarlo en nuestra imaginación.

Señores, les tengo una noticia: el PRI nunca dejó el gobierno federal, sigue en la mente de todos los que ahí laboran, como un virus insidioso y resistente, capaz de replicarse al menor descuido.

Después de todo, es posible que los libios la tengan más fácil.

 

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 24 de agosto del 2011

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