84 – La televisión global y otras falacias (I)

La noche de los Emmys, como otras entregas de premios a eso que llamamos cultura popular, puede servir como un catálogo anticipado de la televisión que no vimos, ni hemos visto, pero deberíamos o quisiéramos ver.

Lo más probable es que ese deseo se quede así. Particularmente los programas que no se exhiben en México ni venden como recopilaciones en DVD, como The Colbert Report, o el siempre ganador John Stewart, que alguna vez pasó, en su floja edición internacional, en Sony.

A diferencia de las entregas del Oscar y los Grammys, la entrega de premios de la televisión suele mostrarnos material que nunca estará a nuestro alcance como espectadores, y no nos solemos percatar de ello.

Sería casi imposible pensar que una cinta nominada al Oscar, no fuera programada en cartelera durante el siguiente año, en alguna parte del resto del mundo. Aún las más oscuras menciones, suelen aparecer en los estantes de DVD en nuestro videoclub o tienda favorita.

Los Grammys, y la posibilidad de acceder música en internet, universalizan aún más, esta idea. Es casi imposible, que una de las canciones nominadas a álbum o grabación del año (o cualquiera de sus a veces absurdas categorías), no haya pasado por la radio, iTunes, o por el iPod de alguien conocido.

En más de un aspecto, el cine como la música, se han convertido en productos casi universales, donde la limitación de regiones y fechas de lanzamiento, apenas atempera el hecho de que todos podremos escuchar y ver lo mismo durante el siguiente año. Razón por las que muchos alzan el puño maldiciendo el imperialismo cultural yanqui, o alguna tontería semejante, mientras la cultura global se cuela por el resto de sus vidas.

Ahora, tanto el cine como la música son productos que nacen con la etiqueta comercial puesta, mientras que con la televisión no es del todo así. El cine y la música se venden directamente al espectador, la televisión suele venderse a una cadena que vende publicidad y la regala al espectador. Eso cambia completamente el paradigma de sus contenidos.

Uno podría pensar que con la televisión satelital, y todo ese tema de miles de canales y miles de programas, uno tendría, ya sea a través de estos servicios o sus contrapartes más económicas en cable o mediante sus triple y cuádruple plays, acceso a todos los programas disponibles.

Permítaseme rectificar y matizar la palabra todos del párrafo anterior. Porque hablar de todos los programas sería una imposibilidad, y un despropósito. Pensemos que cada país tiene sus productos locales, que algunos son retransmitibles, y muchos más son desechables, ya sea por su transitoriedad (evento deportivo, chisme, cobertura noticiosa,  mesa redonda de especulación política), o por su sello ineludible de relleno en la programación.

Desde hace muchos años, Roger Waters se quejaba sobre los trece canales de televisión de mierda para elegir. Hoy tenemos trescientos y a veces (una buena sesión de zapping lo prueba) la elección parece igual.

Resulta curioso que la televisión de calidad, esa que está presente, a veces, en entregas como el Emmy; no tenga a veces cabida en ese supuesto mercado global, satelital (mundial o lo que sea) televisivo, y se quede en una suerte de limbo, esperando que la fama de algún actor, o alguna negociación compleja de derechos, le dé salida al resto de nosotros en una oscura edición en DVD.

La televisión global suele llenarse por eso que en los EU se llama syndication, que es la gallina de los huevos de oro para las cadenas. Cuando una serie completa se vende en syndication, todas sus temporadas y capítulos se retransmiten completas por otros canales, rellenando las largas horas de programación. Pensemos en lo que sucedió con Friends, Seinfeld, CSI, Criminal Minds, La Ley y el Orden, docenas de baratos realitys y muchas otras series de alto perfil.

Por más que promuevan sus temporadas de estrenos, lo cierto es que los canales más populares de nuestra antenita satelital apenas atraparán algunos de los programas más destacados. El resto del tiempo seguirán repitiendo Mad about you, capítulos viejos de American Next Top Model, o algún episodio derivado de las franquicias de Dick Wolf o CSI. Y no he empezado con la tele infantil.

Peor aún, muchos de sus estrenos serán series, que mediante mínima exploración en la web, podremos descubrir se cancelaron en el quinto u octavo capítulo, y si nos llegaran a interesar nos espera una larga sucesión de episodios repetidos, seguidos de un final inconcluso y poco satisfactorio.

De pronto nos daremos cuenta, casi por error, al hacer zapping, o explorar la guía de programación, que canales como A&E sí programan series como Los Kennedy, o The Killing, y nuestro entusiasmo se desbordará unos minutos, hasta que veamos que: (1) La temporada empezó hace mucho sin previo aviso. (2) Sólo está disponible en versión doblada al español.

La desaparición de American Network (canal 214 de Sky), acabó con el único escaparate a la televisión en vivo estadounidense. Su barra de televisión nocturna, sus variety music shows, no sólo una de las más largas tradiciones de la televisión de nuestros vecinos, sino también una de sus mejores y más desechables (nunca será recopilada en DVDs).

Es inevitable que frente al catálogo luminoso de los Emmy (que desde hace tiempo es mucho mejor programa que los mismos Oscars), anticipemos el estreno de tal o cual serie. Sólo nos queda cruzar los dedos, esperar que pase los extraños filtros selectivos de las contrapartes latinas de las cadenas satelitales, que no la ofrezcan sólo doblada (para eso teníamos canal 5), y que nos enteremos de su estreno a tiempo.

 

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 28 de septiembre del 2011

 

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Caída Sorda

Juan Gabriel Vásquez se ha ido perfilando como uno de los autores colombianos más importantes de su generación. Si uno lee los elogios que recibió su novela previa Los informantes, y después se topa con que su más reciente trabajo recibió el premio Alfaguara, podrá pensar que se trata de una de las nuevas voces (imprescindibles) de su país.

De hecho el primer capítulo de El ruido de las cosas al caer (Alfaguara) es uno de los mejores inicios entre las ganadoras de este premio en la última década. El narrador y protagonista de la novela, Antonio Yammara es un profesor universitario que disfruta pasar tiempo en los billares. Ahí conoce a Ricardo Laverde, un tipo maltratado por la vida, con el que simpatiza un poco. Se hacen apenas amigos, cuando la vida de Yammara se complica: su novia está embarazada. Yammara sigue frecuentando a Laverde, y se va obsesionando un poco con él. Entonces Laverde es asesinado y Yammara herido; y el capítulo termina dejándonos en vilo con todo el estilo de un buen thriller.

Pero Vásquez no quiere escribir un thriller, quiere escribir una suerte de mirada oblicua, analogía sobre los sucesos que cambiaron Colombia con el ascenso y caída de los grandes cárteles de la droga. Para lograr esto, Yammara se obsesiona con Laverde y con explorar su pasado, su trágica historia de amor, y sus intentos por salir adelante como piloto para los narcos.

La novela está llena de imágenes de caídas, varias son aéreas, otras son las profundas desilusiones de sus personajes, la más interesante es la de Pablo Escobar, retratada en una inquietante y vertiginosa visita a los restos de su casa y desolado zoológico. La vida de Laverde fue marcada por estas caídas, y entre ellas está también la suerte de su nación durante ese túnel trágico.

El problema es que la propia novela sufre una caída similar. No es una caída en la prosa de Vásquez que por lo demás es competente; caen el arco dramático, la verosimilitud narrativa, y por consiguiente el interés del lector.

Para reconstruir la historia de Laverde, Yammara se involucra de manera poco convincente: consigue una grabación de la caja negra de un avión, entra forzadamente en contacto con la hija de Laverde, lee cartas y diarios, y en palabras de Vásquez, deja el resto a la imaginación. El recurso es un tanto tramposo, porque la historia que va reconstruyendo abunda en detalles y situaciones que escapan de las posibilidades de su narrador y sus fuentes.

Vásquez requiere que su personaje se convierta en una suerte de detective noir obsesionado y autodestructivo, capaz de poner su propia vida en vilo para descubrir una verdad que resulta siendo…bueno, seré claro: aburrida. Cuando nos deja de interesar Yammara, menos nos interesan sus obsesiones, sus desvaríos y las historias que se inventa, imagina o descubre.

Hay que decir que en el último tercio del libro, Vásquez, casi se sale con la suya a fuerza de oficio. Sin embargo, ya es demasiado tarde: se aprecia su ambición para proyectar a Colombia detrás de esta pequeña y hasta poquito trillada historia de amor y eso es quizá lo que mejor funciona; es en los detalles y arco dramático de la trama principal donde fracasa.

El ruido de las cosas al caer termina sumándose a una ya larga tradición de novelas premiadas por Alfaguara, capaces de amarrar segmentos de mercado y firmar autores prometedores, pero que terminan decepcionando. El premio se ha entregado trece veces, y sólo en cinco casos, a la altura de las expectativas.

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 21 de septiembre del 2011

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83 – 9/11 Complot y consecuencias

Se cumplen diez años de eso que ahora la cultura popular, particularmente la estadounidense, llama 9/11, su propio no se olvida. El atentado terrorista que cambió para siempre a nuestros vecinos y junto con ellos al planeta entero.

Me pregunto si Osama Bin Laden y los otros autores intelectuales del atentado, imaginaron siquiera las consecuencias geopolíticas, económicas y culturales que tendría su mañana de terror.

Es posible que cegados por su deseo de poner de rodillas al demonio yanqui, hubieran estacionado sus expectativas en lo simbólico del acto: el ataque al corazón de su imperio, el centro de su comercio y valiéndose de sus propios ciudadanos y medios de transporte como armas.

Después vino el derrumbe de las torres, y esa fue la guinda en su pastel de violencia y terror. Habrán perdido el vuelo 93 y fallado en el Pentágono, pero en Nueva York su juego macabro salió con premio.

En estos diez años, todavía un buen porcentaje de la humanidad suscribe, en mayor o menor grado, la teoría de conspiración que sostiene que fueron las propias agencias de inteligencia estadounidenses las que elaboraron el atentado, particularmente el del Pentágono.

La teoría sostiene que agencias que fueron incapaces de notar que individuos de origen árabe y antecedentes fundamentalistas, estaban tomando clases de pilotaje aplicándose en las de despegue; y bostezando cuando tocaba aterrizar; son por otro lado capaces de orquestar un encubrimiento gigantesco que incluiría: el asesinato de tres mil y pico de pesonas, fingir que un avión se estrelló en el Pentágono, esconder y desaparecer ese vuelo y sus pasajeros, estrellar otro avión en un campo en Pennsylvania con todos los pasajeros dentro, y todo para…mmm

Detrás de ese maquiavélico complot estaría el presidente más inteligente de la historia de los EU: George W. Bush, capaz de leer libros bocabajo; y su torcido sidekick, Dick Cheney, rey de los intereses oscuros del petróleo y un inquietante compañero de cacería.

Los que imaginan este complot, suponen que Bush necesitaba un pretexto para atacar Afganistán. Cuando en realidad, no le quedó más remedio que atacar ese país, que bajo el dominio Talibán ya celebraba el 9/11; y luego, entonces sí, inventarse un pretexto para atacar Irak.

Su incompetencia es tal que no pasó mucho para que el mundo supiera que lo de Irak había sido una vulgar mentira, basada en supuestas armas de destrucción masiva que los técnicos de la CIA pintaban con crayolas en las fotos del satélite.

Pensar en un complot de 9/11 por más persuasivas que sean las palabras del francés que elaboró la más compleja teoría sobre los sucesos, implica suponer que ese grupo de políticos incompetentes, de estrategias burdas y discursos simplones semi religiosos, fue capaz de ensamblar una operación internacional encubierta de altísima sofisticación. Todo por designio de una agenda oculta de dominación global detrás de la cual un gobierno secreto juega con nuestras vidas como peones miserables (entra música dramática).

Bin Laden y los suyos nunca imaginaron que el gobierno estadounidense se comprometería tanto en combatirlos que ni siquiera llegarían vivos al aniversario; o que se jugarían la estructura financiera y fiscal del país en dos guerras costosísimas e imposibles de ganar.

Para ellos bastaba la inyección profunda de paranoia en el cerebro de una nación que ya era terreno fértil. Minar su libertad coartándola en interminables e irracionales filas de seguridad en aeropuertos, orillándolos a un nacionalismo a la Jack Bauer, con violación de derechos humanos incluida, que convertirían al triunfador de la guerra fría en una suerte de paria moral de nuestro tiempo.

Pero muchos otros sucesos se derivaron del simbólico derrumbe neoryorkino, algunos que ni Bin Laden en su mayor delirio imaginó. Me refiero a la oleada de militarismo patriotero de barras, estrellas e himnos que invadiría como virus el medio oeste estadounidense, al surgimiento del conservadurismo con retraso mental que es el tea party, sin ir más lejos: al derrumbe del sistema financiero global.

Bin Laden tampoco imaginó los cálculos rebotados en el interior del gabinete foxista esa mañana. Un debate que merece documentarse más, porque de él surgió esa condena tibia y miedosa con que Fox dijo que estuvo muy mal lo que hicieron los terroristas pero que peor sería que los estadounidenses salieran a desquitarse.

Recuerdo la voz acelerada del entonces canciller Jorge Castañeda, afirmando con intensidad, que no era el tiempo para retirar el apoyo, que no era el momento para ser tibios, que era completamente inoportuno abrazarse a una variante cobarde de la doctrina Estrada y fingir demencia, mientras el concierto mundial abrazaba a los estadounidenses por su tragedia.

Se ha discutido poco, pero en su mezquindad política y humanitaria, Fox pudo haber enterrado cualquier posibilidad de la ansiada reforma migratoria. Todo por escatimar palmadas solidarias a Bush pensando que no sería bien visto por los mexicanos; tanta prudencia en un presidente que dedicó el resto del sexenio y la reciente posteridad a ser una parodia de sí mismo.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 14 de septiembre del 2011

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82 – Señales de alarma

El domingo pasado The Houston Chronicle reportó: Dos mexicanos enfrentan cargos por terrorismo. Cuando leemos la nota, nos queda claro que dos personas en México serán juzgadas con cargos de terrorismo y posibles treinta años de cárcel por haber enviado tuits!

Según la nota, el 25 de agosto, Gilberto Martínez Vera supuestamente tuiteó “Mi cuñada me acaba de hablar histérica, secuestraron a cinco niños en una escuela”. La otra supuesta culpable es María de Jesús Bravo, maestra de escuela que aburrida, mientras sus pupilos disfrutaban del recreo, tuiteó advirtiendo que había violencia en las escuelas.

Sigue el diario: los abogados de ambos tuiteros alegaron que sus clientes sólo repetían rumores que escucharon de otras personas. La ciudad de Veracruz, ya alterada por la violencia relacionada con el narcotráfico, tuvo 26 accidentes de tránsito, provocados por gente que abandonaba sus automóviles en medio de la calle para correr a recoger a sus hijos de la escuela. Los abogados también se quejaron de que sus clientes permanecieron incomunicados tres días.

La noticia parece absolutamente descabellada, y sin embargo, es aparentemente verídica: ambos Gilberto y María de Jesús, acaban de recibir un auto de formal prisión por terrorismo y sabotaje en los juzgados veracruzanos.

Precisando la noticia, la maestra (que en realidad es periodista según Amnistía Internacional) se valió de Facebook y Martínez Vera de Twitter para difundir estos mensajes el pasado 25 de agosto. Javier Duarte, flamante gobernador jarocho, señaló al día siguiente que los causantes serían castigados con todo el peso de la ley como terroristas y saboteadores que son. Dos días después fueron detenidos y cuatro más tarde, procesados penalmente para ser juzgados. Pura efectividad policial.

El suceso, sin embargo, no ha tenido la suficiente relevancia en nuestros medios plagados de noticias súper interesantes como las probabilidades de que tres personas más voten por el Secretario de Hacienda si se anima este semana a renunciar; o las especulaciones frívolas a partir de los desvaríos de Vicente Fox, que siguen consiguiendo espacio mediático, gracias a que muchos medios necesitan contenido humorístico.

Estamos hablando del primer caso judicial en nuestro país por el mal uso de redes sociales. Un caso que el gobernador Duarte parece abrazar como símbolo de cómo, en Veracruz, sí se actúa contra los delincuentes peligrosos para la sociedad.

¿Eres usuario de Twitter? ¿Te gusta perder unas cuantas horas en Facebook o alguna otra red social? ¿Alguna vez le has dado retweet a un mensaje descabellado que te pareció simpático? ¿Alguna vez a un mensaje de alarma que te pareció merecía correr la voz sólo por si las moscas? El gobierno veracruzano te vigila.

Este caso va mucho más lejos de la libertad de expresión, de lo que realmente merece un crimen para ser llamado terrorismo y del debido proceso de los “cibernautas”, como son llamados. Sienta un precedente muy peligroso de lo que significa para el Estado autoría intelectual, y la responsabilidad que tiene cualquier persona con un Blackberry en la mano y unos minutos que matar mientras espera que le preparen un café.

No voy a apuntar el dedo al Presidente Calderón, por haber iniciado el uso un tanto frívolo de la etiqueta de terrorista por un suceso que, si acaso, pintaba como tal. Pero lo cierto es que poco basta para que el siguiente personaje en busca de un encabezado, empiece a enarbolar la palabrita como chiste altisonante en fiesta adolescente.

Veamos: yo tuiteo que no se vayan por la calle 5 de mayo porque hay suelto un enjambre de abejas africanas, muchos automovilistas que me siguen en Twitter lo retuitean hasta hartarse, provocando un embotellamiento en la avenida alterna Morelos y Pavón, dos ambulancias se retrasan y los pacientes que llevaban fallecen. ¿Homicidio imprudencial y sabotaje para el tuitero maldito?

¿Tiene una idea el gobierno veracruzano de lo que tiene que suceder para que una estupidez enviada por Twitter o puesta en una página de Facebook llegue a un grupo de gente lo suficientemente amplio como para que suceda algo grave? ¿De la imposibilidad de probar quién la puso primero? ¿De quién es mayor responsabilidad legal? ¿Del tuitero inicial con 15 seguidores, del tuitero celebridad con cien mil, o de los cuarenta tuiteros con cuatrocientos, si todos retuitearon el mensaje?

Si el terrorismo fuera tan fácil, los señores de Al-Qaeda estarían reservando asientos en el primer café internet de Islamabad.

No me atrevería a afirmar que no existe cierta responsabilidad moral en quien inicia mal intencionadamente un rumor falso en una red social; pero sé que tendría que tener mucha pericia y suerte para que su difusión sea exponencial, llegue a convertirse en tendencia y provoque algún suceso de consecuencia.

Aún así, estaría hablando de responsabilidad moral, nunca de treinta años de cárcel. Aunque el amparo que interpusieron en su defensa proceda, aunque sean liberados en unos cuantos meses y la ridícula pantomima que será ese juicio sea desacreditada por un Presunto Culpable 2: Los internautas, estamos hablando de dos personas que pasarán un tiempo considerable en una hospitalaria cárcel veracruzana sólo porque un político de segunda pensó que sería muy bueno para la imagen de su gobierno: nosotros perseguimos delitos informáticos, suena tan moderno(!).

 

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 7 de septiembre del 2011

 

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81 – Noticias que no son noticia

Ya nomás nos quedan cuatro

Sucede con más frecuencia de lo que creemos. Por ejemplo: Alonso Lujambio convoca a una conferencia de prensa para avisar que se retira de buscar la candidatura del PAN a la Presidencia de la República en los comicios del próximo año.

Hace algunas semanas recibí un tuit de una chica que invitaba a sumarme a “la opción favorita de la ciudadanía”. El tuit incluía una liga a una página web que promovía la candidatura de Lujambio. Hay que decirlo: desde un punto de vista político y de humor involuntario, todo ello tenía su encanto.

En la última encuesta de reconocimiento, Lujambio alcanzó algo así como un 7%. Lo cual quiere decir que el 93% de los mexicanos no tiene ni idea de quién es; que sea Secretario de Educación; que tenga una gran opinión sobre las telenovelas; o que en las mañanas antes de peinarse y anudarse la corbata, fuera capaz de mirar en el espejo al próximo Presidente de la República.

Algo no flotaba: cuando las encuestas ponían el nombre de Lujambio como candidato, el PAN obtenía menor intención de voto que como partido sin candidato.

Lujambio, sin embargo, seguía tan convencido de sus posibilidades, que todavía esperó unas semanas después de que Javier Lozano, el “gallo azul”, renunció a sus aspiraciones; o de que su colega, el secretario de desarrollo social, hiciera lo propio.

Según Gustavo Madero, el dirigente gris del partido azul, la declinación de Lujambio “demuestra congruencia y generosidad en el partido”. Le agradeció profusamente su participación en la contienda interna, y empezó a practicar su discurso para la próxima declinación del gobernador de Jalisco.

El suceso fue tuiteado con diligencia por los portales de los principales diarios, de FOROtv, y de los periódicos digitales (Animal Político, SinEmbargoMx).

Nos deja nuevamente, la oportunidad de crear una sección en diarios, noticieros, y portales noticiosos para las noticias que no son noticia, esos asuntos que no le importan casi a nadie.

Otra vez Fox

Después del atentado terrorista del Casino Royale (termino en uso por la presidencia), y unos días antes de que muchos mexicanos destacados declararan su amor insoluble por la unidad, Vicente Fox Quesada decidió que ya era tiempo para dejar su marca en la historia.

Fox declaró que el combate al crimen organizado fracasó, que deberíamos abrazar la legalización de las drogas, y en lo que el congreso toma nota, enarbolar la bandera blanca: un pacto de no agresión con los criminales, e incluso promulgar una ley de amnistía que devuelva la paz al país.

Cuando era Presidente, y Rubén Aguilar su intérprete oficial; las ocurrencias de Fox se escuchaban con una especie de estupor, a medio camino entre la pena ajena y la simpatía por la gracejada fresca y políticamente incorrecta. El viernes hubo mucho más de la primera.

Tal parece que cuando los periódicos no encuentran como rellenar la página quince, los caricaturistas enfrentan el cartón en blanco, el noticiero nocturno no tiene material para los minutos anteriores a las mangas del chaleco; es la hora de Vicente Fox.

El que el ex presidente panista vocifere contra las políticas de Felipe Calderón, dejó de ser noticia hace rato. Y entonces, el viernes, mientras nos sacudían los 53 muertos y el luto nacional por el Casino Royale, el noticiero de López Dóriga nos regaló el sketch completo de Fox. ¿Quién necesita a John Stewart?

La culpa no es del perro…

…es de los criminales que extorsionaban a los propietarios del casino, y de sus métodos drásticos para convencer al cliente a que coopere…es de la corrupción estatal en Nuevo León y de los inspectores que no revisaron la puerta de emergencia… es de los zetas que extienden su imperio del crimen y de sus matones que no entienden aquello de “dar un susto”…es de los gringos por consumir tanta droga y vender armas, y de los mexicanos que venden la droga y compran las armas…es del PRI que gobierna Nuevo León y del PAN que gobierna el país (y del PRD porque sí)…es del presidente y su guerra al crimen con miles de muertos… es de la policía federal que no estaba ahí y de los bomberos municipales que se tardaron…es de la gente que apuesta en las mañanas lo poco que se gana con esta economía, y del congreso que no legisla la ley de seguridad nacional…es del Senado que se gastó un dineral en un edificio que ni sirve, y de las bancadas que prefieren no acordar soluciones… es de los medios que hacen de voceros al crimen y de los reporteros a los que matan y no pueden reportar noticias importantes… es de los que votan por los que gobiernan y de los que no votan por apáticos…es de los periódicos que firman el acuerdo y no lo cumplen y los que no lo firman y tampoco… es de las televisoras con agendas paralelas al poder, y de los que quieren ser televisoras con agendas paralelas al poder…es de las ladies de Polanco que humillan a los policías y de los policías que no cumplen ni hacen que se cumpla la ley…es del juez de Presunto Culpable y los seleccionados que no pueden viajar sin viejar… es del IFE por no tener sus consejeros completos, y del tea party por tontos y retrógradas…es de los banqueros por robarnos a todos y de los pobres por ser más…es de los encuestadores por preguntar lo que sea, y los comentaristas por especuladores…es de los aspirantes al poder que no ganarían una votación en su colonia porque no los conocen.

Por supuesto, también es culpa del cambio climático que es culpable de todo.

 

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 31 de agosto del 2011

 

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80 – El dictador, la libertad y otros males

Mientras las fuerzas rebeldes terminan por dominar las calles de Tripoli y el antes inexpugnable búnker de Gadafi cae, la sombra de uno de los peores dictadores de nuestro tiempo deja de flotar sobre su país, y las conciencias de muchos otros.

“Ser Libio era como sentirse un pobre hombre miserable, azotado en público por un payaso bufonesco”, dice Hisham Matar, uno de los más importantes escritores de su país, en un sentido artículo en el diario colombiano El Espectador, traducido por Héctor Abad Faciolince.

“Nos hemos librado de Gadafi. Nos hemos confirmado a nosotros mismos como una nación que busca la luz, como un pueblo capaz de morir por la luz”.

Después de las revoluciones casi pacíficas en Túnez y Egipto, se pensó brevemente, con delirante entusiasmo, que ese efecto dominó de libertad continuaría con Libia, Siria, y las restantes naciones árabes.

Gadafi (o Gaddafi, Khadafi, Qaddafi, de cariño Muamarcito, etc.) tomó el poder en 1969, y pronto se hizo llamar Al-Qaid (El Líder). Su gobierno, lleno de desplantes a Europa y a la moda, se caracterizó por su intolerancia brutal a cualquier tipo de disidencia o cuestionamiento.

“El hombre más peligroso del mundo” lo etiquetaban pies de foto en revistas durante los años setenta (desde Time hasta Vanidades). Aprendió pronto con quien no meterse a las patadas, y después de ser bombardeado por los estadounidenses a finales del siglo pasado, después de alguna bravuconada, decidió dejar de patrocinar grupos terroristas y dedicarse a asuntos más redituables como la especulación petrolera y el tráfico de armas.

Curiosamente, al permitir la instalación de empresas petroleras extranjeras después del año 2000, Gadafi consiguió levantar el ingreso per capita de su país hasta ponerlo en un nivel codiciado por algunas democracias americanas. Demostraba una vez más, que el cálculo promedio del ingreso no es muy ilustrativo, cuando la familia de un dictador ingresa billones de dólares, y los cuidadores de camellos casi nada.

Buen amigo de Chávez y Castro, se especula que recibió hace poco el premio al Tirano del Año en un selecto club localizado en algún punto difuso de las islas Caimán.

Gadafi aparentemente había conseguido detener en seco los vientos de libertad que sacudieron las naciones árabes recientemente. Le daba un lección al dictador sirio Bashar Al-Assad, mientras preparaba el primer volumen de “Cómo detener un levantamiento civil para dummies”, cuya edición patrocinada por algunas naciones de la liga árabe, fue quemada junto a su traje de leopardo, en el asalto a su búnker.

Los rebeldes libios merecen el aplauso internacional, no sólo por haberse (y habernos librado) de tan sutil personaje, sino también porque consiguieron levantarse de la lona, y de los actos más brutales de represión de que tengamos memoria, con el empujoncito que fueron esos bombardeos de la OTAN, y el espíritu indomable de los que ya no tienen nada que perder.

Ahora, el reto de Libia (como el de Egipto, Túnez, y el que se guste sumar esta semana) es todavía mayor. ¿Cómo crear un nuevo gobierno, democrático quisiéramos pensar, de instituciones sólidas y fuertes en un país donde cualquier idea fue aplastada por 42 años?

Dice Matar: “Hemos derrotado a Gadafi en el campo de batalla, ahora tendremos que derrotarlo en nuestra imaginación. No podemos permitir que su herencia corrompa nuestros sueños.”

Un reto que conocemos bien los mexicanos. Para convertirse en una nación democrática no basta con derrotar o tumbar al dictador, como no basta con alternar y cambiar de bandera política.

El verdadero problema está en cambiar la forma de pensar de los que trabajarán y darán forma a las instituciones y medios de la nación.

Hace unas semanas bromeaba un poco y hablaba otro tanto en serio, diciendo que en México todavía impera un Sistema Operativo PRI 7.0. Y ahora, mientras parece que nuestro destino es volver al corral tricolor (ese de donde, algunos juran que nunca debimos haber salido), tendríamos que preguntarnos si el fracaso de la alternancia no radicó en su incapacidad para pensar fuera de la caja priista.

Tenemos un PAN que se comporta como PRI, un PRD que se comporta como PRI, y un PRI que nos quiere vender que ya se comporta como PRI.

Tenemos medios y analistas que construyen sus discursos analíticos a partir de cómo el PRI hacía las cosas, esperando que los demás sigan el modelito. No nos libramos de palabras como “el tapado”, el “elegido”, “el delfín” (aunque esta nos la hayamos apropiado de los franceses).

El modelo de lectura es el mismo, como el modelo de historia, de instituciones, de relaciones y vínculos con grupos de poder, de negociación, de manoseo legislativo, de estrategia política, de promoción electoral, y el que quieran, es prácticamente el mismo. No fuimos capaz de derrotarlo en nuestra imaginación.

Señores, les tengo una noticia: el PRI nunca dejó el gobierno federal, sigue en la mente de todos los que ahí laboran, como un virus insidioso y resistente, capaz de replicarse al menor descuido.

Después de todo, es posible que los libios la tengan más fácil.

 

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Para El Economista – Arte, ideas y gente – miércoles 24 de agosto del 2011

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Los hermanos Coen (de la A a la Z)

Siguiendo ese divertido trend de hacer una lista de las películas de Joel y Ethan Cohen, en el orden en que más nos han gustado (de la que se habla en Slate). Va, habiéndolas visto todas, y señalando que este no es ejercicio que me tome a la ligera, sino que me invita a una reflexión profunda, de la que puedo cambiar de opinión en cualquier momento, va mi lista:

 

1. Fargo (Fargo) 1996 Hay veces en que todos los ingredientes, en que el humor negro, el cinismo, lo patético y lo ridículo se combinan en las cantidades justas y trascienden más que la suma de sus partes. Así nacen los clásicos, nada perecedero, uno de los mejores anti-héroes de la historia del cine, el Jerry Lundergard de William H. Macy; y la entrañable policía embarazada que le valió el Oscar a Frances McDormand. Fargo aparece unos segundos y después de queda para habitar un territorio místico, congelado, macabro, inolvidable en cada detalle. 

2. The Big Lebowski (El gran Lebowski) 1998 The Dude, se ha vuelto con los años, uno de los personajes legendarios de Hollywood. The Big Lebowski es la cinta de los Coen que mejores momentos suma, aunque el conjunto no es tan redondo como Fargo. No me canso de ver a sus terroristas nihilistas, los compañeros de boliche, el mejor funeral de la historia y los sueños/pesadillas del Dude.

3. Barton Fink (Barton Fink) 1991 Los sufrimientos del dramaturgo encarnado por John Turturro para vender su alma a Hollywood, se conjugan con un despiadado hotel, emulo y casi peor que el Overlook, y una atmósfera sofocante y absurda. 

4. True Grit (Temple de Acero) 2010 Una cosa que los Coen hacen excepcionalmente bien, es encontrar la voz de sus protagonistas femeninas. Aunque Marge en Fargo puede ser su personaje femenino más logrado, la niña que funciona como eje y narradora de este western es su más entrañable, y esta cinta consigue, a pesar de una trama simplona, hipnotizar y conmover.

5. O Brother, Where Art Thou? (Dónde estás hermano?) 2000 La mejor banda sonora de los Coen se suma con su más aventurada adaptación: La Odisea de Homero en el viejo sur. George Clooney hace un improbable Odiseo, con una canción de éxito. De las sirenas a Penélope, es tan inteligente como desternillante. 

6. The Man Who Wasn’t There (El hombre que nunca estuvo) 2001 Uno de los sellos del cine de los Coen lo aporta Roger Deakins, y este (junto a True Grit) son sus mejores trabajos. Un pequeño poblado, ovnis, un misterio de corte policíaco, y Billy Bob en la cima de sus 15 minutos.

7. Blood Simple (Simplemente sangre) 1984 Suele decirse que la primera probada es la mejor, y puede ser verdad para los que vieron la ópera prima de los Coen primero. Para los demás es un gran trabajo, pero su mayor valor está las semillas que podemos identificar de su obra posterior. No obstante ello, es una cinta noir con sabor western, casi perfecta.

8. The Hudsucker Proxy (El apoderado de Hudsucker) 1994 Su parabola del capitalismo, su guiño a Kane y al sueño americano, nunca más fresco que en Tim Robbins viendo girar su hula-bop. Al volver a verla nos encontramos, como en Blood Simple, con ejercicios de estilo más logrados en otras de sus cintas, y aún así, el conjunto funciona.

9. A Serious Man (Un hombre serio) 2009 – Quizá la película más judía, y más rara, en una filmografía por demás poco convencional. Su humor negrísimo, sin concesiones, ni un ápice de compasión por sus personajes, la ponen, junto a las historias de formación y las familias suburbanas, en categoría aparte.

10. Miller’s Crossing (De paseo a la muerte) 1990 – En los años en que cada película de los Coen era la revisión de un género, esta visita a la historia de gángsters combinada con tragedia shakespeareana es memorable, si acaso por un par de secuencias, la mejor de las cuales transcurre en el bosque.

11. No Country for Old Men (Sin lugar para los débiles) 2007 Su consagración oficial fue en esta, la adaptación fiel de una novela de Cormack McCarthy, y es tan fiel que sufre del mismo problema en la solución. Por lo demás, el equilibro sonoro de silencios absolutos y el pasmo que provoca cada entrada a cuadro de Bardem, bien valen la película.

12. Burn after reading (Quémese después de leerse) 2008 Espías, Brad Pitt del hombre más estúpido del mundo y Clooney de depravado sexual, Malkovich como un John LeCarre de pacotilla. Burla descarada y casi histérica del espionaje o lo que queda de él después de la guerra fría, y de esta vacilada genial.

13. The Ladykillers (El quinteto de la muerte) 2004 Suele ser la más odiada por los críticos, quizá por ser un remake de una cinta clásica, quizá por su tono de comedia tan directo. En cualquier caso, Tom Hanks es una delicia.

14. Raising Arizona (Educando Arizona) 1987 Lo siento, nunca me gustó demasiado. Uno de sus problemas es Nicholas Cage en uno de los protagónicos, el otro Holly Hunter. Bien puede ser un road movie adelantado a su tiempo, pero aún así…

15. Intolerable Cruelty (El amor cuesta caro) 2003 – Es la única de sus películas que me resulta insoportable. Un anti-romance cínico, Clooney y la Zeta-Jones, nunca termina de funcionar. Una sola escena memorable, por cierto, directa en la frente.

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79 – Juegos de patriotas

Si hiciéramos caso a los medios, estamos a punto de otra catástrofe financiera mundial. La semana pasada, todo era culpa del congreso estadounidense y su enredado el debate para aumentar (o no) el techo de la deuda externa de su país.

Como su gobierno opera con gran déficit (gasta más de lo que ingresa), el bloqueo en el congreso lo hubiera puesto en moratoria, violando su propia Constitución y sacudiendo, de paso, el orden económico global.

Al final lo autorizaron, y aún así EU perdió su calificación crediticia AAA, las bolsas de valores se vinieron abajo, y Obama no dejó contentos ni a propios ni a opositores. Los demócratas alegando que “cedió demasiado” y la virulenta facción del Tea Party “que no lo suficiente”.

Sin embargo, culpar a la necedad casi fundamentalista de unos y a la debilidad política y negociadora del otro, no explica lo que realmente sucedió.

Paradójicamente, el Tea Party está formado en su mayoría, por personas que se verán muy afectadas por las medidas que sus representantes han promovido con tanta determinación.

Es un mito muy difundido el que afirma que el Tea Party surgió del descontento que provocaba el excesivo gasto federal y los rescates federales durante la crisis financiera del 2009. Una suerte de movimiento contra el Fobaproa estadounidense.

En realidad, el origen de esta facción republicana asociada con la parte más conservadora y fanática de la población, está en dos sucesos complementarios de origen casi simultáneo (y mediático).

El primero es la vehemente convocatoria que hace Rick Santelli, editor de noticias de negocios en el canal CNBC para que un “tea party”de operadores financieros, arrojara al lago Michigan certificados de valores derivados (los que crearon la burbuja inmobiliaria), en protesta por el rescate del gobierno de Obama a “esa bola de perdedores”. Santelli no se refería a las quebradas instituciones financieras sino a sus víctimas: la gente que había perdido sus casas durante la debacle inmobiliaria.

En forma casi sincronizada un grupo llamado AFP (Americanos por la prosperidad) colocó una página en Facebook para un “renacido” Tea Party y empezó a organizar eventos en su nombre: ahí despegó el movimiento.

Detrás del AFP estaban Charles y David Koch, magnates con una fortuna que suma 43 mil millones de dólares; quienes dirigen, en sus propias palabras: “la compañía más grande de la que has oído hablar”. Industria petrolera, minera, química, maderera y de gas natural; las empresas Koch tienen una gran actividad política, financiando campañas y grupos de presión. Su creación más importante es el Tea Party.

La referencia al Tea Party no era gratuita. Buscaba equiparar su movimiento con un momento simbólico de la independencia estadounidense: el equivalente a nuestro Grito de Dolores.

En diciembre de 1773, un grupo de colonos de Boston (The Boston Tea Party), en protesta contra el gobierno colonial británico y el monopolio del té de The East India Company, se enfrentó a funcionarios aduanales en el puerto de Boston, quienes se negaban a devolver a Inglaterra un cargamento de té. Protestaban por los elevados impuestos que cobraba la corona y la falta de representación política de los colonos. El grupo abordó los barcos y destruyó el té arrojándolo al mar, ahí empezó su guerra de independencia.

En un giro, sin duda perverso, el nuevo Tea Party fue capaz de canalizar la indignación de una población que veía derrumbarse su nivel de vida, hacia un movimiento que los dejará peor.

Simplificando, sólo hay dos maneras de atacar el enorme déficit que el gobierno de Bush, sus guerras, la tibieza de Obama y la crisis financiera dejaron a los EU. Subir impuestos o recortar gastos. El primer caso afecta directamente a la clase más pudiente, el segundo a los más pobres.

El bipartidismo estadounidense ha reflejado el paradigma de ambos modelos: los demócratas, aumentando impuestos y el gasto gubernamental; los republicanos, recortando el gasto y, por supuesto, incentivando, en sus palabras, la producción reduciendo impuestos a las clases más pudientes.

Un modelo redistribuye los ingresos mediante programas sociales, el otro alega beneficiar a la población provocando que los ricos inviertan más en generar empleos, por ejemplo.

El mayor absurdo del Tea Party es que pretende ambas cosas: reducir la deuda cobrando menos impuestos y pagarla también, no se sabe con qué. Cuando hablan de “reducir el gasto” no caen en cuenta que el primer recorte estará en los servicios sociales de los que dependen. Dicen cosas como “alejen al gobierno de mi Medicare”, sin darse cuenta que Medicare es un programa gubernamental.

“Estamos tan metidos en el debate ideológico, que se nos olvidó lo que realmente importa”, dijo E.J. Dionne en The Washington Post.

A la incapacidad que ha mostrado buena parte de la población para vislumbrar las contradicciones y absurdos de su movimiento, se suman dos factores. La ignorancia de su propia historia, la cual conocen en una versión sintética casi Disney; y la efectiva persuasión mediática de Fox News (propiedad del polémico magnate Rupert Murdoch) capaz de combinar el miedo al terrorismo y la incertidumbre económica, con estridentes verdades a medias, prejuicios y mucho furor patriótico.

Hay quien afirma que lo que sucedió en los EU va más allá de una ingeniosa maniobra política en el congreso, y constituye un auténtico golpe de estado. Teorías de conspiración aparte, es claro que las consecuencias de estos juegos patrioteros llegarán allende sus fronteras (para empezar, el gobierno Chino está de plácemes), y que sus ramificaciones más importantes, están aún por verse.

 

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista – Arte, ideas y gentedel miércoles 10 de agosto del 2011

 

Ligas de interés

Global finance has dysfunction at its heart de Ha-Joon Chang en The Guardian (08/08/11)

Debt deal: anger and deceit has led the US into a billionaires’ coup de George Monbiot en The Guardian (01/08/11)

¿Can America still lead? de E.J. Dionne en The Washington Post (07/08/11)

 

 

 

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78 – Conectarse o desconectarse

Siempre miro con curiosidad, si no es que cierta simpatía, los resultados que arrojan las encuestas pre-electorales. Especialmente cuando descubro cosas como que al Secretario de Hacienda lo conoce apenas el 8% de la población.

¿Qué pasa con el otro 92% de los mexicanos?

No voy a afirmar la necesidad de que cada mexicano conozca nombre y rostro de los secretarios de estado, senadores o cualquier otro aspirante a la presidencia. De hecho, me atrevería a afirmar que es perfectamente posible llevar una vida plena y satisfecha sin ser capaz de identificar al señor Lujambio, por ejemplo, en una fotografía o clip televisivo.

No me sorprendería que el propio Felipe Calderón tuviera un nivel de reconocimiento inferior al 100%, ya no digamos los príncipes de la oposición, esos que esperan que cada hogar de México y oficina de gobierno, esté preparando un marquito para su fotografía.

Lo cierto es que hay gente que vive sus vidas sin enterarse lo que pasa en México, EU o la Unión Europea. Gente que no pierde el sueño pensando en el gigante amarillo de Asia, los sufrimientos de Obama para que su país no caiga en el buró de crédito, o los desvelos de los padres del Euro, para que sobreviva a pesar de que Grecia esta más quebrada que una librería mexicana de provincia.

A los magnates mediáticos les gustaría pensar que la gente está al pendiente de cuándo inician sus noticieros. Que todo el día queremos escuchar sus grandes personalidades. Que hacemos fila en los puestos de periódicos para comprar la última edición y leer qué tiene que decir Jorge Castañeda sobre la comentocracia. Que coleccionamos el nuevo álbum Panini con estampitas de diputados, senadores, gobernadores y narcotraficantes.

¿Podemos afirmar que la información es un bien nacional, un intangible capaz de cambiar vidas y destinos, una vía para una mejor ciudadanización de la sociedad? Ni siquiera eso.

Cómo debatirle a la gente el derecho de dormir tranquila sin enterarse que en su estado desaparecieron seis encuestadores, asesinaron periodistas, se arma una balacera de vez en cuando, o la mitad de sus vecinos están en el borde de dejar de ser clasemedieros y sumarse a los pobres en el próximo estudio de CONEVAL.

 

¿Hay cierta sabiduría, o digamos un inconsciente sentido de supervivencia, en permanecer desconectado?

Si la máxima de muchos es todos los políticos son iguales, para qué aprendernos los nombres, siglas, instituciones y filiaciones: Los FCH, EPN, AMLO, MFB, CNDH, SCT, TEPJF, y un larguísimo etcétera.

Si la gran cantidad de nuestros políticos todavía funciona con el Sistema Operativo PRI 7.0 qué caso tiene enterarse si ahora su fotografía en los semáforos tiene fondo azul, amarillo o está llena de emblemitas de colores.

Durante años, los analistas de los medios han investigado los efectos de la comunicación masiva y sus mensajes en el individuo. Valdría la pena un estudio sobre por qué ciertos individuos son capaces, en plena globalización, de una suerte de impermeabilidad mediática.

Por otra parte, si lees este texto, lo más seguro es que pertenezcas al 8% que sabe quién es Ernesto Cordero, Carlos Navarrete o hasta tu delegado de CONAGUA.

Buscas en la prensa las noticias de ayer, las especulaciones de hoy, las opiniones del círculo rojo; la reducción de la realidad a encabezados y notas lo suficientemente llamativos e interesantes como para llenar los huecos que deja la publicidad.

Escuchas la radio mientras conduces. Te entusiasman las voces grabadas y enlaces telefónicos. El chachareo cotidiano de conductores e invitados. Anotas la receta del licuado de chaya, alfalfa y aguacate. Esperas la reseña antes de ver la película.

Dedicas las últimas horas de tu (cansado) día laboral a sentarte frente a la tele y ponerte al tanto: si se inundó allá, si un autobús cayó a un barranco acá, si el narco de hoy es más escalofriante que el de ayer, si Queta se convirtió en huracán tipo 5, si en Ohio aprobaron una ley para detener a los que comen tacos.

Estás pegado a twitter para deglutir el mundo en píldoras de 140 caracteres y sentir el pulso vivo del flujo informativo: las noticias cuando suceden, las opiniones cuando no ha habido tiempo de pensarlas, la hora en que @fulano sale a comer, toma un avión, grita gol o amaneció de malas porque hace mucho calor.

Conoces el forcejeo de los precandidatos panistas para salir del anonimato. El esfuerzo de Ebrad para dejar atrás su tibieza y decirnos que sí quiere ir. La tensión en el Capitolio y cómo la pequeña y enloquecida minoría del tea party fue capaz de secuestrar a Obama y su yes we can?

Compras conspiraciones: las políticas y las climáticas. Te gusta pensar que si todos votamos en blanco ellos entenderán el mensaje. Concediendo que hay grados de inmersión: ¿para ti la información es poder, angustia, miedo o necesidad?

Conectarse o desconectarse, esa es la cuestión.

 

twitter @rgarciamainou

Para El Economista – Arte, ideas y gente- el miércoles 3 de agosto del 2011

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77 – Nunca nos había pasado


Cuando los seres humanos alcanzamos cierta edad, entramos al terreno de lo inédito, de lo nunca me había pasado: un dolor en la espalda, una rodilla que cruje, el maldito insomnio; de igual manera, es posible trazar un paralelismo en la vida de las naciones.

Cuando nos topamos frente a ese bultito en el pecho, ese atentado en el centro de la ciudad, ese suceso desconocido, la primera reacción es la parálisis, el estupor. Incluso antes de pensar en cómo debemos reaccionar ya estamos explicando nuestra incapacidad para hacerlo con la negación.

Algo similar sucedió en Noruega el viernes pasado. Después de los sangrientos eventos del primer acto realmente terrorista en su nación, muchos noruegos aún declaraban a los medios: esas cosas no pasan aquí.

Lo curioso es que lo mismo podemos todavía escuchar entre muchos mexicanos, que frente a los nuevos visos que ha tomado la violencia sienten un extrañamiento similar: En mi casa, en mi barrio, en la ciudad donde nací, no hay balaceras, no hay retenes militares, no aparecen narco fosas, no llegan tipos y masacran a jóvenes.

Los sucesos en Noruega, sin embargo, merecen examinarse.

El 9/11 noruego, como lo llamó The Sun en Inglaterra (en su caso acompañado por un disparatado: Masacre de Al-Qaeda) desnudó a los servicios de seguridad noruegos, como evidenció la incompetencia de los estadounidenses hace una década.

Al parecer estaban tan enfocados en prevenir el terrorismo en su variedad islámica, que no miraban dentro de casa: a sus propios grupos de extrema derecha.

Los que tampoco están listos son los medios informativos. Su primera reacción fue apuntar al usual suspect: Al-Qaeda. Se convocaron expertos, que para lo que dijeron, deberían poner adivinadores en sus tarjetas de presentación. Se elaboraron hipótesis y encabezados. Se explicó por qué la organización terrorista odiaría a los noruegos (su participación en Afganistán, alguna caricatura del profeta en un periódico). A través de twitter se invitaba a algún testigo a aportar algo. Los jefes de redacción se daban golpes en la frente por haber cerrado la corresponsalía en Oslo.

Lo peor del caso es que la mala reacción mediática le hace el juego, precisamente a los terroristas. Como explicaba Mauricio Meschoulam desde el viernes: lo único que buscan los terroristas es proyectar a través del miedo: asustar a la población tanto como generar seguidores y simpatizantes a sus causas. La reacción alarmada e indiscriminada de los medios ayuda muchísimo a esa agenda.

Si El País reportaba que Oslo, según un testigo se había convertido en una “zona de guerra”, lo primero que podríamos preguntarnos es si el testigo sabe lo que es una “zona de guerra”. Lo segundo, si esa imagen es capaz de decirnos algo fuera de nuestras propias referencias cinematográficas, la verdad es que, por fortuna, la mayoría de nosotros no ha vivido una auténtica zona de guerra (todavía).

Los adjetivos grandilocuentes son el alimento del terrorista. Como dice Charlie Brooker en The Guardian, el noruego quería hacerse un nombre. Por eso no lo debemos identificar. Debe ser descartado, borrado. No merece la pena ni etiquetarlo como ‘loco’, ‘monstruo’ o ‘maniático’, todos son un tipo de glorificación perversa, si hay que llamarlo algo es un nada.

El rubio noruego, cuya fotografía tapiza los diarios de todo el mundo, en una suerte de publicidad masiva de su headshot; había circulado desde 2002 un manifiesto de 1500 páginas que se titulaba: 2083 Una declaración de Independencia Europea, una especie de inverso del de Al-Qaeda.

Sus acciones fueron planeadas cuidadosamente: Una página en Facebook para difundir sus ideas más trilladas. Un sólo tuit: Una persona con una creencia es igual a una fuerza de 100,000 que sólo tiene intereses.

El viernes pasado, empezó atrayendo a las fuerzas de seguridad noruegas al centro de Oslo, explotando una bomba afuera de un edifico gubernamental de 17 pisos. Ahí mató a 8 personas.

Después tomó un ferry público a la isla de Utøya, se vistió de policía y se presentó en un campamento político de verano para jóvenes, donde dijo que venía a revisar la seguridad. Al campamento asistían los hijos de muchos miembros del partido laborista que gobierna Noruega. Una vez ahí, reunió a los jóvenes y pasó 90 minutos disparando fría y metódicamente contra ellos con balas expansivas, cazando a los que conseguían huir. El resultado hasta ahora: 68 muertos.

La lógica del terrorismo es tan absurda, que la primera oleada mediática etiquetó como ataque islámico, lo que había realizado un tipo fundamentalista cristiano como declaración antimusulmana. Henning Mankell recuerda en The Guardian el trabajo de Hannah Arendt sobre Eichmann: La banalidad del mal. Esa gente que juega con el perro y riega su jardín y nunca sospechamos que sea un asesino psicótico.

El noruego no podía tener motivos más banales: oposición a los musulmanes y al multiculturalismo, odio a la globalización y a la edad moderna. Si algo nos queda claro es que justificaciones terroristas las hay en todos los contextos políticos, religiosos e ideológicos. Siempre hay un pretexto.

A lo mejor nunca nos había pasado, y esas cosas no pasan aquí. Hasta que suceden. Entonces más vale recordar esa frase de Roosevelt tan apropiada en el contexto actual: Lo único que podemos temer es al miedo mismo.

twitter @rgarciamainou

 Para El Economista – Arte, ideas y gente del miércoles 27 de julio del 2011

En El Economista online x

 

Actualizaciones: Se actualizaron las cifras de víctimas a las anunciadas el martes por la tarde por las autoridades noruegas. Las cifras que aparecen en la edición impresa de la columna son las anteriores.
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Ligas de interés

Jo Nesbø, uno de los más importantes escritores noruegos de la actualidad, reflexiona en The New York Times sobre los sucesos, el nuevo miedo que surge en lo que era un país casi idílico, y cómo podrán enfrentar los nuevos retos de la realidad.

Sobre las complicaciones de publicitar al terrorista frente a una necesaria transparencia informativa hacia la sociedad, opina Ian Reeves enThe Guardian

En The Independent, el Dr. Matthew Feldman dice que la matanza sólo fue un acto macabro de relaciones públicas para un terrorista que quería llamar la atención hacia su juicio, su manifiesto, y la oportunidad para distribuir información nociva a través de internet. Se vale sentir escalofríos.

Lo que más inquieta de este terrorista es que proviene de una generación de jóvenes europeos resentidos con absolutamente ningún escrúpulo por el sufrimiento de los otros. Joan Smith elabora en The Independent, y no se han explorado lo suficiente las recompensas narcisísticas del terrorismo de hoy.

Mohammad Usman Rana, columnista de un diario noruego, reflexiona también en The Independent, sobre cómo este acto terrorista anti-multicultural, tomó desprevenida a la nación europea donde el multiculturalismo ha sido mejor abrazado, y donde el 25% de la población es migrante. x

 

Joan Acocella apunta en The New Yorker que Stieg Larsson, ya había prevenido sobre la importancia de que las sociedades nórdicas pusieran atención en el aumento de grupos radicales de extrema derecha. En el artículo se pregunta porqué no se cita más a Larsson últimamente, al margen de su trilogía, fue un reputado periodista que se especializó precisamente en ese tipo de radicalismo.

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