
En el papel o en la cancha
Algunos partidos suenan mejores en el papel que lo que resultan ser en la realidad: pensemos en el Brasil – Portugal que terminó en cero-cero sin mayor pena, mientras que Australia – Serbia, que antes del mundial sólo despertaba el interés de las madres de los jugadores, resultó un partidazo.
En el papel, Nueva Zelanda era el seleccionado más débil. En la cancha, se fueron invictos y contribuyeron a la debacle del campeón del mundo que apenas les robó el empate.
En el papel, Argentina era, jugador por jugador, superior a su contraparte alemana. En la cancha, los rioplatenses se encontraron un marcador a la altura del Ego de su técnico.
Hasta antes de la copa del mundo, los “expertos” comentaristas, casi salivaban con las jugadas de fantasía y los goles que meterían Cristiano Ronaldo, Messi, Rooney o el mismo Kaká. Arrojaban “el mejor del mundo” como moneda de uso. En la cancha: el divo portugués se exhibió como el sobrado egoísta que siempre ha sido. Messi como Samuel Etó se perdió en la libertad de querer hacerlo todo. Rooney y Kaká, simplemente no estuvieron a la altura (física o mental) que requería su equipo.
Si FIFA se guiara por la política electoral mexicana…
Al final de los partidos, sin importar el marcador, los dos entrenadores se declaran ganadores. Los árbitros son impugnados, así como las cámaras televisivas por retratar poco favorablemente los entrenamientos.
El debate sobre quién ganó, dura semanas, hasta que el Tribunal Futbolístico de la Federación revisa los videos y declara un ganador. Entonces se asigna el puntaje y el presupuesto de los equipos.
Los mundiales duran seis meses, mientras en la Asamblea Técnica no se llega a ningún acuerdo.
Nuestra selección tiene la oportunidad del ansiado quinto partido, calificando como equipo plurinominal.
Haz fama y échate a dormir
¿En qué se parecen Brasil y el perro Bermúdez? En que ambos viven de la fama de antaño. Brasil del prestigio alegre y técnico de su penta-campeonato, Bermúdez, de sus frases pegajosas que lo llevaron al hit parade de los videojuegos FIFA.
Hoy, el Brasil defensivo es dominado técnica y filosóficamente por Holanda, mientras Bermúdez nos regala una narración donde ya ni siquiera intenta prepararse o poner atención en lo que ve y dice.
No sólo los juicios de palco, sin ver las repeticiones: sí fue penal, esa fue de roja; y los innumerables saludos a las porras universitarias y a la colonia [ponga la nacionalidad del equipo en turno].
El partido es España – Paraguay. Cuando David Villa, el flamante centro delantero del Barcelona, mete de carambola el dramático gol que pone adelante a su equipo, Bermúdez se congratula: “Villa ya puede ir aspirando a muy buenos contratos…si se consolida como goleador, imagínate las ofertas, mi sheriff”.
Charla con el “Sheriff” Quirarte, un gran jugador y un tipazo, pero capaz de decir linduras como “Un ida y vuelta para los dos lados” o de confundir la instancia que narra: “Nunca habían llegado a octavos de final, imagínate que si ahora pudieran pasar a cuartos de final… sería todavía más histórico”.
Lo mejor está donde menos lo esperas
Para los analistas fue irresponsable; pero esos últimos segundos de Uruguay – Ghana, y el penalti que cobró el Loco Abreu con un picadito al centro; son lo más emotivo que nos ha regalado Sudáfrica.
Un cierre donde el dramatismo de la realidad supera lo que pudiera haber imaginado el más delirante guionista de Hollywood. Entre las manos salvadoras de Suárez, la falla de Asamoa Gyan, y los brazos extendidos de un exhilarante Abreu, se perfiló uno de los momentos imborrables del campeonato.
En medio de los sufridos minutos dedicados a La jugada del mundial, hay que reconocer que Montserrat Olivier rescató reportajes extraordinarios. Pensemos en esa visita al poblado del Sudán donde el alimento es camello crudo. O la espectacular cacería de una rinoceronte virgen para comprobar por qué permanece intacta, en medio del calor africano. El veredicto, como el chiste: sí era.
En cualquier caso, nunca a la altura de Karla Iberia Sánchez que merece otro Premio Nacional de Periodismo por su mirada descarnada a la Sudáfrica real. Ya sea al espíritu de Chava Flores en las peseras de Johannesburgo, la moda dental local, o al siniestro ritual de madurez que implica la circuncisión comunitaria.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el miércoles 7 de julio del 2010
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El asedio, la más reciente novela de Arturo Pérez–Reverte (Alfaguara, $289) es sin duda una novela de largo aliento (727 páginas) que transcurre en el marco de un suceso histórico. El sitio que sostuvo el ejército napoleónico a la ciudad de Cádiz, en 1811, mientras las colonias españolas en América peleaban por su independencia. Una premisa seductora.
La geografía de Cádiz, ubicada en una península casi inexpugnable, convertía su asedio en una situación de lo más extraña: la ciudad recibía por mar todo tipo de pertrechos, mientras el ejército invasor apenas los contemplaba, intentando sin fortuna, resultar amenazante, lanzando proyectiles que rara vez llegaban a su destino, desde el otro lado de la bahía.
La novela parte con una situación de corte policíaco: el asesinato cruel de mujeres jóvenes, investigado por el comisario Tizón, policía o inquisidor de la ciudad amurallada. Tizón juega ajedrez con un profesor en uno de los cafés de la ciudad, tema que sirve de pretexto a Pérez Reverte para hacer referencias al ajedrez como parte del misterio, tal y como afortunadamente hiciera en La tabla de Flandes, una de sus novelas más exitosas.
Sin embargo, hay que distinguir lo que en el otro libro es el centro de la trama, con lo que en éste es meramente decorativo, sirva como advertencia al lector que pudiera irse con la finta frente a la publicidad que acompaña el libro.
La novela sigue también a otros personajes (de hecho los sigue más y con mayor interés), a Lolita Palma, joven pero solterona heredera de la casa del mismo nombre, quien administra con visión y mano firme una de las empresas familiares más poderosas de la ciudad.
A Gregorio Fumagal, siniestro taxidermista (¿no son todos taxidermistas un poco siniestros?) que espía para los franceses, mientras compra químicos y cadáveres de animales en el mercado negro.
A Pepe Lobo, un capitán de barco contratado como corsario de patente por Lolita y otro socio para asaltar naves en los alrededores de la ciudad (negocio que era legal y sancionado en esos tiempos).
Y a otros más: Desfosseux, capitán francés obsesionado con ser capaz de diseñar la parábola perfecta para bombardear la ciudad. Y Mojarra, un pescador que hace de guía a un dibujante que apura bocetos de las posiciones francesas.
Cada uno de estos personajes va alternando intervenciones en la trama mediante una serie de viñetas relatadas con prosa impecable de rigor lingüístico e histórico. Pérez-Reverte consigue esto, valiéndose de localismos, anacronismos y del lenguaje técnico marítimo en pleno (recordemos La carta esférica); uno de sus temas favoritos.
El realismo de estas escenas provoca emociones encontradas. Vamos desentrañando sus descripciones como si se tratara de un fresco de época: maravillados por su precisión. La ciudad, sus aromas y colorido se despegan de la página. Y al mismo tiempo, desconcertados por su estatismo: pasan las páginas y da la sensación de que nada importante sucede, como si siguiéramos la novela en una suerte de museo literario.
El pretexto policíaco se abandona por cientos de páginas, mientras Lolita Palma asiste a una reunión social, Pepe Lobo y su tripulación abordan un bote, Fumagal compra un mono, y Desfosseux alega las ventajas de uno u otro calibre de obús.
¿Qué nos impulsa a seguir leyendo? ¿La posibilidad de un romance entre Palma y su capitán? ¿La solución del crimen? ¿El resultado del propio asedio a la ciudad? En realidad no mucho, y sólo el lector más disciplinado y el devoto de la novela histórica saldrán airosos. Para los demás, como un servidor (abandoné cerca de la página 300), soplará el viento de levante hasta otras latitudes.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el martes 29 de junio del 2010
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Este mundial sudafricano ha estado, sin duda, lleno de lecciones para los espectadores que lo seguimos en televisión. Vengan a cuento algunas:
1. Si desentona, sácalo. Javier Aguirre nos demuestra en el juego contra Uruguay que un jugador que prueba ser creativo, tener movilidad, desequilibrio, disparo a gol (el único del juego), y velocidad; se sale de su planteamiento táctico. Es la única manera de explicar la salida de Andrés Guardado (fuera de un accidente en el vestidor o una diarrea intempestiva).
2. La mala suerte existe. Alemania puede perder partidos (nadie es perfecto), pero perder uno donde tu goleador estrella es expulsado y tu segundo estrella es incapaz de meter un gol ni de penalti, sin duda requiere que los hados estén en tu contra o alguna otras cosa (ver punto 5).
3. Gerard Piqué necesita una limpia. Durante el accidentado gol suizo que derrota a España, el defensa español (titular del Barcelona), recibe un rozón del zapato del delantero de los “banqueros” y sangra profusamente de la sien. Un partido después, Piqué recibe un balonazo en el mero centro de su hombría (“no les voy a decir dónde, sólo que ahí duele mucho” en palabras del mejor cronista de Televisa: Paco Villa). Minutos después, en una jugada atropellada recibe con la boca el pie de otro contrincante y sangra como extra en película de Darío Argento. El utilero español le aplica nitrógeno líquido o algo así directamente en la boca (ouch). ¿Qué le deparará el encuentro frente a Chile?
4. El mundial africano sin africanos. En un giro dramático que dejará imposibilitado de sonreír a Joseph Blatter (por un rato), las seis selecciones africanas (incluyendo a los anfitriones sudafricanos) se perfilan para quedar eliminadas en la primera ronda. ¿Exceso de confianza o apatía futbolística? De esta terrible situación se desprenden varias lecciones:
(a) No contratar a Sven Goran Ericksson – La ex–favorita selección de Costa de Marfil descubre un poco tarde que al sueco se le complica plantear buen futbol. El remedio ante la carencia táctica, un nuevo deporte nacional: patear brasileños.
(b) El que el cronista en turno de Televisa Deportes diga que “tienen un físico impresionante” no quiere decir que dentro de la cancha tengan la condición para jugar futbol. La selección nigeriana exhibió jugadores lentos, pasados de peso, que se acalambraban al final del primer tiempo. Nuevo deporte nacional: patear el aire.
(c) En ghanés, Ghana no significa “gana”. Poco importa que en México suene un nombre triunfador. Este país que antes se llamaba la “Costa de Oro”, está convencido que amontonar gente en el área es una estrategia defensiva, por lo menos cuando no se practica el deporte local (ver A), patear australianos.
(d) Hace falta más que un nombre simpático para ganar partidos. Los bafana bafana lo descubrieron al toparse con Uruguay. Tienen el honor de ser uno de los pocos rivales en la historia que consiguen exprimir de la escuadra charrúa más de un gol (México se lo propuso y no lo consiguió).
(e) Samuel Etó no es Dios. Contrariamente a lo que alguien le habrá dicho al delantero camerunés, en la cancha juegan once. En un partido donde sólo le faltó llevar suéter de portero, el ex–centro delantero del Barcelona decidió hacer todo, menos pisar el área.
5. La brujería existe. Algunos podrán echarle la culpa al balón. Otros a las canchas, que supuestamente tienen una tierra compactada donde las pelotas botan más de lo normal. Faltará el que diga que tanto color en la tribuna distrae, que las vuvuzelas son peores que las matracas mexicanas, o que los cielos australes desconciertan algún reducto primario en los cerebros de los porteros; pero siguiendo la tónica estereotipada con que Primero el Mundial define África, tenemos que acusar a algún médico brujo con talento pero mala puntería (un mal de todos los africanos), que ha afectado aleatoriamente a porteros, árbitros y hasta el Guille Franco, para provocar uno de los mundiales más torpes de la historia.
6. Corea del Norte no es tan peligroso. Sabemos que el Pentágono los tiene en la lista de los países más temibles, siempre dispuestos a buscar el gatillo de su arsenal nuclear si un delegado los ve feo en la ONU. Si la junta de jefes del Estado Mayor le echara un vistazo a ese juego contra Portugal, a lo mejor se relajarían un poco. El foco de la ira de la dictadura será ahora su equipo nacional.
7. Libertad, igualdad, (sin) fraternidad. No funciona. Desde que Zidane cambió la copa del mundo por un cabezazo, la escuadra francesa pasa mayor tiempo haciendo desplantes que jugando futbol. Pobre Laurent Blanc, la que le espera.
La falta de espacio me imposibilita a seguir adelante (por esta semana), por ahora quedémonos con las palabras sabias del brasileño Julio César, que a propósito del Jubulani dijo “la pelota es horrible, parece de las que compras en un supermercado”.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el miércoles 23 de junio del 2010
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Dos realidades inescapables de la tecnología: si nos perdemos la transmisión en vivo de un juego del mundial de futbol, no hay nada perdido. Ya sea sintonizando una de las repeticiones que se suceden todo el día en los canales de Sky; mediante una grabación en DVR; o a través de internet. El partido estará ahí, fresco y disponible, para ser visto, cuando mejor nos convenga.
Pensándolo bien, borremos aquello de fresco.
Así como es perfectamente posible, sin recurrir a la vetusta videocasetera, el ver el futbol a nuestro tiempo (especialmente esos juegos de las 6.30am); también resulta imposible el no echarnos a perder (o que alguien no nos eche a perder) el resultado, mucho antes.
No se trata sólo del comentario en el pasillo de la oficina: “¿Cómo quedó el partido?”, de la radio en el automóvil, de los marcadores que corren por debajo de los noticieros televisivos y muchos portales de internet. Sumemos los SMS que envía Telcel, sin ser solicitados. O los mensajes generados por la docena de apps para iPhone que cubren y reportan la fiesta mundialista.
Peor aún si vemos el juego de la Selección, y los vecinos gritan gol antes, porque Sky difiere dos segundos sus transmisiones en alta definición.
Pero echemos un vistazo a los programas de análisis, esos que acompañan cualquier gesta mundialista con opiniones expertas, reportajes, humor y mil cápsulas culturales sobre cómo se comen los hot-cakes en Ciudad del Cabo, por ejemplo.
Más es menos
Este genero televisivo deportivo, inventado hace muchos años por José Ramón Fernández, vivió su punto más alto durante el Mundial de Italia 1990 y desde entonces ha prolongado una torturada decadencia, hasta en sus imitaciones, con niveles absurdos.
Hablo de La jugada del mundial, ese show cómico, mágico y musical donde los simpatiquísimos reporteros de Televisa Deportes convocan a estrellas del balompié como Figo o Zidane a repetir lugares comunes del análisis deportivo que bien pudieron haber escuchado en Sportcenter la mañana anterior.
Las leyendas del futbol tienen segundos para decir tres frases sobre un partido, mientras miran a la cámara vagamente avergonzados por necesitar el cheque (el gafete o los viáticos).
La mayoría de las tres larguísimas horas que dura el programa la ocupa una innumerable sucesión de sketches, momentos de pena ajena, ruido y jingles de la canción de Shakira, que poco o nada tienen realmente que ver con el futbol que les sirve como pretexto.
En un típico programa nos recetamos un resumen brevísimo del partido, chistes y albures a propósito de un leopardo vivo que un desvelado entrenador pasea por el foro. Montserrat Olivier viaja hasta Nigeria a una aldea que construye casas con bostas de vaca (de “popó”, dice). El comando tolteca hace un numerito humorístico cateando turistas borrachos. Javier Alarcón entrevista a Hristo Stoichkov, luego al compayito (más tiempo para este último, claro). Facundo nos dice qué desayunó el equipo de producción. Dos minutos de análisis, Diego Luna presenta un corto animado forzadón. Karla Iberia Sánchez un ameno reportaje sobre las peluquerías callejeras sudafricanas.
Siguen tres entrevistas a jugadores mexicanos, una mediante albures en el más puro estilo de Brozo y su invitado Ponchito (prestadas por Primero el mundial y su infame set “africano” que merece mención aparte en los anales de la mala televisión). Pelaez aprieta botones de “alta tecnología”. Brizio califica a un árbitro. La familia peluche añade un episodio a “las manadas de Derbez”. El compayito de nuevo con Zidane (qué pena). Los futbolistas semidormidos comentan las posibilidades de España o Brasil. El leopardo de nuevo. Tony de Valdés y su tupé. Un clip sobre los guapos holandeses antes del partido. Marisol patina en arena. Seguimiento a los “enemigos íntimos” (vaya tontería de concepto). Los diez goles de cabeza mejores de la historia. Un concurso de baile. Un número de magia… Tres horas de payasadas en la más pura plantilla de Hoy, que nunca recuperaremos para actividades de más provecho, como ver lo bonitas que se ven las pantallas LCD apagadas.
A la mitad del camino
TDN estrena canal y programa: Los DTs (también conocido como Los entrenadores). Sin carisma o presupuesto: este panel de directores técnicos conducidos por el “Ché” Ventura, es inteligente, pero poco ameno (mucho menos dinámico), y termina perdiendo el encanto en las muecas enfurruñadas del “Zurdo” López o las interminables repeticiones de los mismos clips. Es un trabajo en proceso y lo van puliendo, pero como concepto le falta trabajo.
Se antoja que alguien de TDN, o Televisa, o de la televisión nacional, le echara un vistazo a programas como Total Access y Game Day Final en NFL Network. Así se hace televisión deportiva.
Menos es más
Dentro de la fusión que formó TDN, lo mejor es la oportunidad que tiene el periodismo deportivo en su faceta más profesional, para cubrir eventos de este tipo. De ahí la aparición de Futbol en serio, a cargo de Francisco Javier González.
Un panel sobrio en un foro atractivo, que recupera el análisis a fondo y la exploración respetuosa de diferentes puntos de vista. Destaca la participación y la inteligencia de Stoichkov, esa leyenda viva del futbol Búlgaro, con un español más inteligible y preciso que el de Javier Alarcón. Acompaña la lucidez de Luis Fernando Tena y José Luis Sánchez Solá (sin calcetines), y algunos periodistas más. Una sólida hora con pocas pausas comerciales. Rellenada con algunas cápsulas periodísticas, una fallida animación humorística (qué pena, René Castillo por este fusil descarado a Huevo Cartoon) y un par de enlaces relevantes vía satélite.
No todo es miel sobre hojuelas en Futbol en serio: El resumen de los partidos es esquemático. Su equipo de producción suele olvidarse que transmite en alta definición (y el encuadre es mayor que el cuadrado de la tele) y a veces se ponen a hablar por teléfono o dejan las lámparas en un lado del encuadre. El ángulo tecnológico patrocinado por una marca de plumones para pintarrón es deslucidamente llevado por Miguel España. Sus participantes suelen confundir Eslovenia con Eslovaquia, sin que medie corrección; y a veces los visita Jorge Sánchez, un comentarista que hace parecer a Carlos Albert como un tipo relajado y positivo.
Y así son lo mejor que hay en televisión durante este mundial.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el 16 de junio del 2010
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Justo a tiempo para despejarnos la agenda para el mundial, un puñado de las series favoritas de la televisión terminaron sus temporadas la semana pasada. Sirva como advertencia, en esta entrega de las horas perdidas, recorreremos algunos de esos finales para sintetizar en qué y cómo quedaron. Si el capítulo permanece intocado en tu DVR o esperas que llegue el DVD, no sigas leyendo.
Lost
La última temporada se contó en dos planos: lo que sucede en la isla y una realidad paralela donde el vuelo Oceanic nunca se estrelló. En la isla, el enfrentamiento final entre el hombre de negro con cara de Locke y nuestros héroes, terminó con muchos muertos. Jack se convierte en el heredero de Jacob y junto con Locke se valen de Desmond para desactivar el centro de la isla. Ambos pierden sus poderes y mientras la isla se derrumba y hunde en el mar. Kate mata a Locke, pero no antes de que este apuñale a Jack. Sawyer, Kate, Claire, Miles y Richard Alpert y Lapidus huyen en el avión parchado que quedaba en la isla Hydra. Hugo se queda como el nuevo guardián y Ben como su asistente.
En un guiño final a sus fans más alucinados, los productores convierten la “vida paralela” en una suerte de limbo o purgatorio donde todos los personajes, mucho después de morir, han repetido sus vidas sin cometer los errores que tanto los atormentaban. El secreto de este limbo, además de mantenernos adivinando toda la temporada, es la catártica reunión con amigos muertos tiempo atrás (en las primeras temporadas). Una vez todos han recuperado la memoria en escenas conmovedoras, podrán seguir adelante. La serie termina mientras Jack agoniza en la isla, acompañado por el inefable perro de Walt, en medio del campo de bambú donde despertó el primer día. El ojo de Jack que abriéndose dio inicio a una de las mejores y más originales series de la historia de la televisión se cierra, y el resto de la programación palidece en comparación.
Esposas desesperadas
Esta comedia siempre ha tenido ingredientes de farsa facilona combinados con un aura perversa y buen sentido del humor. Después de que hace un par de temporadas, Marc Cherry se saltó siete años y reescribió el mapa de la cuadra, todo parecía más interesante. Este fue un final para bostezar: Lynette da a luz, ayudada por el asesino de mujeres del barrio, que se arrepiente y entrega a la policía. Gaby se cuela en casa de Angela para salvarla del ex-novio terrorista, quien termina volándose a sí mismo. Bree pierde a Orson y decide revelar la verdad sobre la muerte de la madre de Carlos, mientras se deshace del patán de su hijastro chantajista. Susan y Mike, sin un dólar, ponen en renta su casa y se mudan a un multifamiliar junto a la interestatal. Su nuevo inquilino es un viejo conocido de Wisteria Lane.
The Big Bang Theory
¿Sheldon conoce a su media naranja? Así parece cuando Raj y Wolowitz lo inscriben en un sitio web para encontrar pareja La relación de Penny y Leonard puede tener todavía fuego bajo las cenizas. Especialmente si son regadas con alcohol. La vecina de abajo es graciosa. Un final de mero trámite.
The good wife
Bueno, esta serie aún no termina, pero como si lo hubiera hecho. Universal ha decidido sepultar el interés de los espectadores recetándonos cinco capítulos repetidos por cada nuevo que transmite. A este ritmo, el final caerá hasta finales de julio…¿habrá alguien esperando pacientemente?
American Idol
Al parecer las niñas adolescentes y amas de casa desesperadas que votan en American idol consideraron que Lee Dewyze es el nuevo ídolo que todos estábamos esperando. La despedida de Simon tiene más interés que la competencia donde la inigualable Crystal termina en segundo sitio, aún después de barrer con sus compañeros toda la temporada. Malos gags, errores de producción y numeritos sosos y de más (Janet Jackson?). Sin duda ilustración de una buena idea que ahora está en franca decadencia.
El mentalista
Nada crea más tensión en esta serie que la aparición de caritas sonrientes pintadas en la escena del crimen. Red John está de vuelta, y un imitador también. Nada mejor que un romance forzado de último minuto para mostrarnos que Patrick Jane es vulnerable de nuevo. El carisma de Simon Baker sigue sosteniendo la premisa de esta serie. Funcionaría mucho mejor si se tomaran su tiempo para construir subtramas (aprendan de ER).
Muchas series más terminaron temporadas: Fringe, Accidentally on Purpose, Castle, V, Lie to me, Vampire Diaries, Two and a half men. Otras se despidieron para siempre: FlashForward y 24. Y otras más aparecen en los huecos: AXN reestrena Breaking Bad desde la temporada uno. Aunque si somos honestos, a partir del viernes, las horas perdidas de televisión estarán consagradas al futbol.
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En días de futbol todo se vale. Entre patrocinadores “oficiales” de la selección, el Mundial o la FIFA, se barajan comerciales con tribunas pintadas de rojo como convención del PRI, que pretenden referirse a los colores nacionales, pero en realidad recuerdan la marca del refresco que promocionan, mientras familias beben de botellas de vidrio (el horror!) en los estadios.
Estrellas del canal ídem y otras celebridades combinan discursos llenos de buenos sentimientos que hacen referencia al bicentenario y la oportunidad de que México ahora sí sea grande, y el futuro promisorio sea presente feliz para todos.
Años luz entre el promocional de Javier Aguirre para Televisa y su entrevista en España donde “México está jodido”. Podemos ser justos con el entrenador de la selección y aclarar que en su entrevista hablaba de las catástrofes e inundaciones provocadas por las lluvias, o quizá de la violencia del narco y la mal llamada “crisis de inseguridad”. Aunque en el fondo quizá se refería a su propia esfera de competencia y pronosticaba el posible devenir de la próxima competencia mundialista.
En el colmo de la ironía, varias tiendas de electrodomésticos, llaman a la gente a “apostar por México” y comprar una pantalla plana de varias pero muchas pulgadas, con la garantía de que si México gana el mundial la tele será cortesía de la casa. La voz del locutor/cuate súper-enterado explicándole al ingenuo amigo/cliente que tenemos la mejor selección de los últimos tiempos es la nota más jocosa del comercial.
Hace un mes, Sams ofrecía televisores gratis si México llegaba a semifinal. Viana prefiere curarse de espanto y ir por la final (y la victoria en esta). La disyuntiva parece fácil: Eres patriota y crees en México: debes comprar la tele y Dios Pelé te recompensará con no tener que endrogarte en la tarjeta de crédito. Si no crees en México, no compres la tele, al fin que seguro que ni te interesa el futbol o ver a los muchachos coronarse.
Al conteo regresivo de partidos amistosos al son del pegajoso tema de Shakira acompañada por el equipo de Televisa Deportes, más adecuado para el gag humorístico que para el análisis serio, siguieron tres encuentros amistosos donde en uno, dos, y tres quedó claro el nivel real de nuestro futbol (lástima para aquellos que acaban de comprar su pantalla esperando el milagrito).
Los ingleses nos repasaron mientras hacían la pausa para tomar el té, los holandeses se mojaron de lluvia y dejaron a la alineación de prueba viendo visiones, y los de Gambia, bueno, más valía un interescuadras con betún de zapatos haciéndola de bloqueador solar. Prepararse para Sudáfrica con Gambia es como jugar con Venezuela para anticipar a Argentina sólo porque forman parte del mismo continente.
Además del discurso de Televisa, optimista, criticón pero siempre “con buena voluntad” hay una puñado de paneles de expertos amargados que desaprueban todo el proceso deportivo con la exasperación del que ya ha visto demasiadas veces fracasar las ilusiones nacionales.
Valdría la pena echar un vistazo a Fueras de serie de Malcom Gladwell para empaparse de los factores que construyen (o destruyen) el éxito. La segunda parte del libro y su reflexión sobre la “herencia cultural”, para elaborar alguna hipótesis sobre la capacidad nacional para invertir el optimismo en once jugadores rifándose la Historia en una cancha de Ciudad del Cabo.
Por ahora: apostemos por México. Ya sea como hacen los comerciantes que apuestan en realidad por su fracaso, o poniéndonos la verde, conscientes de que esta competencia no tiene nada que ver con la supuesta gloria del bicentenario, ni con la esperanza del país, o la felicidad de compartir Coca–Cola mientras jugamos una cascarita en algún callejón lleno de sudor, alegría y buena vibra.
Que la selección haga un buen papel, pues siempre será mejor empaparse del discurso delirante del comentarista deportivo elevado a cronista social, que recetarse los encabezados de violencia, y políticos secuestrados. Que entrevisten mil veces a los agitados futbolistas después de la victoria histórica, y menos a los diputados justificando una vez más porque no pueden poner a su país antes que a su partido. Que repitan el gol de gloria hasta en la sopa, pero no volvamos a ver la triste cara de Paulette y el equipo CSI del tercer mundo que visitó doscientas veces su recámara antes de mirar bajo la cama. Apostemos por la selección, que aunque sea circo, siempre es mejor que un ratito de realidad.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el miércoles 3 de junio del 2010
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El martes por la noche, AXN transmitió el último capítulo de la serie de culto Lost, de la que hablé ayer, extensivamente en mi columna Las horas perdidas.
Antes de hablar del final, unas palabras sobre la incomparable ineptitud del programador de AXN. Durante los cinco primeros años de la serie, Lost se transmitió los lunes en dos entregas. De nueve a diez de la noche se repetía el episodio de la semana anterior, un gesto cortés sin duda. De diez a once se transmitía el episodio de estreno.
Al empezar la última temporada, AXN decidió cambiarlo a martes. Aún así se había mantenido fiel a la regla, incluyendo ocasionales “maratones” de fin de semana para ponerse al tanto si se había perdido uno algunos episodios.
El martes pasado, después de transmitir el episodio número 15 de la temporada. AXN anunció un último maratón para el domingo y el capítulo final el martes, en una transmisión que empezaría a las 8 de la noche y hasta la medianoche.
No tenía necesidad de ponerme al tanto con el maratón, así que dispuse el Sky+, como cada semana para que grabara con su DVR las cuatro horas programadas.
Ayer por la noche, cuando me senté dispuesto a ver el final, descubrí que las dos primeras horas, eran un esperable “especial” donde los actores y productores de la serie comentaban su experiencia, personajes y resumían hasta dónde iban. Adelanté las dos horas y dí inicio a lo que yo suponía eran los capítulos 16 y 17.
Sorpresa. La transmisión arrancó en el capítulo 17. Al parecer, al genio que programa AXN se le ocurrió incluir el fundamental 16 (titulado ¿Por qué tenían que morir?) en su maratón dominguero, eso supongo porque nunca lo transmitió en horario regular.
Sin desesperar, y no sólo porque tenía que escribir esta pequeña crónica, recurrí al internet, donde ABC tiene los capítulos completos, gratis. Pero sólo funciona si vives en EU, y su página verifica el ISP de tu navegador, para evitar que lo veas si no apoyas la ley Arizona o algo así.
Eso es solucionable, pero más rápido es recurrir a los llamados torrent. Descargas compartidas por usuarios anónimos que suben los programas que graban, para que otras almas en desesperación puedan verlos (suena altruista, también es reducto de la más feroz piratería online). Me descargué Lost #16, con todo y subtítulos importados, y lo vi. Estupendo.
Una vez más, me senté a recetarme el #17 (apropiadamente titulado El fin).
Para todos los que esperaban la explicación final de todas las dudas que había ido dejando la serie a lo largo de sus seis años, el capítulo final debe haber sido una suerte de decepción. Creo que ellos deberán esperar el material adicional en la edición en DVD para tomar notas y saber donde cursó la secundaria Walt, o alguna tontería así.
Si, por otro lado, el propósito de ver un capítulo final así, es constatar si los creadores fueron capaces de atar todos los cabos narrativos, encontrar el punto neurálgico donde las líneas dramáticas de los últimos años, coinciden en un reducto imprevisible, y toda la inversión emocional (o intelectual) que pudimos haber hecho en esta docena extendida de personajes a lo largo de los años, encuentra la catarsis necesaria para que haya valido la pena dedicar religiosamente cada lunes o cada martes a nuestra dosis. Si ese fue nuestro propósito al sentarnos frente a la TV: el final fue PERFECTO. Interesante, ingenioso. Conmovedor.
Por lo demás, un último gesto poco amable, como el que receta el automovilista neurótico a quien se le atraviesa, también para ese anónimo e insufrible programador de AXN, que rellenó las pausas tantos de anuncios promocionales de sus nuevas series, que consiguió que el episodio #17 no cupiera en las dos horas de grabación que le destinaba la guía de Sky.
Por suerte existe internet. Lo demás es anecdótico.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el jueves 27 de mayo del 2010
(la nota más leída del día en todo el periódico)
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Anoche, más tarde de lo que es posible incluir en esta columna, terminó Lost. Después de seis temporadas, los náufragos de una isla que bien puede incluirnos a todos nosotros, han encontrado una respuesta (esperamos).
La serie más extraordinariamente delirante de la historia de la televisión ha llegado a su fin, sin que en ningún momento a sus creadores les importara un pepino si llegaste tarde. La mayor incógnita sigue siendo cómo fue posible su existencia.
El mercado televisivo estadounidense con su competencia feroz por ratings, plazos agresivos para obtener resultados publicitarios, cambios caprichosos de horarios, de guionistas, de focus groups para monitorear cómo va la cosa por rangos de edad y si sigue gustando; era el sitio menos propicio para que dos productores fuera de control (Jeffrey Lieber y Damon Lindelof) hicieran de las suyas durante seis años.
Seamos honestos, después del capítulo cinco es imposible entrarle a Lost. Un misterio dentro de un misterio, lleno de tantas incógnitas, variantes temporales, miradas al pasado, miradas al futuro, saltos al pasado y al futuro, y en esta última temporada: una realidad paralela. El equipo de 23 guionistas nunca tuvo problema para repasar todas las variantes que la física cuántica aporta a la ciencia ficción.
La premisa parece simple. Un avión, Oceanic 815, vuelo trasatlántico entre Australia y Los Ángeles, cae en un lugar indeterminado del Océano Pacífico. Hay sobrevivientes, varados en una isla donde suceden cosas bastante extrañas: osos polares, susurros en la selva, fantasmas, un peregrino inmortal, instalaciones de una ¿secta? que realiza experimentos vanguardistas en sociología, psicología y física. ¿Qué más puede pasar? Otra religión, sanación (¿milagros?), otros habitantes obsesionados con mujeres embarazadas y sus bebés. Un campo de juego para dos (¿dioses?) en un juego eterno de muerte y venganza. En una palabra: adictivo.
La primera temporada nos invita a conocer a los náufragos (Jack, John, Kate, Sawyer, Sun, Yin Hurley, Sayid, y un largo etcétera). Cada capítulo avanza la historia presente en la isla misteriosa, mientras nos permite reconstruir el pasado de cada uno de ellos. Por lo menos lo suficiente para apreciar que hay coincidencias en las vidas de todos. Hay algo más que el destino, involucrado en que estén ahí, en que hayan sobrevivido. Nos enamoramos de Hurley. En principio nada es aparente. Cada búsqueda de respuestas nos lleva a docenas de preguntas más. Los espectadores impacientes se olvidan del asunto muy pronto. Para los demás, bueno, basta decir que nuestras actividades de la semana eran pretextos para matar el tiempo hasta el próximo capítulo de Lost.
La segunda temporada, pone a nuestros amigos frente a Los Otros. Analogía de la vida moderna o uso afortunado de la otredad. Aparecen nuevos sobrevivientes: la isla de pronto, se puebla de amenaza, casi. Algunos mueren, otros reinventan sus vidas. Nos enamoramos de Sun. Hay alguien muy malo, Ben Linus (Michael Emerson, fantástico) detrás del bando opuesto, y todos corren peligro de alguna catástrofe cósmica. Los tornillos aflojan. Los ratings bajan.
Para el tercer año, ya no necesitamos saber de dónde vienen nuestros amigos. Sus historias han alcanzado el punto donde toman el vuelo fatídico. El problema ahora, es a dónde van. Un futuro fuera de la isla, donde algo, inexplicable, ha salido horriblemente mal. Nos enamoramos de Locke. Más han muerto, los misterios crecieron. Los fervientes seguidores hacen apuestas, sitios web dedicados a elucubrar (lostpedia.wikia.com por ejemplo), elaborando hipótesis alimentadas por los secretos detrás de una costosa producción en Hawai (¿es el purgatorio? ¿Están todos muertos?). Nada se filtra, excepto la promesa de explicarlo todo en un final que se anuncia desde ahora como un pacto: tres años más.
La cuarta temporada es breve (la huelga de escritores) pero increíblemente intensa. La aparición de una tercera tribu (Los hostiles) y la posibilidad de un rescate se alternan con situaciones extremas. Nuevas facetas en los personajes favoritos. Nos enamoramos de Juliet. La posibilidad de escapar se alterna con un futuro donde algunos intentan volver para recobrar el sentido de sus vidas. ¿Qué pasó? la angustia se cuela en cada final de capítulo con letras flotantes. Al final sólo sabemos que hay dos bandos, los que quieren quedarse y siguen al ex-lisiado cazador John Locke (Terry O’Quinn) y los que quieren partir y siguen al cínico doctor Shepard (Matthew Fox). La isla tiene su propia agenda (¿una variante mística?) ¿Quien demonios es Jacob?.
La quinta temporada es simplemente brillante. Lo más original, atrevido, incomprensiblemente ambicioso: La realidad ha desaparecido. Nuestros héroes saltan aleatoriamente en el tiempo. Nos enamoramos de Sawyer. Algunos huyeron, pero deben regresar (o de hecho han vuelto pero no lo saben). Otros se han quedado, atrapados años atrás. Difícil de seguir más que con asombro: y una pregunta ¿cómo se atreven? ¿No hay alguien en el estudio que les ponga un alto? Qué bueno!
Como el presente alcanzó al futuro y viceversa (es fácil confundirse). La sexta y última temporada no puede sino crear una realidad paralela. Un mundo donde el avión nunca cayó. La isla no existe (¿ajá?) y nuestros héroes, lejos de su influjo malvado, han hecho vidas menos trágicas. En la línea narrativa principal, nuevamente hay dos tribus. Los liderados por algo que dice que se llama Locke (y que sabemos que no es Locke), y los elegidos (que no saben que lo son y qué significa serlo). Nos enamoramos de Desmond. Todos recorriendo la isla buscándose entre sí. La situación es extrema. Y cada capítulo tiene sembradas respuestas, muchas respuestas, a las preguntas más nimias del pasado.
Muchos críticos han vapuleado la última temporada por no aclarar el paisaje. Esperaban una especie de versión didáctica de la serie, donde algún personaje entendiera todo y lo explicara como al final de una novela policiaca, flashbacks y presentaciones de powerpoint incluidas: Nunca iba a suceder.
Las respuestas vienen como parte de la historia (como en la vida), de pronto sabemos quién es Jacob, por qué hay osos polares, qué es el humo negro, de dónde salió Richard (el extraordinario Néstor Carbonell), y un largo etcétera. Tendremos un segundo para pescarlo, o quedarnos con la duda. Nunca fue más inoportuno el teléfono (o bajar la mirada al sándwich).
Otros reseñistas se quejan diciendo que la serie perdió su interés, que la realidad paralela es una tomada de pelo, que los actores sobreactúan, que Lindelof y Lieber fueron demasiado lejos, que ya a nadie le importa y sentiremos alivio en cuanto los últimos minutos del capítulo final sean transmitidos. Siempre hay gente muy equivocada (y envidiosa del éxito ajeno) en este mundo.
Lost ha establecido un hito creativo en la televisión moderna. Coincido plenamente con Stephen King en decir que nunca ha habido nada como Lost. Los fracasos de la televisión por reproducir el fenómeno en los últimos años, hacen pensar que tampoco lo habrá. Hay genialidades que sólo pueden suceder cuando se ponen en una coctelera: dos productores sin miedo, un estudio permisivo, un elenco extraordinario, mucho talento y una isla misteriosa.
Para nuestra fortuna siempre será posible seguir perdidos en la isla: gracias al DVD y al BluRay.
Para El Economista / Arte, ideas y gente el miércoles 26 de mayo del 2010
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En una variante bienvenida, el tercer grado del miércoles anterior, tuvo como invitado a Héctor Aguilar Camín. El escritor tenía inquietudes y cuestionamientos que ya había expresado en su columna en el diario Milenio y que quería poner en la mesa de discusión.
La primera de ellas tenía que ver con la preponderancia que los medios estaban dando a la nota roja. Primeras planas dedicadas a ejecuciones, narco-mantas, cuerpos decapitados, a la fotografía de la niña Paulette, etcétera. Aguilar Camín argumentaba que dicho enrojecimiento (¿por qué se le llama amarillismo?) de la prensa estaba colaborando a reforzar la percepción de que la violencia se había incrementado en México, cuando las estadísticas duras probaban lo contrario.
El escritor afirmó que había recorrido el país en los últimos meses, y que aunque los comentarios de la gente manifestaban una continua preocupación por la inseguridad, el territorio nacional (con la salvedad de ciertos reductos muy específicos: Ciudad Juárez, Reynosa, algunos municipios de Michoacán) no era el territorio de guerra que ya algunos comparaban con Colombia, o hasta Chechenia.
Heridos en su amor propio, los periodistas que habitualmente debaten en el programa, alegaron que ellos se dedicaban a “cubrir la nota” y que los criterios de publicación eran estrictamente “periodísticos”. López Dóriga se desmarcó de inmediato señalando que su noticiero tiene políticas estrictas para evitar hacerle el juego al crimen organizado o transmitir imágenes ofensivas, como cadáveres.
Denise Maerker dijo que todas esas notas pertenecían a la gran historia del México contemporáneo que es el fracaso del Estado frente al crimen organizado. Aguilar Camín reviró que esa historia era realmente muy buena, pero que él no la leía en los medios. Ciro Gómez Leyva alegó que eso era trabajo de los analistas, que los reporteros sólo cubrían la nota, lo mejor que podían, y que iban de un sitio a otro atendiendo incendios, sin tiempo o cabeza para reflexionar sobre el conjunto.
Lo más interesante del punto de Aguilar Camín es la idea de que los medios bien pueden estar reportando pequeñas verdades lo mejor que pueden, pero que la suma de estas no pinta la verdad sobre México, sino una mentira que provoca que ciudadanos de Mérida (“más segura que Ginebra”) estén muy preocupados por la inseguridad.

Luego, desaparece el Jefe Diego, durante el vacío noticioso del fin de semana. López Dóriga da la nota el lunes por la noche y dice que su noticiero, por respeto a la familia Fernández de Cevallos no dará seguimiento a la noticia hasta que esta situación concluya. Lo cuál no deja de sorprender en una política editorial que dedicó semanas, todas las noches, un espacio a dar actualizaciones tibias o inexistentes sobre el Caso Paulette.
La desaparición del ex–candidato presidencial, presumiblemente secuestrado, detona nuevamente el tema del sexenio. Muchos alegan que si le pasó a él, con sus recursos y posición, qué esperanza tenemos los ciudadanos comunes y corrientes. Otros, que sorprende en el estado más seguro del país (Querétaro). Se escuchan reclamos a Calderón porque permitió el suceso, reclamos al gobierno por dedicarle tantos recursos a la investigación, como si fuera preferible que se archivara. Y en una vuelta de tuerca previsible, redes sociales como Facebook se han visto invadidas por páginas sobre el tema.
Algunas son de apoyo, pero las más son chistes de humor muy mexicano (docenas de ¿Ya buscaron en la cama de Diego?) Quizá lo más preocupante, son los innumerables comentarios de internautas que celebran la desaparición del político, hacen listas de otros que quisieran ya no ver, e invocan toda suerte de actos violentos hacia el Jefe Diego, los periodistas que opinan al respecto o el propio Presidente de la República.
Al leer esa violencia anónima dentro de muchos mexicanos, no puede uno dejar de preguntarse si la visión de Aguilar Camín, de ese México plácido y bucólico que recorrió, lejos de la violencia de los diarios, no es sólo la superficie, detrás de la cual se esconde otra verdad que no quisiéramos ver.
Para El Economista / Arte e Ideas / miércoles 19 de mayo del 2010
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Como cada tanto tiempo, se publicó la estadística. Esta vez fue Nexos, que en su número de mayo, cita que los mexicanos (del centro del país) leemos 2.3 libros cada año, mientras que los mexicanos universitarios leen la portentosa cifra de 3.2.
Este tipo de datos siempre provocan reacciones encontradas y encendidas, desde el que indignado dice que por eso estamos como estamos; hasta el (universitario) que concluye que tendrá ahora que efectivamente leerlos, para cumplir su cuota, y muere de flojera.
No importa si la cifra es del centro del país o de toda la república. Si es resultado de una encuesta de consumo publicada por algún periódico, de un ensayo de Gabriel Zaid, o la que cita Nexos que es la Encuesta de Consumo de Productos Piratas y Falsificados en México. Todos coinciden en los números con una variación mínima: 1.2 libros, 2.3 libros, 3.1 libros al año.
Pero lo primero que deberían despertar este tipo de cifras es desconfianza. Como en tantas, la inevitable pregunta: ¿cómo lo saben? ¿De dónde se obtiene el cálculo?
Definitivamente no es tan simple como poner de un lado el número total de libros leídos en el año por todos los mexicanos y del otro el total de mexicanos, dividir y listo.
¿Cómo saber cuál es el número total de libros leídos en el año por todos los mexicanos? Ni siquiera la gente que lee muchos más del promedio suele llevar la cuenta. Tampoco podemos partir de los programas escolares. ¿Se calcula por los libros prestados en las bibliotecas? ¿Por los libros vendidos?¿Todas las unidades vendidas por las librerías son libros? ¿Todos los libros vendidos, son leídos? ¿Qué porcentaje?
En realidad, esta estadística que lleva a intelectuales a cortarse las venas; a políticos a impulsar leyes de fomento a la lectura; a innumerables discursos en ferias del libro y encuentros de escritores; a libreros deprimidos; a conversaciones de sobremesa donde se habla de la educación mexicana como del pariente alcohólico; son producto de una pregunta en una encuesta: y usted señora, ¿cuántos libros leyó en el 2009?
Ya nos gustaría un trasfondo científico/mágico que fuera capaz de obtener un dato más preciso. Comités de expertos que realizaran cuidadas investigaciones sociales y mercantiles: Por cada x libros vendidos, se leen n. Por cada tiraje de z ejemplares, debemos calcular tantos lectores en cada número determinado de meses. Todo documentado y científico.
El otro lado de la ecuación no es menos malo. ¿Debemos considerar a todos los mexicanos o sólo a los mexicanos que leen, o sea los alfabetizados? Una cifra debidamente obtenida por algún funcionario recopilando datos duros para el próximo informe de gobierno.
Si quisiéramos ser justos, incluso tendríamos que separar entre los alfabetizados a aquellos que pueden realmente leer un libro, eliminando a los demasiado jóvenes (pero alfabetizados) y a los demasiado ancianos. Entonces llegar a un padrón de lectores potenciales y dividir entre ellos.
Pero eso no ayuda, se puede alegar, a dar una imagen certera de los mexicanos y la lectura. Para hacer eso, y poder comparar con los otros países hay que promediar entre todos. Incluyendo, sí a todos los alfabetizados, y a los analfabetos: bebés, niños pequeños, indígenas que hablan otras lenguas, la mitad del sindicato de maestros y los diputados federales.
Si fuéramos estrictamente serios, deberíamos decir, mexicanos que dicen que leyeron libros en 2009 según la encuesta tal y tal; que contempla tal muestra, tomada de tal manera a gente encontrada: (a) en la calle, (b) en el metro, (c) en la cafetería de la universidad, (d) formada en las taquillas de la Plaza de Toros, etc.
El problema es que la precisión no nos da un pretexto para sentirnos y hablar mal de nuestro país, sin seguir competencias deportivas internacionales o ver las noticias del narco. Se ha vuelto una verdad aceptada que los mexicanos no leen. Que si el promedio mencionado no es exacto, por ahí va la cosa.
Lo curioso es que si nuestros gobernantes están convencidos de ello, como dicen, se tomen dos años en publicar un reglamento para su flamante Ley de Fomento al Libro y la Lectura. Y una vez publicado, sea este un nuevo catálogo de buenas intenciones e instancias pospuestas: comités que deberán formarse y obligaciones sin sanción.
Por cierto, ¿sabían que 7 de cada 10 mexicanos tiene problemas de alimentación? (Aquí vamos de nuevo)
Para El Economista / Arte e ideas / miércoles 12 mayo 2010
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