94 – Qué decir si no lees (o se te olvidó)

El escenario era ideal para lanzar el libro: la FIL de Guadalajara en su veinticinco aniversario. La obra: doscientas páginas de material de campaña, ideal para incondicionales. Un pisapapeles editado por Grijalbo. El autor: el precandidato del PRI a la presidencia de la república: Enrique Peña Nieto.

Y entonces, la pregunta fatídica. Díganos, por favor, tres libros que hayan influido su carrera política. ¿Es el fin del mundo de que hablaban los mayas? ¿La intervención de un reportero insidioso? No, es la pregunta más trivial y predecible, no digamos en una feria del libro; sino a un autor que presenta uno de su (supuesta) autoría.

Lo que sigue es conocido e imposible de tapar por más control de daños que intenten las docenas de asesores. Tres minutos de risa loca. Un Juaydekrauze inolvidable. Dos tuits desafortunados, y tres días después: trend-topic nacional, dentro y fuera de Twitter.

¿Qué estás leyendo? preguntaba Ciro Gómez Leyva a cada colaborador que desfilaba anoche en su noticiero (todos respondieron).

Al final, lo que más se le reprocha a Peña Nieto, no es su incapacidad para recitar un puñado de autores y obras para satisfacer la pregunta del público; lo que se le está reclamando es su incapacidad de simular.

Jesús Silva-Herzog Márquez apunta que el problema fue verlo caer lentamente sin que las neuronas fueran capaces de interrumpir la caída. Se ha dicho que es un problema de improvisación: no debe improvisar, debe atenerse a los guiones y al teleprompter. Puede ser. Pero no nos engañemos.

A la población mexicana le importa muy poco que Peña Nieto lea todas las noches los grandes clásicos de la literatura mexicana, mundial o los best-sellers de la autoayuda y el chisme político. Si tenemos claro que en México nadie lee, nadie tampoco se sorprende de que no se lea.

El problema es la incapacidad de montar bien el espectáculo: simular. Peña Nieto, como el aspirante de reality musical que se olvida la letra de la canción y se queda diciendo la-la-la-la los tres minutos. O peor aún, se detiene, mira a los jurados y ruega: ustedes seguro se saben la letra, díganme un poquito, no sean gachos.

Nadie asiste a presentar un libro a la feria internacional más importante de Iberoamérica, sin saber que es posible, digamos muy probable, que alguien le pregunte sobre sus lecturas. El que el precandidato priista, asistiera sin preparar ese aspecto habla sobre la soberbia del que se sabe ganador antes de la carrera. No le importó si le preguntaban o no sobre sus lecturas. Pensemos, para aprovechar, en una recomendable: la fábula de la liebre y la tortuga.

No importa si lee, que a lo mejor sí lo hace, o si el suyo es un caso de analfabetismo funcional, de lectura de comprensión, o de amnesia selectiva, una respuesta como la que se le pidió podría haberse preparado, ensayado y tenido lista, como mil preguntas y respuestas prefabricadas que se recitan durante la campaña.

Los mexicanos podemos estar acostumbrados a escuchar que leemos 1.5 libros por año, o alguna cifra así: los académicos se rasgan las vestiduras, los mediáticos explican la atención que despiertan los nuevos medios y las redes sociales, los científicos elaboran teorías sobre la fragmentación de la atención en el individuo de la era Google.

Lo cierto es que los lectores, y autores que frecuentan las ferias del libro son los que suben ese promedio de cero a 1.5, y son el público menos propicio para aplaudir a alguien a quién no sólo le importa muy poco la lectura, sino que le importa menos el público y el sitio donde está presentando su libro.

Vamos, le importa tan infinitesimalmente que ni siquiera fue capaz de inventarse la respuesta de rigor. La lista por default: Pedro Páramo, Aura, Dos crímenes. Cien años de Soledad, El Quijote, La fiesta del Chivo. La que fuera.

Es claro que el Grupo Atlacomulco no tiene club del libro, y que cuando se reúne EPN con sus compadres a repartirse el gabinete del próximo sexenio, el tema de conversación no suele transitar por las praderas literarias. Y no importaría.

No necesitamos un presidente que cite elocuentemente a Platón, Alfonso Reyes o al recurrido Krauze, como tampoco necesitamos uno que sea incapaz de leer sus discursos, sin quedarse mudo porque se cayó una página del podio. Pero sí necesitamos uno que sea capaz de plantar cara a lo imprevisible, aunque no lo sea, y no haga el ridículo, se ruborice, llene de muecas, despeine el gel inamovible, mire desesperado a su asesor, mientras da vueltas a frases como “las mentiras del libro sobre el libro” sin ser capaz de reírse de sí mismo, decir un chiste, cantar el himno, decir algo trillado como “no importa lo que yo leí, sino que ustedes lean este libro”; cambiar el tema o alcanzar a leer la bolsa de la compra del que está en primera fila.

De hacer el ridículo sabemos mucho los seres humanos, y no nos gusta: en carne propia o en la palestra de nuestros presentes y futuros líderes.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 7 de diciembre del 2011

 

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93 – El gran problema nacional

Vivimos en un país donde las campañas políticas nunca terminan. En cuanto se anuncia el resultado oficial, y el candidato ganador recibe su constancia de mayoría; en cuanto las protestas postelectorales terminan, los recursos de impugnación corren su curso y el tribunal genera su dictamen, un silencioso interruptor se activa, y todo empieza de nuevo.

Este fenómeno es mucho más palpable a nivel federal, donde el tiempo que toma el partido político derrotado en superar el shock de la derrota es casi infinitesimal; al día siguiente ya están las piezas puestas, y los entramados estratégicos empiezan a desenvolverse rumbo al siguiente plazo sexenal.

Se pretende que creamos que vivimos en un régimen democrático, donde el “pueblo” elige la opción de su preferencia, y esta, una vez en el poder, gobierna para todos, mientras los demás aceptan su derrota y se reúnen a replantear sus ofertas políticas, ajustar las estrategias fallidas, y caballerosamente, hacer una suerte de gobierno a la sombra, que siga defendiendo posturas e intereses de partido en instancias correspondientes.

Lo cierto es que no funciona así. Sea porque nunca fuimos capaces de superar esa interminable “transición” de la que todavía se habla con cierto pragmatismo en el llamado círculo rojo. O porque, como elaboran otros, presas de un pesimismo seudocientífico: no tenemos la democracia en nuestro código genético.

La batalla no termina nunca, y así, el que ostenta el poder simula gobernar para todos, mientras considera sus posturas particulares parte del “mandato” que recibió con su constancia de mayoría. La oposición dedica todo su ímpetu a obstaculizar cualquier posible situación o reforma que pudiera considerarse un triunfo del gobierno, amen de propiciar un voto de castigo que les devuelva la estafeta en el siguiente giro de la ruleta electoral.

¿Los intereses del país? ¿Los grandes problemas nacionales? Se vuelven tópicos de discusión. Alternativas de opción múltiple en las encuestas políticas que quieren valorar si la población está más preocupada ahora por el crimen que por la economía, por la pobreza que por la educación, por vivir en un país peor que sus abuelos o mejor que el que tendrán sus nietos.

Se suele discutir si la agenda de las campañas deberá circular alrededor de esos grandes problemas. Si los equipos de campaña de Peña Nieto, AMLO, o Vázquez Mota (aquí me adelanto a la elección interna más sosa de la historia) se sientan a debatir si su candidato será el del empleo, la seguridad, la reforma educativa, el de primero los pobres, o algún otro lema que suene bonito en los miles de spots que se regalaron en la legislación electoral del 2007.

Todos sabemos que algunas regiones del país tienen graves problemas de seguridad. Que se libra una suerte de guerra contra el crimen organizado, y contra el desorganizado, que a veces parece sin cuartel, y otras sin esperanza. Que la educación del país está secuestrada por un sindicato. Que la economía flota en el mar incierto donde las olas de Wall Street y Bruselas son capaces de crear un tsunami que nos dé un remojón a todos.

¿Qué van a decir los candidatos? Podemos anticiparnos a sus discursos, que se leen como plantillas refritas de años anteriores: Apostarán por mayor seguridad, por el estado de derecho, por mayor crecimiento, por una reforma fiscal integral, por una renovación educativa, por generar miles de empleos, aumentar la salud, generar infraestructura, blah, blah, blah.

¿Le vamos a creer cualquier discurso reformista a un partido que dedicó los últimos años a obstaculizar cualquier reforma que pudiera modificar algo sustantivo y darle un voto de confianza, o de percepción de efectividad, a la administración panista?

¿Tiene credibilidad un partido que ha dedicado su discurso y acción legislativa (por llamarle de algún modo) a confrontar, atacar, insultar, descalificar, mandar al diablo las instituciones? Incapaz de elegir su propia dirigencia sin pasar por los encabezados de la política sucia, pero capaz de contrabandear un narcodiputado al congreso, sólo porque podía. Un partido conformado por “tribus”, algunas de las cuales, todavía consideran que sus causas y verdades van por encima de las leyes y las instituciones públicas.

¿Qué credibilidad tiene otro partido que ha sido incapaz de gobernar con políticas públicas consistentes? Incapaz de elaborar estrategias de comunicación social, que todavía considera a la cultura y las artes como una suerte de “condimento” para la agenda educativa. Que postula a quien sea con tal de ganar. Que tuvo seis años a un presidente dicharachero y simpaticón que eludió cualquier responsabilidad pública seria que no fuera lucir botas de charol en foros europeos. Un partido que reacciona lentísimo frente a las coyunturas nacionales, que arrastra dogmas anquilosados como si fueran valores implícitos, sin reflexionar o saber de dónde salieron.

Es casi inevitable terminar cualquier análisis de méritos partidistas, lo que dicen, lo que proponen y lo que terminan haciendo, con este impasse, donde miramos la boleta con disgusto y cierta atracción por la casilla en blanco.

Ahí radica la mayor paradoja, porque es precisamente en ese desmayo, en ese desinterés y descrédito que nos merece la clase política y sus “valores” donde ha florecido el tipo de política que se hace en México.

Quizá es el momento de que como sociedad empecemos a caer en cuenta que el gran problema nacional, no es el narco, ni el SNTE, ni los intereses corporativistas priístas, ni la falta de transparencia, los golpes entre diputados, o la fragilidad económica. El gran problema nacional es un problema moral de una clase política acostumbrada a hacer y decir lo que le da la gana a sabiendas de que no tenemos de otra más que darles un gastado voto de confianza y volver a repartir las fichas presupuestales.

¿Hasta dónde puede llegar una sociedad entrampada en ese círculo vicioso?

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 30 de noviembre del 2011

 

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92 – Cuando tu misión importa

Me topo un anuncio en el periódico. Es una invitación al segundo foro sobre comunicación del cambio climático (antes “calentamiento global”), que se celebrará esta semana en la ciudad de México.

El anuncio incluye algunas preguntas que serán respondidas en el foro, por ejemplo: “cómo lograr que el desafío del cambio climático sea entendido por el mayor número de personas en el menor tiempo posible.”

O mejor aún: “Cómo incidir en la conciencia de las masas para que ese conocimiento se transforme en comportamientos más ‘verdes’ ”.

Todavía más rica: “Cómo concientizar sobre las amenazas del cambio climático para hacer el mundo un mejor lugar para las generaciones futuras”.

De alguna manera, estas tres preguntas, resumen el paradigma no sólo del llamado cambio climático, sino el de todos aquellos que suscriben el mismo, incluida la urgencia por difundir su mensaje.

Lo advierto: voy a ser políticamente incorrecto. Empecemos por las implicaciones de las preguntas anteriores:

-Es importante (vital) difundir esta información al mayor número posible de personas en el menor tiempo posible. No sólo se trata del mensaje sino de la velocidad de difusión. De la urgencia.

-Es posible valerse de los medios de comunicación para crear consciencia en las masas. Hay, por lo tanto, una conciencia colectiva que merece y necesita la atención mediática.

-Es posible convertir al típico tira-bolsas-de-papas-en-la-vía-pública en un ser consciente y verde, a través de un mensaje mediático científico claro y conciso.

-El cambio climático es un desafío para nuestra sociedad en el que es posible incidir tomando comportamientos más verdes.

-La concientización sobre una amenaza nace un futuro mejor para todos.

Es evidente que en esas tres preguntas, como en muchos de los planteamientos del discurso del cambio climático, se desborda ingenuidad.

Aclaro: no quiero decir aquí que el planeta esté para ensuciarlo y que vivan el Ecoloco y sus secuaces, las petroleras y convoquemos a todos a salir mañana a quemar llantas.

Las reflexiones más serias que he leído sobre el tema, las hace Martín Caparrós, en su libro Contra el cambio: un híperviaje al apocalipsis climático (Anagrama). Caparrós hace una crónica de sus viajes por todo el planeta; desde las sociedades más prósperas, hasta las más pobres. Entrevistando a la gente, analizando los puntos fundacionales del neodiscurso ecologista, como una especie de dogma de fe que se vende como científico. En el libro, expone el grosero mercado negro de créditos de carbono, las paradójicas verdades de los pactos de Kioto cuando se ponen frente a la digestión de los millones de rumiantes que el hombre ha criado sobre la tierra; y muchas tesituras más, que suelen eludir el debate en las mejores sobremesas.

Es un libro inteligente que hace las preguntas adecuadas.

Las preguntas que acompañan al foro podrán ser bien intencionadas, pero no dejan de traslucir una visión fundamentalista, no sólo de su mensaje (como una verdad absoluta que necesita ser difundida pero de ya!), como de su visión súper ingenua del poder mediático y su capacidad de persuadir o cambiar conductas humanas.

Más aún, contribuye a esa fatal ilusión de que ser más verde hará una diferencia en el planeta que heredaremos a nuestros hijos. La letra pequeña de estos discursos maniqueos, no suele apuntar que es muy poco, si no nulo, el impacto que tiene la cultura humana actual para incidir en forma significativa (y positiva) en la atmósfera del mundo (y no hablo en sentido figurado).

Peor aún, se abstiene de comentar cómo la ciencia del clima todavía está en pañales, y suele asumir más de lo que puede probar. Si la ciencia es incapaz de predecir los efectos que tiene una vitamina o un puñado de hierbas orgánicas en el complejo sistema fisiológico del cuerpo humano; extrapolemos la ignorancia colectiva a la salud del planeta.

No basta que los partidos políticos verdes se hayan dedicado con empeño a desacreditar no sólo al ecologismo y a la palabra, sino hasta al color verde. No dedicaré el resto del texto a exhibir la incongruencia mayúscula de los tucanes que promueven la pena de muerte; dejémoslo ahí.

No cabe duda que detrás de todos estos movimientos hay una necesidad profunda de sentirse importante, de trascendencia personal, de pensar que plantando arbolitos y reciclando el agua de lluvia, seremos capaces de incidir en el futuro inmediato, poner nuestro “granito de arena” en la causa más importante de todas: la vida de nuestro mundo azul (se vale limpiarse alguna lágrima).

Si algo reveló el fallecido Michael Crichton con su postura contestataria frente al supuesto consenso de la comunidad científica a propósito (entonces) del calentamiento global, fue demostrar la profunda ignorancia que invade no sólo el centro pleno de muchos de estos movimientos, sino la misma idea de lo verde.

Crichton dedicaba un apéndice de su novela Estado de miedo, a resolver dilemas aparentemente transparentes para el ecologista empírico: qué contamina menos: bolsas de papel o de plástico (respuesta: las de plástico), qué contamina menos ¿los pañales de tela o los desechables? (respuesta: los desechables).

Lo que Crichton olvidaba, y descubrió oportunamente Caparrós, es que tenemos una necesidad insoslayable de encontrar culpables para lo que nos sucede, y qué mejor, que transformar ese sacrificio primigenio a los dioses, en, por ejemplo: paneles solares para generar nuestra propia electricidad sin ayuda divina (sea esta del Olimpo o la CFE).

Resulta impensable enfrentarse a un tsunami y no martirizarnos: los culpables de esa ola asesina somos todos los seres humanos, especialmente los tira-bolsas-de-papitas amantes de sus autos, las envolturas de celofán y los botes PET para las botellas de agua.

Debe haber algo reconfortante en sentirnos los causantes de las arbitrariedades del clima. De arrebatarle a los dioses de antaño el poder generador de tormentas y decirnos que es cuestión de difundir el mensaje, unir las manos, plantar un árbol, compostear y mirar al horizonte con la conciencia bien limpia, lista para hacer lo correcto y ponerle el curita climático a nuestro planeta herido.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 23 de noviembre del 2011

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91 – WTF

Necesitamos en español un acrónimo tan expresivo como WTF. En inglés se puede usar en lugar de decir: what the fuck? Una manera coloquial y un tanto grosera (es cuestión de cada quién) de manifestar el desconcierto. Un poco como el ¿qué chingados? que se usaba en México hasta hace poco, pero casi siempre junto a otro verbo como “…te pasa”, “…estabas pensando”, “…quieres”, etcétera. Aún así, nunca hemos visto playeras con QCH.

WTF se puede usar por escrito, como abreviatura en un mensaje de texto, en un telegrama, en un tuit, en forma oral (la manera más torpe), y es una manera muy expresiva de cuadrar la sorpresa que nos provoca una declaración, la actitud de alguien, una noticia, un aspecto curioso o extraño de la vida cotidiana, o incluso la falta de sorpresa que causa algo que debería.

Me viene a la mente cuando pienso en nuestros tiempos electorales, que se miran con el suspenso con el que puede uno ver, los Panamericanos, por ejemplo, y preguntarse si México o Jamaica van a ganar en el cuadro de medallas.

No quisiera equiparar el “regreso del PRI” con la posición estadounidense en el medallero, ni implicar algún sesgo político de los vecinos, o nada más allá de señalar que hace rato nadie les hace sombra cuando se pregunta ¿quién cree que gane? Todos los que aman los decretos de autoayuda, o la construcción de verdades históricas a la Orwell, aplaudan.

Incluso podemos ver una de esas imágenes de Actas de Casilla de Michoacán, con mil y pico votantes registrados, trescientos y fracción votantes y novecientos cuarenta y cinco votos para el PRI (WTF), para darnos cuenta que lo que está de regreso no es sólo un partido político, sino todo su paradigma, el cinismo para ilustrar efectividad, por qué no, en la vida pública.

Tenemos a cada rato encuestas, algunas bien hechas, otras que parecen haberse diseñado en una secundaria oaxaqueña bloqueada por la fracción 22 del SNTE, que anticipan que habrá boletas cruzadas por Enrique Peña Nieto debajo de cada piedra de nuestro maltrecho país.

Para eso, los otros dos partidos se desmarcan e intentan los más anodinos juegos en ánimo de alebrestar a la opinión pública, de buscar controversia, caramba, aunque sea un poquito de polarización.

El PRD organiza una larga discusión sobre la manera de elegir un candidato que todos ya sabíamos iba a ser AMLO, argumentando que se realizaría una encuesta, y que Marcelo Ebrad tenía muchas ganas de ser presidente, y tenía muchas propuestas,y apoyos, y visión de Estado, y cifras de apoyo que crean polémica. Después tienen a los medios especulando durante meses si AMLO reconocería su derrota, si el método era el mejor, si Ebrad iba lento o corría riesgos, etcétera.

Lo cierto es que Ebrad no corría ningún riesgo, que AMLO tenia sólido el contrato (y que no nos sorprenda ni digamos WTF cuando aparezca por ahí que ya había propaganda contratada y lista para el líder de Morena con la etiqueta de la Alianza, y que toda la pantomima detrás de las supuestas posibilidades de Ebrad, estuvo ahí para colocarlo en el Senado, y robar centímetros de prensa especulativa y minutos de Tercer Grado para el PRD.

Siguiendo con el símil Panamericano, pueden decir lo que quieran sobre los atletas cubanos, su entrenamiento y dedicación, nivel educativo y sistema de salud, y eso no los va a colocar más cerca del primer lugar del medallero.

Lo mismo sucede en Michoacán, el Estado que no se puede encuestar, donde, sin embargo, todos decían tener la ventaja en sus propias encuestas. Donde hubo violaciones pasmosas a la ley y nadie pestañea porque unos digan que van a apelar la elección, y otros, como Moreira, salgan a dar casi la cifra exacta de la ventaja de su gallo, incluso cuando hubieron casillas como la arriba mencionada, reportes de gente armada, e irregularidades reportadas por todos los partidos. Según Mural.com, de 849 casillas no computadas, en 509 había más votos que votantes.

Como elección fue un basurero democrático, y mientras los derrotados panistas apuran alegatos, y Cuauhtémoc Cárdenas sale a dar la cara democrática de un partido que no se ha lucido precisamente por aceptar sus derrotas, en el lado del PRI vemos sonrisas satisfechas, y alguna que otra risita al son del ya llegaron los que saben cómo hacerlo, a un lado imitadores.

Resulta más preocupante el basurero electoral, si ponemos en perspectiva que se trataba de una carrera más o menos cerrada, si el triunfo no fuera de la mano con una suerte de admiración por el pragmatismo electoral, el cinismo de antaño (945 votos a favor).

WTF, si me dicen que el PRI está de regreso. Sea el “nuevo” o el “viejo” PRI, la Diet Coke o la Coca Light, el “nuevo” Telmex o el viejo “Telmex”, y párenle de contar. El priísmo cuenta con el voto joven, sin memoria, la torpeza del PAN y el espíritu autodestructivo del PRD. Cuenta con los reinos feudales sin transparencia o controles que el PAN le regaló con su “nuevo federalismo”, y con el control del Congelador legislativo (antes Congreso de la Unión) para evitar que se mueva absolutamente nada que pueda perjudicarlos. La ley electoral que nació de la culpa “haiga sido” del PAN y el encono furibundo “como haya sido” del PRD, terminará favoreciendo una maquinaria que nunca fue desmantelada y esperaba, cubierta por algunas lonas y pancartas en varias bodegas de provincia.

Como colofón: segundo Secretario de Gobernación que muere en accidente aéreo en un lustro. WTF.

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Para El Economista, arte, ideas y gente del miércoles 16 de noviembre del 2011

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90 – Las guerras del futuro

En su número más reciente, la revista Fast Company lleva como artículo principal un texto de Farhad Manjoo sobre lo que llama “La gran guerra tecnológica del 2012”. Aunque la palabra guerra nos puede remitir a otros contextos, como la que sostiene el gobierno contra el crimen, o las que han marcado el curso de las naciones a lo largo de la historia; no es el caso acá.

La gran guerra, de acuerdo a Manjoo, se está “combatiendo” en distintos órdenes, no sólo el tecnológico, sino el económico, financiero, el de posicionamiento de mercado, y en uno aún más esquivo, en el de la visión del futuro del que son capaces cuatro compañías: Apple, Amazon, Facebook y Google.

En un guiño de esos que sólo suelen hacer algunas publicaciones estadounidenses, la revista sacó cuatro portadas distintas, en cada una de ellas, llevaba la imagen de uno de los magnates visionarios del cuarteto de compañías tecnológicas. Una de Steve Jobs (su fallecimiento los tomó desprevenidos), con la leyenda Por qué Apple ganará; una de Jeff Bezos, con la leyenda por qué Amazon ganará; y así una de Larry Page (Google) y Mark Zuckerberg (Facebook).

Uno de los aspectos más interesantes de esta supuesta guerra tecnológica, radica en que, contrario a lo que podríamos suponer, no está fundamentada en quién tiene el mayor adelanto científico, el gadget más moderno o, incluso, quién le atina al nuevo aparatito que se volverá indispensable en nuestras vidas.

Casi de pasada, Manjoo menciona que el campo de batalla de esta guerra está en lo que llama el mercado post-PC y es precisamente en la definición de ese mercado donde está la clave.

En el mundo PC, la mayor aspiración tecnológica de una familia era tener una PC en casa. Una computadora que todos compartían para sus correos electrónicos, para “navegar” en internet, realizar alguna operación bancaria, o en su defecto para buscar información para alguna tarea o trabajo escolar.

El mundo post-PC deja esa noción del acceso compartido a la web en el olvido, y se centra directamente en el individuo. Con la individualización de los gadgets, el acceso se volvió personal. Ya sea si lo hacemos a través de un iPhone, un smartphone, iPad, Kindle, iPod o a la “antigüita” en una PC.

Lo haremos a través de nuestro correo electrónico, quizá, pero hoy en día, probablemente a través de Facebook (800 millones de usuarios), Twitter, Google+ o alguna otra de las redes sociales. Consumiremos en la red, marcaremos qué nos gusta y qué no nos gusta. Discutiremos sobre el último programa de TV, o la más reciente película. Buscaremos información sobre algún libro que pensábamos sólo nos interesaba a nosotros, y descubriremos un circulo de discusión sobre el autor, su obra, o su influencia.

La guerra tecnológica del 2012, y los años venideros es por el individuo, casi, si me dejara llevar por un delirio faustiano, por nuestra alma.

El foco del artículo está en los billones de dólares de negocio y las posibilidades de cada compañía. Ya sea si Apple vende y gana muy bien con su hardware, y tiene absolutamente copado el mercado de las computadoras del futuro, o sea las tabletas; en las que sólo existe, realmente, el iPad (el estrepitoso cierre de la pad de HP después de sólo 49 días de lanzamiento es más que ilustrativo del dominio de Apple en el segmento).

Una compañía que, hace unos años, hacia computadoras de lujo para un mercado pequeño de usuarios; que operaba con números rojos, y un segmento tan reducido del mercado de PCs dominado por Microsoft y la “compatibilidad”; le dio ciertamente la vuelta a la historia convirtiéndose en la compañía más redituable del mundo. Sí, del mundo, ahí peleándose con Exxon (la petrolera), un día sí y otro no, según costaron sus acciones en la mañana. Apple tiene más liquidez que muchos países, más incluso que los propios EU, durante su crisis presupuestal más cercana.

Amazon no se queda atrás. Mientras en su inicio representaba millones de dólares de pérdidas para sus socios, es ahora una de las compañías más redituables del mundo, tanto en la venta al menudeo, incluyendo su impresionante base de datos sobre gustos y preferencias de sus clientes; controla el grueso del mercado del libro electrónico, incursiona en el editorial, tiene una de las estructuras de nube más grandes del planeta, y establece como punta de lanza atrapar el consumo doméstico de entretenimiento.

Google se apunta billones de dólares de ganancia en publicidad, sólo por llevarnos a dar un click aquí y allá, por conectar a ese individuo con lo que está buscando, con lo que quiere ver (o con lo que sus clientes quieren que veamos).

Facebook, la más pequeña de las compañías, y la única privada, es una de las potencialmente más poderosas: Es la única que nos conoce, sabe si tenemos trabajo y dónde, qué nos gusta y qué no, cuánta familia tenemos, dónde andamos, qué consumimos, qué edad tenemos, cuándo estamos trabajando y cuándo perdiendo el tiempo. No de balde, la gran mayoría de las corporaciones mundiales está estableciendo su presencia en Facebook como  punto de partida para lanzar sus productos, conectar con sus clientes, distribuir su material de relaciones públicas (los conspiracionistas que leen esto estarán petrificados de horror).

Cada compañía ha ido ampliando su espectro de inversión en el terreno de las otras, buscando ofrecer algo más a sus consumidores, para que el otro no tenga la ventaja. Todas, incursionando en cada rama tecnológica importante en los próximos años: comunicación móvil, publicidad, marketing, publicidad local, ventas al por menor, pagos en línea, entretenimiento, música, juegos, medios y la mentadísima nube. Todas buscando atrapar, sin éxito hasta ahora, a la televisión.

Esta guerra del futuro no supone bajas, ni víctimas colaterales en las esquinas, si dejamos a un lado el temor conspiracionista al control colectivo por parte de élites misteriosas; podríamos afirmar sin duda, que son guerras que redundan en la evolución humana, hacia nuevos tipos de comunicación, conexión, consumo y conciencia. Tiempos sin duda interesantes.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, del miércoles 9 de noviembre del 2011

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89 – Tele recargada

 

Para el tv-adicto no hay mejor momento que octubre y noviembre. Después de meses de tediosas repeticiones (algunas series van por la tercera o cuarta vuelta), de semanas de soplarnos la figura de Simon Cowell explotando y reconstituyéndose (teaser de The X factor), de ver una y otra vez los horrendos clips de “se acerca el mes de estrenos” a ritmo de cumbia, llegó la hora.

Bastante oportuna, también, porque coincide con la terminación de los Juegos Panamericanos; el inicio “oficial” de las campañas políticas (que en nuestro país, no nos engañemos, nunca terminan); y porque pasar unas horas adicionales frente al televisor puede ser muy reconfortante cuando este gélido invierno adelantado sopla por el centro del país.

Si todos los canales fueran ordenados y las guías de programación fueran realmente útiles, no haría falta el doctorado en adivinación para evitar perderse los primeros capítulos de esas series que en EU debutaron en septiembre como parte de la temporada más importante para la TV.

Hay buenas noticias. Fox estrena Terra Nova, un proyecto ambicioso sobre una familia que se une a la primera colonia humana en el pasado remotísimo. Combinando ciencia-ficción con conflictos familiares, romance adolescente y dinosaurios, la serie está diseñada para todos aquellos que sentimos nostalgia por cierta simplicidad dramática de los seriales de los ochenta. Hablo de anécdotas episódicas al estilo de Tierra de gigantes o Perdidos en el espacio.

También en Fox, aparece la segunda temporada de The Walking Dead. La serie, basada en un exitoso cómic, sobre el holocausto zombi que tanto dio de qué hablar el año pasado. Si los dos primeros capítulos son ejemplo, la salida de Frank Darabont y el recorte presupuestal del que tanto se especuló en la prensa dominical, no se nota un ápice. La calidad sigue estando a la altura de la casa productora (AMC), responsable de Mad men, y Breaking bad; o sea por encima del 90% de lo que se hace en televisión hoy en día.

En Sony, aparece con fuegos artificiales, The X factor, el nuevo reality musical revolucionado de Simon Cowell. Vale mucho la pena si eres de los que no se pierde American Idol, o su deprimente parentela nacional. Desde el principio queda claro que el programa tiene un financiamiento en serio, y que esa gente está para buscar un negocio de largo plazo y no para descubrir al nuevo pseudo intérprete que robe el mercado de los Biber y las Spears.

Uno de los canales con mayor cantidad de estrenos es Warner, que revela la cuarta temporada de Fringe; la resurrección mágica de Two and a half men después de la salida de Charlie Sheen; la cuarta temporada de The big bang theory; una sorpresa y una apuesta fuerte.

Se trata de Person of interest, la nueva producción de J.J.Abrams (responsable de Lost, Fringe, y Alias) y del hermano de Jonathan Nolan (hermano de Christopher, escritor del cuento en que se basó Memento y coguionista de The Dark Knight). El inexpresivo Jim Caviezel es un agente retirado de fuerzas especiales reclutado por un misterioso programador que dice haber diseñado un monstruo tecnológico para que el gobierno de EU espíe a toda la población neoyorquina para detectar conspiraciones y detener actos terroristas. El programador es Michael Emerson (Ben en Lost), que se vale del juguetito para detectar también tendencias que ponen el peligro a personas irrelevantes para el monitoreo del gobierno y salvarlas. La premisa es hasta un poco atractiva (con 24 terminada), pero el resultado no tanto. Es aparatoso, inverosímil y un poquito ñoño. En cualquier caso, si cada vez que ves una cámara de vigilancia te escondes del gobierno secreto, la serie es para ti.

La sorpresa de Warner es Two broke girls, un sitcom que ha gustado en los EU por su humor desenfadado y ágil. Un producto que se vale de las desfachatez de series como Two and al half men y Mike & Molly, para dirigirse a un mercado más adulto y menos fresa que el que veía Friends o How I met your mother. El piloto es divertido, ya veremos si dura o si pasa al cruel panteón del sitcom junto a Better with you, Accidentally on purpose, y muchas otras.

Sin mayor publicidad, quizá uno de los mejores estrenos esté en Universal, me refiero, principalmente, a A gifted man, sobre un famoso y exitoso neurocirujano que empieza a alucinar el fantasma de su ex mujer, fallecida días antes; a partir de lo cual entra en crisis y empieza a ver la vida de manera distinta, incluyendo su estilo profesional frío, efectivo y codicioso. La premisa suena trillada, pero por fortuna está bien escrita y mejor actuada por un elenco cinematográfico: Patrick Wilson (Watchmen) y Jennifer Ehle (El discurso del rey).

Y el otro en su canal hermano StudioUniversal. Se trata del regreso de Sarah Michelle Gellar (Buffy) a la televisión con Ringer, un thriller con premisa telenovelesca donde la Gellar hace a dos gemelas, la primera una adicta rehabilitada perseguida por la policía; la otra, una maquiavélica millonaria con intenciones oscuras. El piloto es un dechado de suspenso psicológico y vueltas de tuerca inteligentes, esperemos que sostengan la atmósfera y el IQ de la trama.

Otros estrenos: la temporada final de Desperate Housewives, el regreso de House, los churros médicos de Sony (Grey’s Anatomy y Private Practice), la insoportable Los caballeros las prefieren brutas, y un puñado más de teasers para las próximas semanas, pero quién tiene tiempo.

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Para El Economista, Arte, Ideas y Gente del miércoles 2 de noviembre del 2011

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88 – La decepción del cambio


Hace unos días, escuchaba a Vicente Fox proponer una amnistía a todo el crimen organizado: a narcos, asesinos, violadores, extorsionadores, sicarios, secuestradores, traficantes de seres humanos, polleros, policías corruptos, jueces comprados. Básicamente todo el submundo de subseres humanos que de alguna manera ha invadido los encabezados de los diarios y noticieros de nuestro país.

Fox, que ya había dicho un disparate semejante el día después del incendio en el Casino Royale, lo hace con una expresión seria, conjurando la gravedad que merece la ocasión. Esta vez, sin embargo, añadió que su planeada amnistía era similar a la que se había ofrecido en el proceso de paz en El Salvador, o frente a la guerrilla zapatista; equiparando dichos movimientos, por más cuestionables que nos pudieran parecer, con los intereses de los zetas, o alguno de los cárteles regionales del país.

La imagen del ex presidente y su discurso de capitulación frente a la violencia, me remitió a aquel desbordado de esperanza que pronunció desde uno de los balcones del hotel donde vivió durante su campaña. Tarde, en la noche en que Zedillo se anticipó a cualquier maniobra y dejó que el de las botas se valiera del llamado voto útil para “sacar al PRI de Los Pinos”, montado en la esperanza de millones de mexicanos. El gobierno del cambio había llegado.

Esa imagen me remitió a otra, al emotivo discurso del yes we can de Barack Obama en Chicago, ese en que Oprah lloraba abrazada del señor de enfrente, mientras millones de estadounidenses pensaban que después de doce años de la administración Bush, y la quiebra económica, moral y de imagen internacional de su país, era hora de cambiar.

El yes we can de Obama, junto al sí se puede de Fox. Y pensar en las similitudes entre la esperanza que provocaba el triunfo de ambos políticos, y la inevitable decepción que luego produjeron en sus votantes.

Paradójicamente, los presidentes del cambio, fueron etiquetados así por sus propias elecciones. Fox significando el cambio de partido en el gobierno, la alternancia, aunque el cambio que tuvieran en mente sus electores fuera mucho más lejos de lo que el propio Fox era capaz de realizar. Obama significando el cambio de partido en el gobierno y el de raza del presidente. Aunque su discurso, sus libros y temperamento elevaran la expectativa de sus electores mucho más lejos de lo que el propio Obama era capaz de realizar.

Se puede argumentar que ambos presidentes se estrellaron de frente con un Congreso insensible a sus ideas y propuestas. Que Fox se equivocó al devolver el poder que el legislativo nunca tuvo en la era del PRI. Que Obama se equivocó al rodear su equipo con el mismo grupo de poder financiero, de Wall Street, que había tenido Bush. Que ambos se equivocaron en los diagnósticos de su país, que gastaron sus cartuchos en batallas pírricas y llegaron sin fuerza a los problemas más complicados.

¿Se equivocó el electorado? ¿Era preferible votar por el status quo que representaban los candidatos Labastida y McCain, respectivamente?

No cabe duda que las expectativas eran demasiado altas. No importa si las fantochadas de Fox de resolver los problemas nacionales en minutos, fueran distintas a las prevenciones de Obama, quién anticipó que la batalla sería dura y tomaría tiempo. Da igual.

Para el electorado, para esa masa de votantes que ni entiende ni quiere entender las complejidades burocráticas, políticas y electorales de la vida pública; para ese votante que piensa, quizá ingenuamente, que ese sí se puede, y ese yes we can, significaban que sus problemas económicos, sus broncas familiares, sus pocas perspectivas de futuro, sus sueños frustrados, su dinero que no alcanza, las deudas que ahogan; llegarían a su fin; que sus hijos tendrán un mejor país para vivir.

Para ellos, no hay pero que valga. Esperaban todo, aunque la expectativa fuera un tanto irracional, y era casi inevitable que fueran los primeros decepcionados.

Luego están los demás. Los que leyeron los libros, escucharon las entrevistas, ponderaron las propuestas, y en algún momento se dejaron convencer, pensando que la  suya era una decisión racional. Que daban un voto de confianza más que el voto electoral. Podrían considerarse los electores ilustrados, quizá. Los más cercanos al círculo rojo, a los diarios, las noticias, el análisis político. Los que les gustaría pensar que son cínicos, escépticos y curtidos frente a la realidad, pero que igual derraman una lagrimita frente al discurso de Obama, frente a la alegre celebración en buena parte del país (uno o el otro). Y es que había llegado la hora de la verdad, el parteaguas en que la nación, y con ella nuestras vidas y el futuro, enderezarían el rumbo. Lo más curioso es que, ilustración o no, estos votantes resultaran frente a la ilusión y la esperanza, tan ciegos como los otros.

Al final puede que el cambio sea capaz de invocar el número de votos necesario, pero las figuras que se montan en él, como Fox, como Obama, siempre decepcionarán. Durante su gobierno, cuando el peso de los respectivos sistemas vaya aplastando sus promesas, dejándolas en polvo pragmático y democrático. Y después de su gobierno, porque su rostro siempre será la imagen de la desilusión, del incumplido y borroso futuro que ya no fue.

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Para El Economista, Arte ideas y gente, del miércoles 26 de octubre del 2011

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87 – Intriga Internacional

La semana pasada el gobierno estadounidense reveló la existencia de un complot para asesinar al embajador de Arabia Saudita en Washington, entre otros blancos que incluían bombas en las embajadas de Israel y Arabia Saudita en la capital estadounidense. El complot tendría su origen en Irán y pretendía valerse de un contacto entre un ciudadano iraní y miembros del cartel mexicano de Los Zetas para llevar a cabo su objetivo.

El plan iba así: Manssor Arbabsiar, el iraní detenido en Nueva York después de que se le negara el acceso a México, le transfirió cien mil dólares de enganche a su contacto dentro de la organización criminal de los Zetas, que resultó ser un agente encubierto de la DEA en México; para poner una bomba en la embajada saudí en Washington y despacharse a Adel Al-Jubeir, su embajador. La relación pintaba prometedora para Arbabsiar, que habló de poner bombas también en la embajada de Israel, y aprovechar los canales de filtración de Los Zetas en la frontera estadounidense para crear una linda y provechosa relación de negocios que involucrara drogas, terrorismo y lo que se les pudiera ocurrir.

No hacía falta que el gobierno Iraní gritara que todo era un guión prefabricado por la administración de Obama, para que esa voz tuviera eco en México. Las redes sociales, particularmente twitter, se llenó de alegatos que desacreditaban toda la trama como un vil pretexto de la administración Obama para: (a) Intervenir militarmente en Irán. (b) Reforzar su popularidad interviniendo militarmente en Irán y ganar una elección en que va mal. (c) Salvar su economía echando a andar la maquinaria de guerra.

Así como hay quien ve las relaciones amorosas según le fue en la feria, también tendemos a analizar la política internacional según nos gustó la película. Si la trama del complot parece un guión descartado de 24 o de alguna película serie B escenificada en la frontera tejana, un análisis cuidadoso de las tres hipótesis evidencia que fuera de su valor como tema de sobremesa no tienen demasiado sustento.

Primero porque los EEUU ya están metidos en dos guerras más de las que pueden manejar (Afganistán e Irán). Segundo, porque por más ingeniosa que haya sido Wag the dog (cinta de Barry Levinson donde un productor se inventa una guerra para distraer a la opinión pública), no deja de ser una película de Hollywood, y en el escenario global, pensar que inventarse un conflicto le garantizaría una elección a Obama es cuando mucho una simplificación. Tercero porque la economía estadounidense fue quebrada precisamente por sus dos guerras, y esa vieja receta sobre la “maquinaria de guerra”, favorita desde la segunda guerra mundial, no tiene pies ni cabeza en un escenario donde el protagonista principal estuvo a punto de tener una parálisis gubernamental por no poder negociar el techo de su deuda.

Más de una columna apunta que corresponde al gobierno de Obama el peso de la prueba, que “nos debe demostrar” que el complot fue real, y que mientras está bien asumir una posición escéptica y concentrarse en temas más interesantes en nuestro ombligo electoral local. Esa posición, sin embargo, deja de lado muchas preguntas que quizá nos deberíamos estar haciendo y cuya respuesta es mucho más compleja que una vieja receta de culpar a la CIA y el FBI de los males del mundo.

La primera tendría que ver con el papel que juegan nuestros cárteles de la droga en el panorama internacional. El tráfico de armas, drogas y personas a través de las fronteras, son operaciones que, sin duda, favorecen a organizaciones terroristas y complican la seguridad de cualquier país. Aquí ya no estamos hablando de mariguana medicinal en California o de trabajadores ilegales cosechando lechugas.

Quién se haya asomado a ese impresionante testimonio de la mafia internacional que es el libro Gomorra de Roberto Saviano (o para películas: al documental que se filmó a propósito de él), le quedará claro que las redes que teje el crimen, no son tan simples como quisiéramos creer en la seguridad de nuestras salas.

Ni hay un sindicato del crimen a cargo de algún tipo que se llame doctor Cerebro que deba ser desarticulado por un agente del MI-6 con gusto por los martinis, ni los carteles mexicanos operan en su ranchito, como se nos sugiere en películas como El Infierno.

Considerando que el señor Arbabsiar existe, y que sí hay una transferencia de cien mil dólares, y un informante de la DEA, y antecedentes de ciudadanos iraníes queriéndose valer de polleros para colarse en la frontera a EEUU, vale la pena detenerse un momento y buscarle sentido a la conspiración misma.

The Guardian reflexionó sobre el tema, apuntando que suena improbable que el supremo líder iraní, el Ayatollah Khamenei hubiera estado detrás de un intento tan absurdo, con más probabilidades de irritar a los tres más grandes enemigos de su país: los EEUU, Arabia Saudita e Israel, al mismo tiempo.

A su analista Julian Borger, tampoco le convence un escenario donde Mahmoud Ahmadinejad, el presidente iraní, tuviera algo que ver, especialmente por su limitada influencia en las guardias republicanas, y porque difícilmente arriesgaría su posición política interna, impulsando esta historia a espaldas de Khamenei.

La propia presencia, supuesta, de las guardias republicanas en el complot levanta dudas, particularmente porque hasta ahora han tenido muchísimo cuidado en que no quede evidencia de su participación en cualquier trama terrorista, desde el bombardeo de la embajada estadounidense en Beirut en 1983 hasta la fecha. Pensar que se involucrarían en una trama que involucra a un vendedor de autos usados (Operación Código Chevrolet), sólo porque éste, supuestamente es primo de un pez gordo en las Guardias y amigo de la tía de un Zeta; suena, cuando mucho, poco profesional.

La desarticulación de cualquier extensión internacional del crimen organizado debiera ser una prioridad que trasciende cualquier debate sobre la estrategia particular de México y su presidente. El que la trama sea ridícula no quiere decir que no la podrían haber llevado a cabo. Si se pueden encontrar vínculos entre Los Zetas y cualquier interés de desestabilización internacional, más vale atender el foco rojo y dejarse de guiones de Hollywood, quién esté detrás y para qué, es hasta secundario.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 19 de octubre del 2011

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Ligas de interés

En The Guardian, la lista temporal de sucesos, el artículo de Julian Borger con las preguntas que despierta la conspiración, y un video de Obama discutiendo sus opciones y haciéndose básicamente el tipo duro.

Texto de Univisión donde declara el escepticismo latinoamericano frente a todo el asunto.

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86 – Futureando (II)

La semana pasada retomaba las observaciones del futurólogo George Friedman sobre la relación entre México y Estados Unidos para la próxima década, parte de su libro The next decade (Doubleday).

Friedman empezaba haciendo un diagnóstico sobre los dos principales problemas que México generaba para los EU: la migración ilegal y el narcotráfico; y lo hacía desde un ángulo inusual. Primero, señalando sin pudor, que ambos problemas eran causados enteramente por la demanda estadounidense del servicio de los primeros y el producto de los segundos. Después explorando ambos problemas desde el ángulo mexicano y el estadounidense.

En México, el tráfico ilegal de drogas supone, según su estimación, una utilidad anual tres veces superior a la producida por todas las exportaciones legales; lo que lo lleva a una conclusión pavorosa: el gobierno de México terminará siempre simulando acabar con el problema del narco, para después irremediablemente fallar, y aceptar (con alivio) el flujo de esos 36 mil millones de dólares que dejan las drogas, inyectando su dosis de liquidez en su (nuestro) sistema financiero.

Después, Friedman establece conceptos elementales y aborda las estrategias que los Estados Unidos pudieran tomar frente a la problemática mexicana.

El primer concepto es que la economía estadounidense está demasiado integrada con la mexicana como para que pudiera interrumpirse el comercio legal. Por lo que seguirá existiendo un elevado tráfico de camiones y mercancía entre los dos países.

De ahí a que por más bardas y controles que se quieran establecer, continuarán incólumes tanto el tráfico de personas como el de drogas a través de una frontera intrínsecamente porosa.

Friedman señala que sería mucho más fácil detener la migración ilegal que las drogas. Particularmente si se implementara una suerte de credencial de identidad nacional estadounidense con medidas de seguridad suficientes y casi infalsificables: indispensable para obtener empleo, y con un sistema similar de verificación y control al usado en las tarjetas de débito.

Al mismo tiempo, apunta que un método así sería casi impracticable, dado que la misma gente opuesta a la migración es la que suele desconfiar del gobierno federal; y nunca aceptaría una credencial que pudiera eventualmente utilizarse como medida de control financiero, de movimientos y hasta de fraude impositivo.

Más aún, un paso así nunca se tomaría porque el segmento de la población estadounidense que se beneficia de contratar trabajadores ilegales con salarios bajos es mayor y con más influencia que el segmento ofendido por ello.

Así, de igual manera que sugería para México, Friedman dice que el gobierno de los EU hará todo lo posible por aparentar que busca detener el flujo de trabajadores ilegales, mientras se asegura (también) de fallar: esta ha sido la estrategia por años, sumando tensión entre los intereses económicos de corto plazo y los políticos de largo plazo.

Frente a las drogas, la situación es similar para Friedman. La solución simple aparentaría ser la legalización. Si se legalizara la droga, y se inundara el país con narcóticos, el precio callejero de la droga caería y la economía del narcotráfico colapsaría, inclusive la violencia a lo largo de la frontera. También disminuiría la violencia callejera en los EU entre pandillas, dealers y adictos.

El problema es que podría existir un aumento desconocido en el consumo de droga y en el número de usuarios, dice. Los usuarios actuales, sin la restricción del precio, podrían darse vuelo, y aquellos que no usan drogas por ser ilegales, podrían atreverse a consumir una vez estuvieran permitidas.

Peor aún, el Presidente, e incluso el Congreso, deberían calcular los beneficios de parar el flujo de dinero (ilegal) hacia México y limitar la violencia frente al probable aumento del consumo interno; y de alguna manera transparentar que no tendrían conflicto con esta última parte. Friedman asegura que no hay coalición o partido político en los EU en la actualidad que se atreva a tomar esa posición.

Sin solución mágica en el apetito nacional por los narcóticos, el Presidente deberá aceptar que estos seguirán llegando a los EU, que el dinero seguirá fluyendo hacia México, y que la violencia seguirá hasta que los cárteles encuentren el balance ideal, como ha sucedido en otros países, hasta que un grupo se vuelve dominante.

Si la única otra estrategia posible fuera la intervención del FBI o el ejército en el norte de México, sería la peor idea posible, dice Friedman. Primero porque fracasaría. Si los EU son incapaces de perseguir el narcotráfico en casa, menos en un país ajeno. En cuanto a lo militar, lo último que necesitaría el país sería una guerra en su frontera.

La prioridad máxima del gobierno debería ser, asegurarse que la violencia y la corrupción en el norte de México no crucen la frontera. Y por lo tanto asignar gran cantidad de recursos a minimizar la violencia fronteriza, aunque como estrategia tenga muchos defectos. Entre ellos librar una guerra donde detrás de la franja fronteriza hay un santuario, mala idea desde Vietnam.

Friedman asegura que la estrategia estadounidense seguirá siendo inherentemente deshonesta. No le interesa realmente parar la inmigración, y no espera detener las drogas; pero no puede asumir estas posturas en su discurso oficial; que seguirá siendo beligerante y comprometido a metas, que ya saben imposibles. Sus agencias caerán recurrentemente en desgracia, se identificarán fallas en el sistema, y se investigará todo para mantener la ilusión de actividad, pero el proyecto no puede prosperar.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 12 de octubre del 2011

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85 – Futureando (I)

Desde la antigüedad, los líderes políticos y religiosos, requerían valerse de futurólogos para anticipar estrategias, políticas, posibles problemas, invasiones, etc. Ya fuera en bola de cristal o mediante un cuidadoso análisis, jugar a futurear es una actividad inevitable de los seres humanos.

Se empieza a hablar de futurismo en el siglo diecinueve, donde se va constituyendo esta suerte de ciencia que pretende valerse del método científico para estudiar el futuro con ánimo de influir en él. Aunque no se considera parte del futurismo el valerse de la proyección ficticia (conocida después como ciencia-ficción), o las variantes adivinatorias (astrología, cartomancia, sueños premonitorios, etc.); hay quienes no dejan de ver con escepticismo este tipo de análisis, categorizándolo como simple especulación.

Uno de los primeros autores populares del futurismo fue Alvin Toffler, que en 1970 escribió con gran éxito El shock del futuro, seguido por La tercera ola y un puñado más de best-sellers que pretendían analizar y proyectar tendencias culturales, financieras y políticas de una época para identificar futuras tendencias, zonas de oportunidad y potenciales peligros.

El futurismo no perdió fuerza, y después fue abordado por politólogos como Francis Fukuyama, y maestros de ciencias políticas como George Friedman.

El primer vistazo de Friedman al mañana lo titula The next 100 years (los próximos cien años), y el más reciente The next decade (La próxima década), editado en 2011 en EU por Doubleday.

Friedman pasó de profesor universitario a consultor de conflictos para el gobierno estadounidense, y desde 1996 formó una compañía llamada Stratfor, dedicada a la inteligencia y los pronósticos políticos.

The next decade es un análisis de las opciones y políticas estadounidenses con recomendaciones específicas al futuro proyectadas desde la historia y las situaciones actuales. En el capítulo Un hemisferio seguro aborda el tema de México y su relación con los EU, con notas por demás interesantes.

Friedman parte de los conflictos históricos entre los países. Inicia con una reflexión curiosa: si en 1800 nos hubiéramos preguntado cuál de los dos países tenía posibilidades de convertirse en una potencia doscientos años en el futuro, la mayoría de los analistas hubiera dicho que México, que estaba más desarrollado y con una cultura más sofisticada. Sin embargo, las guerras del diecinueve, la derrota de Santa Ana, los territorios apropiados y comprados, y la nueva frontera, cambiaron todo.

Para Friedman, los EU enfrentan dos problemas principales con México: El tráfico de drogas, y la inmigración ilegal de trabajadores. Y ambos, destaca, son provocados por el hambre estadounidense por sus productos y servicios. Sin la demanda no serían problema.

Distingue la migración mexicana como muy distinta a la que se dio durante el siglo veinte desde Europa o algunas partes de Asia. Los inmigrantes que vienen de lejos tienden a integrarse culturalmente con el llamado american way of life; mientras que los mexicanos, por su cercanía y movilidad, asumimos una postura transitoria y más bien llevamos nuestra cultura e idiosincracia a donde vamos.

No sólo los países son cercanos, sino que además los mexicanos que cruzan la frontera suelen llegar a territorios que eran suyos años atrás, y que están llenos no sólo de su gente, sino también de su idioma. Creando, básicamente, dos fronteras: la legal y la cultural.

De ahí surge una de las principales ansiedades de algunos estadounidenses: verse rebasados por la migración ilegal al punto de empezar a vivir culturalmente en México, pero dentro de su propio país. Los más extremistas temen que ese sea el principio de un futuro reclamo de los territorios robados, un temor que puede ser exagerado pero no deja de tener sustento racional.

Friedman dice que la ironía radica en que la economía estadounidense necesita esos trabajadores de bajos salarios. Que la única razón por la que la gente migra buscando empleo es porque lo puede obtener, y le es redituable más allá de los riesgos del viaje.

Desacredita el argumento que dice que nuestros trabajadores le roban empleos a los estadounidenses “legales”, como falaz. A la fuerza de trabajo estadounidense no le interesan esos empleos y salarios. Ni siquiera el país tiene el crecimiento poblacional para soportar su demanda, que seguirá aumentando en los próximos años.

Sumado a este conflicto fronterizo está el apetito estadounidense por los narcóticos: heroína, cocaína y mariguana. Al ser las drogas ilegales, están fuera de las leyes tradicionales del mercado. El riesgo legal de su comercialización acaba con la competencia efectiva, permitiendo el surgimiento de monopolios violentos regionales.

La ilegalidad significa que mover la mercancía unos kilómetros tenga un impacto mayúsculo en su precio. Friedman trabaja números: los narcóticos tienen una utilidad del 90% frente al precio de venta. Eso significa que los 40 mil millones de dólares que supone la exportación ilegal mexicana de drogas al año, genera para el narco utilidades por 36 mil millones. El triple de efectivo que las exportaciones legales de México a los EU que suman 13 mil millones.

Aún si fuera el 80% de margen, y moviéramos los números como sea, la utilidad no deja de ser sustancial. Según Friedman, ese dinero ingresa en el sistema financiero mexicano, aumentando la liquidez del país. A México no le conviene tratar de detener el narcotráfico, sentencia, a pesar de la violencia en puntos localizados del país: el dinero nos beneficia más. Para Friedman, el acercamiento racional del gobierno mexicano será la simulación. Pretender detener el narcotráfico, pero siempre fallar. Cumplir con la demanda estadounidense y que siga fluyendo el dinero.

La próxima semana retomaré el tema, apuntando las polémicas recomendaciones políticas y estratégicas que según Friedman, deben abordar los estadounidenses en la próxima década.

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Para El Economista, Arte, ideas y gente, miércoles 5 de octubre del 2011

 

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